De nuevo en Chile, tras un intenso y enriquecedor mes de vacaciones. Santiago me recibió con su cielo gris y su soportable invierno. Afortunadamente sin la llovizna fría e incesante de otras ocasiones, en las que parece destilar una extraña sensación que corona la vecina cordillera de soledad y de añoranza.

Llegué algo cansado del largo vuelo, pero –a pesar de ello– lo primero que hice cuando pisé las calles de Valparaíso fue dirigirme al Hotel Brighton, sentarme en su maravillosa terraza y pedir un pisco sour, que bebí lentamente mientras contemplaba absorto el océano que tenía ante mí.

Cumplía así con la promesa hecha a ese gran escritor llamado Enrique Vila-Matas, que se inmiscuyó en un sueño que tuve la última noche que pasé en Cazorla… No es demasiado extraño que así ocurriera, ya que pocas horas antes yo había finalizado la lectura de una de sus mejores novelas, El mal de Montano, en la que la narración de su viaje a este hermoso país “de loca geografía” ocupa una parte muy importante.

En el sueño, unos suaves golpes dados en la puerta de mi habitación me despertaban en plena madrugada. Yo, inicialmente, sentía la rara sensación de ser el hombre más solo del mundo, pero me alegraba en seguida de que alguien viniera a ofrecerme su palabra y su consuelo a esas horas de la noche. Entonces, abría la puerta y allí estaba él, acompañado por una hermosa mujer y tres hombre de edad madura. Todos permanecían en silencio e inmóviles, pese a que yo les invitaba a pasar al dormitorio para que tomaran un café.

“No es necesario, gracias”, dijo muy serio el escritor catalán, “sólo he venido –y ellos han tenido la gentileza de  acompañarme– a pedirte un gran favor: Cuando llegues a Valparaíso, diríjete a la terraza del Hotel Brighton, donde yo viví tan intensamente la entrada del siglo XXI junto a Felipe Tongoy y a la  memoria de Gombrowicz, y pídele al garçon un pisco sour. Brinda entonces por nosotros, por Chile, por la literatura y por Texeira, allá tan olvidado en las Azores.”
–Desde luego que lo haré, puedes estar seguro –le respondía yo en el sueño.
–Gracias, Luís. Sé que cumplirás tu promesa… Yo te acompañaría encantado, pero –desde que estuve en Budapest– he envejecido veinte años de golpe y me siento muy agotado.
“Cuídate mucho”, le dije. No respondió. Simplemente estrechó mis manos y se alejó con sus amigos… Fue entonces cuando desperté. 
 
Hay sueños, hay momentos, en que la irrealidad parece golpear nuestros sentidos. Esos sueños, esos instantes rara vez se olvidan. Y yo cumplo casi siempre mis promesas. Es por eso que acudí a la terraza del Brighton nada más llegar al Puerto… Me rodean los cerros multicolores y el océano gris y poderoso. He brindado entonces por Vila-Matas, por Montano, por Gombrowicz, por Chile, por Musil, por Texeira, por la auténtica literatura, por Felipe Tongoy y, también, por todos nosotros… Y ya cumplida mi promesa, me retiro, con el permiso de ustedes, a descansar de la larga travesía.
   
¿Lo escuchas, Montano? Cerca, siempre muy cerca del Brighton, está el rumor del mar. ¡Salud!

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