¿Qué podría decirte, amiga, en esta hora dolorosa? ¿Qué palabras serían suficientemente poderosas para que volvieras a ser feliz? … Para que en la muralla de tu integridad, pudieras cerrar la enorme grieta que hoy existe y, por donde el frío se cuela impertérrito… Ese frío del abismo oscuro, de los más oscuros actos del humano, en contra del humano.

Sé del quebranto que te parte el alma y del fantasma que vaga perverso, por los distintos rincones de tu mundo interior… Sé de ti, aunque tú no te has dado cuenta de mi conocimiento.

Pero saber, y saber qué hacer, son cosas distintas por desgracia… No conozco medios para ejecutar sobre ti y la vida de tu ahora, la segunda de estas concepciones. Estériles son mis manos a este efecto, estériles también, los fértiles campos de mis ideas.

¿Qué puedo entonces decirte, que valga la pena?

Tal vez que todos somos seres rotos; entes destruidos una y mil veces en el decurso de los años y, vueltos a construir con esfuerzo y paciencia y lágrimas de sangre.

De niños; todos fuimos cántaros de arcilla pura y firme: perfectos en su simpleza y mágicos en la profundidad de nuestra realidad construida con los materiales de la fantasía y los sueños y las esperanzas… había todo un futuro por delante, como un amanecer que anuncia desde lejos, un día colosal que se nos extiende ante los ojos…

Vino entonces la vida: de la mano de uno cualquiera, del constante fluir del tiempo o incluso del infortunio… y como un martillo de hierro fundido y perversa construcción, nos rompió en mil pedazos.

Así aprendimos lo que era vivir y del valor que es necesario para sobrellevar este mundo a cuestas… Así emprendimos este azaroso viaje por los mares desolados y violentos de la existencia… Así mismo, entonces, avanzamos por el mundo: rompiéndonos y volviendo a construirnos; sufriendo y aprendiendo con dolor.

El cántaro que somos, con el paso de los años, fracturado se encuentra en tantas partes que es difícil distinguir los trozos intactos, de aquellos que hemos debido parcharnos cada vez que fuimos lacerados.

El cántaro que ya no es de un material único, uniforme, puro… Inmaculado en su esencia más profunda.

El cántaro que está compuesto de partecitas recogidas de otros cántaros rotos, y que pusimos dentro de nuestra estructura, porque las confundimos con partes nuestras o porque nos gustaron más estas piezas nuevas, que aquellas que nos fueron arrancadas por los martillazos de la vida.

Así que ya ves, comparto tu dolor porque también estoy roto… porque todos lo estamos en realidad y este es el dolor de crecer y ser adulto… o maduro.

A algunos se les notan las cicatrices y costuras… a otros casi ni se les notan. Pero todos estamos, de una u otra forma, con el alma sellada por miríadas de parches distintos: pequeños, grandes, profundos, leves.

Hay quienes esconden las cicatrices, avergonzados por las marcas que éstas dejan sobre la piel, y van por el mundo como si nada les pasara… como si fueran únicos en su especie, como si aún contuvieran las formas de la niñez… Pero mienten.

Se mienten a sí mismos y a los demás… también.

Las costuras que a otros ojos esconden, se les vuelven para adentro y terminan siendo cicatrices en lo profundo del espíritu, donde se enquistan y se vuelven tumores que finalmente, terminan por envenenar el alma… y la persona esa se muere de un shock séptico… de envenenamiento.

Algunos siguen vivos después de eso; pero sólo como sombras de lo que fueron… fantasmas penitentes de un ayer que nunca más podrán recobrar, por causa de sus propias mentiras y temores.

Yo voy por la vida con mis cicatrices al aire y, lo aseguro, puede no ser una visión muy agradable; pero al sol las marcas de los fracasos en mi vida, y las marcas con que el martillo del crecimiento me rompió en pedazos; se blanquean y se van debilitando con los años…

Al final, sólo serán marcas más blancas en la piel de tus años y, aunque siguen existiendo como marcas, se vuelven parte de tu cántaro; se integran y ordenan en el conjunto de tus actos y de la persona que eres.

Y allí descubres, con asombro, que te has convertido en un nuevo cántaro… menos perfecto que aquel de tu infancia, pero de nuevo intacto… uniforme… único… puro… inmaculado.

Abel Garrido Silva

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