“Antes, la poesía era algo para leer tranquilamente en casa por la noche, quizá tenía la función de consuelo. ¿Qué ocurre actualmente? Cuando alguien regresa a su hogar tras una agotadora jornada de trabajo ¿acaso va a ponerse a leer un libro de poemas a la luz de la vela..?” Así se expresaba –en 1974– John Giorno, uno de los poetas más singulares de la Post-Beat Generation norteamericana durante una entrevista que concedió a la revista Newyorker.


Victor Hugo leyendo. (Autor desconocido)

Han transcurrido más de tres décadas desde entonces y la situación no parece haber mejorado mucho. Más bien, todo lo contrario. Porque, si lo analizamos detenidamente, ¿puede acaso la poesía competir con el rock, los video-juegos, el fútbol o la televisión? ¿Imponer la fuerza de la palabra sobre la cacofonía de los mass-media? ¿Reconquistar la comunicación, salir del ghetto? Yo –a pesar de este oscuro panorama– creo que sí, siempre y cuando se sepan aprovechar las modernas tecnologías y se vuelva a seducir por el oido, mediante la voz.

No se trata de volver a los rapsodas, las rimas pomposas y los ripios estridentes. Pero es asombroso que muchos jóvenes poetas actuales sean incapaces de recitar sus poemas y que estos no resistan la prueba de una lectura en voz alta. Abstraída, perpleja, en crisis y encerrada en los cada vez más estrechos confines de ediciones de ínfima tirada y premios de aún menor trascendencia, la poesía parece haber perdido al mismo tiempo, en un círculo vicioso, la musicalidad que hizo antaño su fortuna y pública influencia. Lo que otrora fue ruptura con formas anquilosadas e investigación de nuevas, exigencia expresiva o culminación de una larga experiencia estética y personal, se ha convertido, para las nuevas “generaciones” de poetas, en coartada de la inmadurez y falta de oficio. La poesía queda reducida a poner arbitrariamente una línea bajo otra en un papel, intentando compensar tan endeble armazón con metáforas grandilocuentes, sinsentidos pretendidamente surrealistas, “evocaciones” fantasmales, sentimentalidades prefabricadas y, sobre todo, mucho envoltorio “teórico” y mucha pose de vate daguerrotipado. Así, por mutismo o verborrea, la poesía desaparece de escena, se marchita en “poemarios” para los amigos, se extingue.

Por esto, experiencias como la Dub-Poetry, la Poesía Sonora -valga la redundancia-, el uso de las avanzadas tecnologías actuales son un estímulo, uno de los posibles caminos, para que la poesía reconquiste su espacio, recupere la voz en estos tiempos de performances y logorrea propagandística, y vuelva a “dar un sentido más puro a las palabras de la tribu” asumiendo los desafíos de nuestro tiempo.

Afortunadamente, algo así como una lenta mutación biolingüística se está produciendo en el terreno poético y, como siempre, los “especialistas” de la cosa cultural -críticos literarios, mandarines universitarios, editores, etc-, demasiado ocupados en sus peleas corporativas y en la administración de sus irrisorios territorios, no ven ni oyen lo que pasa, mientras las artes poéticas vivas y diversificadas disfrutan actualmente de un considerable auge. En gran parte debida a la trágica fragilidad de los soportes y circuitos de distribución convencionales (libros, revistas…), la crisis de la edición tiene como positiva contrapartida el haber debilitado, por no decir anulado, el poder de ciertos dispositivos institucionales, de ciertos bastiones burocráticos que tenían y aún tienen la función de cortar el paso a los movimientos creadores. Esta implosión, este hundimiento de las viejas industrias culturales ha dejado relativamente expédito el terreno para nuevas prácticas, nuevos circuitos, nuevas articulaciones entre el trabajo poético, la música, el teatro, la política, el placer. Un doble movimiento empieza a perfilarse y extenderse en Europa, los EE.UU., en la zona del Caribe y en Japón, transformando lo que se acostumbra a llamar poesía. Ojalá termine expandiéndose por todo el planeta como una pandemia benefactora.