Leer es aprender. Y saber es apostar por el futuro. Porque no conocemos solamente para comprender el pasado, sino para entender al hombre, que es un ser en proceso evolutivo: una sincronía con voluntad diacrónica, un proyecto de identificación.

Un libro es la radiografía mental de su autor: la escritura es la huella dactilar con que la mente escribe. Un libro –un cuadro, una sinfonía, el arte– es, además de un autorretrato, una botella lanzada al océano del tiempo para salvarnos del naufragio de la muerte. El libro –el saber– es el único elixir de la eterna juventud, porque sólo leyendo se viven muchas vidas y sólo sabiendo es posible poseer en unos pocos años –los de nuestro cuerpo– la inagotable historia: saber –leer– es lo más parecido a poseer la eternidad.

La soledad no existe mientras exista el libro. Quevedo lo ilustró con estos versos: “Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos, pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos”. Y Descartes lo prosificó así: “La lectura es una conversación con los hombres más ilustres de los siglos pasados”. La lectura y la escritura son complementarias. Un texto tiene múltiples creadores: quien lo escribe y quien lo lee. Tanto el yo del autor como el yo del lector son múltiples por caleidoscópicos. Un libro, en un momento determinado, es su interpretación. Y hay tantas interpreteciones como lectores en momentos interpretantes. El buen lector enriquece la escritura del autor. El gran autor transforma al lector en autor.

Un libro es la espeleología mental que un hombre hace de sí mismo y de los demás. Miguel de Cervantes, el hombre que mejor ha conocido al hombre y que mejor lo ha retratado –Dostoiewsky iluminaría más tarde su otro jánico y hydeano semblante– no supo que, al escribir “El Quijote”, estaba imprimiendo la más lúcida y coherente enciclopedia humana: el tema del lector que pretende hacer realidad la lectura es el paradigma del libro: la ficción es el rostro de la realidad.