Muy pocas veces fueron 34 años tan intensamente vividos como los de Katherine Mansfield. Desde su primer matrimonio con el cantante George Bowden, quien la abandonó la misma noche de bodas (según otra versión fue ella quien decidió romper la relación el primer día de matrimonio), hasta la complicada y enrevesada relación con su último marido, el editor John Middleton Murray, después de haber mantenido numerosos escarceos amorosos con músicos, traductores y personalidades literarias.

La desbocada y bohemia vida de la hermosa Katherine Mansfield era objeto de comentarios y morbosas especulaciones en los círculos intelectuales londinenses, fundamentalmente entre algunos componentes del reputado grupo de Bloomsbury, con quienes se encontraba próxima, aunque muchos la consideraban la rival más directa de Virginia Woolf. La fascinación, al tiempo que la envidia y admiración, que su persona motivaba fue tal que autores de la talla de D. H. Lawrence, de quien era vecina en Cornwall, o Aldous Huxley, la utilizaron como modelo en el diseño de alguno de sus personajes. La propia autora afirmó: “Dado que no soy una intelectual, parece que siempre deba aprender las cosas arriesgando mi vida.” Sea como fuere no es de extrañar que Mansfield sea considerada como la primera feminista que tuvo el coraje de intentar llevar, y en buena parte lo consiguió, la entonces quimérica “igualdad de sexos” hasta sus últimas consecuencias.

Pero todos estos detalles biográficos, pese a ser atractivos, no resultan sino meras anécdotas cuando nos acercamos –como he vuelto a acercarme yo en estos días que he pasado en Puerto Montt por motivos de trabajo– a la belleza de sus cuentos y relatos, un género, prácticamente ignorado en la Inglaterra del XIX, que ella ayudó a perfilar y logró elevar a categoría literaria. Ello sin mencionar el estilo, exquisito y elegante hasta el infinito que será su definitiva marca de agua. Acomodadas familias de clase media, personajes caracterizados por una terrible soledad espiritual, complicadas relaciones amorosas, la dificultad de sus personajes para comunicar, para hacer partícipes a los demás de sus deseos y emociones, pequeños detalles que motivarán la concienciación de los personajes… Todo esto es palpable en relatos como Frau Brechenmacher asiste a una boda, tal vez el mejor del libro.

En Felicidad y otros cuentos -así se titula el segundo libro de relatos traducido al español– regresa a su Nueva Zelanda natal, donde es considerada la gran dama de las letras neozelandesas, y evoca su infancia junto a su hermano, muerto durante la Gran Guerra. Sin duda alguna, Preludio, el primero de los cuentos, destaca poderosamente sobre el resto y apreciamos la clara influencia de Chejov, algo que suponía un motivo de orgullo para la propia autora. Pero si bien Preludio es uno de los grandes relatos de Katherine Mansfield (para numerosos críticos el mejor), esta colección en su conjunto queda un tanto en sombrecida si la comparamos con Fiesta en el jardín y otros cuentos (1922) publicado poco antes de morir y donde Kathenne Mansfield se revela como una escritora tan sólida como madura mostrando un total y absoluto dominio de todos los resortes necesarios en el género.

La compañía de una de las grandes escritoras de todos los tiempos en la maravillosa y sureña ciudad chilena de Puerto Montt, ha sido una experiencia literaria muy gratificante para mí.

Anuncios