No sólo nuestros amigos del Movimiento Guachaca se dedican con ahínco a remover los cimientos de la cultura demodé en este Chilito lindo… También nosotros –Los Fareros & Fareras Dadaistas del Fin del Mundo– hemos decidido aportar nuestro granito de arena a la cada día más interesante movida porteña.

Les cuento: Llevamos un par de semanas preparando un jápenin. Así lo llamamos, jápenin. Se trata de leer poemas con cara de enojado y a volumen brutal –sí, justo al estilo de John Giorno– mientras un músico aficionado distorsiona detrás de ti con la guitarra. Un prodigioso y fascinante calidoscopio escenográfico que dará que hablar. Es algo que Tony me llevaba comentando desde hacía meses. Tony Lobo Seadog. “Mira, Lucho, tú te pones ahí a leer poemas de Timothy Leary, de Gorocca, de Pompas o de quien sea, desfasas un poco, y yo de fondo con la guitarra… ¿Qué te parece?”.

Quedábamos en llamarnos y nunca pasaba nada. El trabajo, las mujeres, las juerguecitas (no las mías, por supuesto). Siempre hay un amigo dispuesto a martirizarte. Iban pasando las semanas y mi vida, en particular, no salía de su habitual estado de atonía. Posteriormente, hace como un mes, vi al Guatón Pancho en el Brighton, y retomamos la historia.

Se me ocurrió involucrar en el asunto a Queno Scola, un poeta excelente y un tipo macanudo. Estaba a punto de salir de la imprenta su poemario En la calle Bandera nadie me espera. Así que nos pusimos a montar el tinglado. Loboseadog está leyendo un libro sobre la Velvet Underground, “Down-thigt” creo que se llama, aunque no estoy muy seguro así que no me hagan demasiado caso, y al gallo se le ha metido en la cabeza reproducir un espectáculo como el Exploding Plastic Inevitable de Andy Warhol. Un poco pasado de moda, cierto. Pero en Valparaíso tampoco hay que ser excesivamente original para llamar la atención un poco y montar una buena…. Y además a mí, aunque soy bastante reacio a subirme a un escenario, en el fondo me parecía una buena idea. Se trata, en resumidas cuentas, de hacer una especie de espectáculo “multimedia” en plan performance tipo “arte conceptual”, armar un escándalo declamatorio con distorsión electroacústica de fondo bajo un bombardeo de imágenes. Por lo menos, eso es lo que dice Tony que tiene en la cabeza. Supongo que tiene suerte de tener algo. De modo que llamé al Queno y se lo dije.

–Yo encantado –me dijo -. Incluso puedo llevar también unas películas. Estaría bien algo de cine mudo… “Cero en conducta”, de Jean Vigo, por ejemplo, ¿la conoces..?
–No, no la conozco. Ya sabes que soy un analfabeto en lo que respecta al cine mudo galo. Pero seguro que está bien…
-Sí; y si tienes otra guitarra, yo también sé tocar algunos acordes, acompañamiento rítmico nomás y alguna que otra cosa…..

Lo decidimos. Nos pusimos a buscar un sitio apropiado. Quedaban cuatro días hasta el Día “D”. Fuimos al Fu-Manchú, pero estaba cerrado por reformas. Fuimos entonces al Charlie Brown. Un mozo con cara de pocos amigos nos dijo que no estaba el propietario. Por fin, fuimos al Jamboree. Ese sitio tiene un aire rancio medio guachaca al principio, pero si te sientas y te tomas un cafecito, y el sol de primavera está entrando por los ventanales, te va atrapando, te relaja. Hace que hasta te encuentres bien.

Ernesto Butler, el dueño, un bohemio cincuentón de bigote y coleta, nos dijo que lo que hiciera falta. Cerramos el trato y nos marchamos.

Dos días antes del día “D”, llamé al Queno y no lo encontré tan seguro. Estaba trabajando en cuatro libros a la vez, o algo así, y viéndose obligado a quedarse hasta las doce de la noche todos los días, para dejar el viernes del recital libre. Y encima, tenía que venir de Temuco y, y… en fin: no lo vi muy seguro a mi amigo.

Y como yo imaginaba, ese mismo día por la noche llamó y habló con Tony y le dijo: “Dile a Lucho que el Queno es un cobarde. Se rajó”.

Por supuesto, cancelamos el “acto”. La cultura tendrá que esperar. Pero en octubre lo intentaremos de nuevo. Nosotros solos. Los Fareros no se rinden tan fácilmente. Y, además, la Gorokiña estará junto a los artistas ese día. Y con ella en el escenario, el jápenin no puede fallar.

Anuncios