“Sólo palabras mientras llega el sueño.”, escribió en una de sus novelas. Y así es como un genial autor, fértil y travieso, nos dejó sus palabras e ingresó en el sueño hace un par de años. Su nombre: Stanislaw Lem. Su obra más famosa, entre las casi 40 que escribió a lo largo de su vida: Solaris, que en 1972 fue llevada al cine por Andrei Tarkovski, uno de los directores rusos más famosos y aclamados por la crítica. La estética de la película es un poco sombría pero de gran belleza en los decorados minimalistas… Existe otra versión norteamericana, dirigida en 2002 por Steven Soderbergh e interpretada por George Clooney, aunque no llega a alcanzar la profundidad de la primera.

Stanislaw Lem en la década de los ’70

Recordar a este polaco tan peculiar, que por no saturar con su nombre los anaqueles de las librerías lo ocultaba entre multitud de seudónimos, viene a cuento porque precisamente anoche vi de nuevo el Solaris de Tarkovski y comencé la lectura de una de sus más ingeniosas novelas, alejada bastante del género que más cultivó: la ciencia-ficción entremezclada con la filosofía. Al contrario que con Retorno de las estrellas, en la que trata las implicaciones psicológicas del aislamiento del ser humano y la necesidad de readaptarse a una sociedad totalmente distinta, en Un vacío perfecto –que así se llama esta historia escrita en 1971– Lem se introduce en otro subgénero: el de la pura ficción literaria. Con todo, y a pesar del esfuerzo de diversificación estilística, las obras de este misterioso pensador que fue Stanislaw Lem son fáciles de conocer: en todas ellas, bajo el manto pretextual, subyacen unas mismas y peculiares obsesiones.

No debemos olvidar que en Diarios de las estrellas (1957) comienza su vena de escritor satírico, aunque siempre guardando un profundo sentido filosófico en sus creaciones. Además, en ella se introduce el personaje de Ijon Tichy, ese astronauta embarcado en maravillosas (y absurdas) aventuras por todo el espacio y el tiempo, y que repetiría protagonismo en otras obras posteriores.

En su habitual intento de sacarnos la baldosa de debajo de los pies, X, que firma Un vacío perfecto como Stanislaw Lem, “profesor de literatura polaca en Cracovia, estadístico, ciberneta, astrónomo” (y un sinfín más de intereses vocacionales que harían palidecer de envidia al propio Hércules Poirot), utiliza como coartada narrativa la fingida reseña de quince (¿o dieciséis?) o catorce ficticios libros, lo cual le brinda, además, cumplida ocasión para satisfacer su seudonimomanía.

Reseñar reseñas puede ser excesivo, pues se corre el riesgo de iniciar un proceso inacabable, así que me voy a limitar a recomendar la lectura del libro –si es que tienen ocasión de conseguirlo– a aquellos lectores que sepan aún leer entre líneas. En caso contrario, vuelvan a disfrutar de la versión fílmica de Solaris: siempre descubrirán en ella algo nuevo e inquietante.

Mr. Arriflex

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