Aprovechando las numerosas y económicas conexiones aéreas que existen desde París hacia los países nórdicos, decidí hacer un viaje relámpago a Suecia –donde apenas permanecí 40 horas– con la única intención de visitar a un viejo amigo uruguayo que reside allá desde los años 70, y al que no había visto desde 1998, cuando él y su esposa vinieron de vacaciones a Chile.

Pensando que tendría que ponerme el abrigo y la bufanda al bajar del avión –debido a las otoñales temperaturas que padeció Praga la pasada semana–, mi sorpresa fue grande al llegar a Estocolmo: una explosión de luz y de color se presentó ante mis ojos. Mi amigo sonrió al escuchar mis expresiones de asombro: “Ché, Luis, pensaste que vendría a recogerte en un trineo… ja ja ja… ¿Sabés? Vivimos muy al norte, pero llevamos siempre el verano en el corazón”. Tuve que reírme yo también, pero mi asombro se acrecentaba a medida que nos dirigíamos al centro de esta hermosa ciudad, que desprendía un ambiente absolutamente primaveral con una temperatura deliciosa.

Humberto (el montevideano vikingo, como le llamo yo cariñosamente) me dijo que, para él, Estocolmo es la ciudad más bella del mundo. Y tal vez tenga razón, porque su arquitectura ostenta desde edificios medievales hasta los de más moderno estilo. El corazón de la antigua ciudad, edificada en el siglo XIV, comprende la sobresaliente mole del palacio real y veintenas de antiguos edificios, todo amontonado en las calles estrechas de una isla, mientras que en los farallones que rodean la bahía se alzan magníficos y modernos edificios de apartamentos.

La bahía misma es única por la manera como penetra en el corazón de la ciudad en cuyo centro pueden anclar grandes buques, cerca del palacio real, a corta distancia del Riksdag (Parlamento) y del soberbio Gran Hotel de Estocolmo, cuya estructura se refleja en las aguas. Frente al hotel, una media docena de barcos costaneros se detienen a recoger pasajeros, principalmente para las islas del archipiélago de Estocolmo, lugar donde muchos suecos pasan el verano. “Por cierto”, aseguró mi amigo sabiendo que el dato me interesaría, “la marina mercante sueca ocupa un lugar igual a las de Francia y Holanda”.

Y continuó con más datos: hay casi un millón de suecos que poseen barcos de vela y botes de motor, por lo que las aguas de ciertos centros de yates como Estocolmo y Góteborg se ven colmadas de bruñidas y pintorescas embarcaciones. El ciclismo es un deporte y una necesidad en Suecia; más de cuatro millones de bicicletas –por lo menos dos en cada casa– se usan para ir al trabajo y volver diariamente.

Algo que me llamó la atención fue el hecho de que, contra lo que generalmente se cree, no todos los suecos (y suecas) tienen el pelo rubio. Un buen porcentaje lo tienen castaño e incluso negro. Y para la mujer sueca sólo existe un calificativo: bella. Su talla media es de un metro y 72 centímetros, lo cual las coloca entre las  más altas del mundo. La estatura de ellos, obviamente, es mayor. Pero ese detalle, para mí, carece de importancia.

Y, para finalizar esta apresurada crónica, otra información de Humberto que yo desconocía: Suecia continúa siendo el país donde hay más inventores en relación con el número de habitantes. Suecos han sido los que realizaron inventos tan importantes como los cojinetes de esfera, la hélice de propulsión, las luces semiperpetuas para faros, (esto me emocionó) y los bloques de Johansson para tomar medidas tan pequeñas como 25 diezmilésimas de milímetro, invención sin la cual no habrían podido existir en su época ninguna fábrica de automóviles ni de aviones… Al escuchar sus últimas palabras, se me pasó por la cabeza la loca idea de comprarme un Volvo, cargarlo con muebles de Ikea y viajar por autopista hacia el sur de Europa… Sin embargo, muy pronto la rechacé. Sobre todo cuando mi amigo me aseguró que el plan no era del todo descabellado, pero que era muy improbable que alguna de las empleadas de Ikea aceptara acompañarme a España para explicarme allí cómo se montan los famosos muebles. “Creo que prefieren viajar solas”, me dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

Bueno, en todo caso es cierto que ningún visitante entra en Estocolmo o sale de esa ciudad –aunque no lo haga acompañado– sin sentir una honda emoción.

Hasta pronto!

Luis

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