Después de casi tres semanas de agotadores recorridos por varias capitales y ciudades europeas (incluidas algunas españolas), de visitar renombrados museos y maravillosos monumentos artísticos, de saborear deliciosos platos de la gastronomía local y de reencontrarme felizmente con familiares y amigos, decidí pisar el freno, no hacer nada durante mis últimos días de vacaciones en España y buscar un lugar tranquilo y apartado en plena naturaleza donde poder relajarme y olvidarme de aviones, palacios y autopistas. Y lo encontré: es un maravilloso remanso de paz, un pueblo andaluz llamado Cazorla, desde donde escribo estas notas mientras contemplo el impresionante paisaje que me rodea.

Llevo tres días aquí –alojado en una acogedora casa rural– muy cerca del Parque Natural, y les confieso que tuve el momentáneo temor de que el aburrimiento se apoderara de mí una vez que hube caminado por los verdes y tranquilos senderos de la Sierra, sentado al borde del embalse de Los Teatinos, contemplado el nacimiento del río Guadalquivir, no muy lejos de Quesada, y conversado –en una tasca y sin medir el tiempo– con algunos ‘sabios’ ancianos del lugar. Y subrayo lo de sabios, porque al preguntarle a uno de ellos cómo combatían sin aburrirse las largas horas de luz y calor del verano, me respondió con un tono muy serio: “Pues mire usted, amigo, lo primero que hay que hacer para no aburrirse es no hacer nada… Yo, por ejemplo, no veo la televisión, ni me voy de compras a Jaén con la familia, ni leo los periódicos… y aunque no se lo crea, estoy entretenío todo el día…”

No supe qué responder en ese momento; pero reflexionando más tarde sobre el asunto llegué a la conclusión de que, aunque la receta del anciano sea muy dura de llevar a la práctica para la mayoría de nosotros, es la más sencilla y radical… Estamos demasiado acostumbrados al «No se quede sentado; haga algo», y tal vez no sea el mejor de los consejos… En realidad, las palabras de este hombre curtido por la vida y el trabajo, entroncan –aunque él seguramente lo ignora– con muchas filosofías orientales y con ciertas escuelas de meditación, que conciben lo que nosotros denominamos aburrimiento como una fuente de renovación y de conocimiento. Como todos sabemos, estas técnicas espirituales consisten en sentarse relajadamente, recapitular sobre los pensamientos que vienen a nuestra mente y ser testigos mudos de lo que acontece alrededor. Sería el primer paso, siguiendo el consejo de Sócrates, para conocerte a ti mismo.

Y eso es, precisamente, lo que comencé a practicar –en la medida de lo posible– desde que llegué a Cazorla y escuché la respuesta de este hombre al que la edad le ha aportado sabiduría. He estado toda la mañana sentado en un banco de una fresca y pequeña placita, observando a la gente, meditando sobre la rutina diaria que prácticamente estamos obligados a llevar, y que nos puede conducir a una especie de neurosis en nuestros comportamientos, en la manera de entender la vida, en nuestro modo de sentir, de actuar.

Creo que esta misma mañana he podido constatar que el aburrimiento puede ser positivo en muchas ocasiones. Que no conviene habituarse a sentir emociones porque la vida no puede ser siempre emocionante. Estoy apreciando, intensamente, estos momentos de paz y tranquilidad. Y hasta recordé que Bertrand Russell dijo en cierta ocasión –escribo de memoria– que «para llevar una vida feliz es esencial una cierta capacidad de tolerancia al aburrimiento. Las vidas de los más grandes hombres sólo han sido emocionantes durante unos pocos momentos trascendentales. Una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de hombres de escasa valía.»

Sin yo esperarlo, este pequeño pueblo andaluz me ha convertido –aunque sea por unos días– en un observador tranquilo, un testigo imparcial de mi vida interior y del mundo que me rodea. Desde que llegué aquí he podido recuperar el silencio, que a mi modesto entender es la fuente de toda acción creativa. Como escribió Catón: «Nunca se es más activo que cuando no se hace nada.» 

Lástima que el aburrimiento y la inactividad –en mi caso– no vaya a durar demasiado, pero estoy convencido de que esta tranquila estancia en Cazorla va a ser muy positiva para mí.

Abrazos,

Luis Irles

 

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