Jimmy Angel no tenía el menor interés en que su nombre figurase en los mapas cuando sobrevoló en su pequeño avión “Flamingo” sobre aquel misterioso y maravilloso desfiladero venezolano en 1935. Él no era más que un aviador experimentado –combatiente en la Primera Guerra Mundial– que trataba de descubrir un río lleno de oro en ese caos fantástico de piedra y selva que es la región montañosa de la Guayana venezolana.

Años atrás, en Panamá, un viejo y sigiloso buscador de oro, llamado Williamson, había contratado los servicios de Angel para que lo llevara en avión a Venezuela, al interior del estado de Bolívar sobre el Río Orinoco. Williamson le indicó una ruta en zig-zag sobre los llanos del Orinoco, en una vasta cuenca rica en pastos, salpicada de colinas ferruginosas que hacían dislocar la brújula. Un poco más al sur, penetraron en una larga y alocada mesetas que se alzaban a millares de metros de la selva de esmeralda, cortadas por numerosas caídas de agua: terminaron aterrizando en un claro herboso, donde el viejo saltó a tierra y se dirigió a un río cercano. Volvió una hora después… con unos nueve kilos de pepitas de oro.

Regresaron sin novedad a casa, gracias a la pericia de Angel, quien, recibió 5000 dólares en recompensa por ese viaje a la tierra de la fantasía. Poco tiempo después murió Williamson.

Angel regresó a Venezuela. Salió primeramente de Ciudad Bolívar en vuelo de exploración de meseta en meseta; pero como eso le consumiera mucho tiempo y gasolina, edificó un campamento y limpió una franja de terreno que le sirviera de campo de aterrizaje cerca de Auyantepuy (la Montaña del Diablo) a cosa de 240 kilómetros de su objetivo.

Auyantepuy es una mesa gigantesca. Su cima plana abarca unos 650 kilómetros cuadrados y remata en un pico de 3000 metros de altura. Milenios de erosión han cortado una garganta sinuosa, en forma de V, en su cara setentrional y por ahí se precipita un arroyo que despertó la curiosidad del aviador. Jimmy había encontrado algunas pepitas de oro y diamantes, pero nada semejante al tesoro que Williamson había recogido en una hora. Pensó que tal vez no volvería a encontrar el río de oro, pero que debía haber otros iguales, y que esta garganta tenía una apariencia tentadora. Enfiló, por tanto, la proa de su «Flamingo» por entre aquellas murallas de color azul pardusco y penetró inesperadamente sobre una especie de campo de inmortalidad.

De lo alto de la pared que estaba a su derecha fluía un arroyo y se precipitaba hacia el fondo de la selva. Otro más se precipitaba por una grieta más alta y distante. Y luego otra caída de agua; y luego cuatro lado a lado; y otras tantas más allá, a la derecha y a la izquierda. El aviador perdió la cuenta, porque esta galería de cascadas espectaculares se prolongaba a través de unos cuantos kilómetros.

A poco, al dar la vuelta a un picacho, Angel se vio de pronto frente a un espectáculo increíble: más arriba de él, un río vertical se desplomaba de las nubes, y su estruendo ahogaba el ruido del motor del avión. Se estiró para ver la columna blanca que se precipitaba en una masa de espuma, rodando estruendosamente hacia el valle. Descendió, desafiando el peligro, hasta cerca del suelo de la selva e hizo un cálculo aproximado del ancho de la caída. Era quizás de 160 metros. Ascendió nuevo tratando de calcular la altura con su altímetro. La calculó entre los 800 y los 1500 metros. Aun el primer cálculo dé 800 metros daba ya una indicación clara de que ese salto vertical era la más grande de todas las cataratas conocidas.

Angel hizo para sí la conjetura de que en el mundo no había nada semejante a esto. Tenía razón. En 1949, cuando la expedición enviada por la Sociedad Geográfica Nacional de los Estados Unidos midió al fin esa imponente maravilla que se llama el Salto Angel y descubrió que la gran catarata tenía 980 metros de altura, o sea, 20 veces más que el Niágara. El primer salto directo es de 808 metros; luego la columna salva un borde y se precipita desde otra altura de 172 metros.

Muchas personas habían recorrido y explorado durante siglos los contornos de esa región, de geografía tan loca que uno de sus ríos fluye en dos direcciones, como lo comprobó el barón de Humboldt en 1800, remontando el Orinoco, que desemboca en el Mar Caribe, hasta un punto cerca de las cabeceras en que el río se bifurca y uno de sus brazos, el Casiquiare, corre hacia el sur y desemboca en el Amazonas, mientras el otro fluye hacia el norte y luego al este. Robert Schomburg ascendió años después al Monte Roraima, más hacia el este, y encontró una meseta selvática donde había una vegetación diferente de todo lo que la ciencia conocía, y también más antigua. Cuando Conan Doyle relató esos descubrimientos en su novela The Lost World (El mundo perdido) las exageraciones que introdujo con respecto a la realidad de esa región fueron bastante insignificantes.

En Caracas, Gustavo Heny, alpinista veterano, y Félix Cardona, explorador español, fueron los primeros en interesarse de veras en la historia que contó Angel acerca de sus descubrimientos. En 1937 emprendieron sendas expediciones a la garganta y se dieron cuenta de que aquel salto no era como los otros: era la desembocadura de un río subterráneo que se precipitaba estruendosamente por un enorme túnel, 60 metros más abajo del nivel de la meseta. ¿Cómo podía aquella meseta perdida, que medía sólo 24 por 36 kilómetros, producir aquel inmenso caudal diario de la gran catarata y sus satélites que, según vieran, casi sumaban cien en total?

Desde el punto más cercano y accesible a pie, Heny y Cardona, que se habían encontrado en el campamento de Angel iniciaron el ascenso por la falda del risco. Asistidos por Angel, que les lanzaba alimentos desde el avión, alcanzaron una altura de 1200 metros; pero todo ulterior avance en sentido horizontal desde allí resultaba imposible. Siglos de erosión habían barrido la suave roca superficial, dejando incontables grietas, algunas de ellas de centenares de metros de profundidad, entre lomos dentados de piedra arenisca cámbrica. Aquí se encuentra la explicación de los ríos que saltan del flanco de la montaña.

La meseta es un gigantesco condensador natural, colocado a escuadra en el paso de los vientos alisios que soplan casi incesantemente del Mar Caribe. Al chocar éstos con el aire caliente que se alza de los montes bajos, producen una niebla constante. La precipitación pluvial se calcula en más de 760 centímetros por año, por lo que acaso sea ésta la región más húmeda que exista en el mundo. Ese panal de profundas grietas constituye un gigantesco depósito, de donde nacen los ríos subterráneos que forman los saltos.

Heny y Cardona descubrieron, con ayuda de sus prismáticos, una extensión plana a lo lejos. Pensaron que si pudiesen aterrizar allí tal vez podrían lograr acceso a los saltos grandes. Angel exploró el lugar y creyó posible el aterrizaje, aunque con un margen de espacio bastante reducido. Se convino en que Heny y Angel lo intentarían, mientras Cardona quedaba al cuidado de la radio en el campamento, a fin de mantener contacto y pedir auxilio en caso necesario. Pero cuando María (la esposa del aviador, que también se hallaba en el campamento) descubrió el plan, presentó un ultimátum: «¡Ustedes no se van para allá sin mi!”

Los tres aterrizaron sanos y salvos, pero ocurrió que como las altas hierbas no dejaban ver la mojada superficie, bien pronto las ruedas del avión quedaron atascadas en el fango. Angel se dio cuenta de que el despegue era imposible. A poco descubrieron también que no podrían llegar hasta las cataratas. Examinaron las posibilidades favorables y luego llamaron a Cardona por radio para indicarle la ruta por dónde podrían escapar. En respuesta al llamamiento que hizo Cardona por radio, Williams, un comerciante estadounidense residente en Caracas, alquiló un avión y salió a socorrerlos al día siguiente.

La fuerza aérea venezolana lo hizo con otro avión, pero las grandes masas de nubes viajeras formaban con sus sombras un caleidoscopio enloquecedor en aquella vasta extensión de barrancos y riscos dentados, haciendo imposible distinguir tres figuras humanas.

Cardona y los aviadores habían perdido ya toda esperanza cuando de pronto, a las dos semanas de haber desaparecido, los dos exploradores y la esposa del aviador llegaron arrastrándose al campamento. Habían racionado cuidadosamente los alimentos, y el agua no era problema; pero an las botas desgarradas por las rocas salvajes, los vestidos hechos jirones y los cuerpos torturados por numerosas cortadas y magulladuras.  Al igual que tantos otros conquistadores de nuevas rutas, Angel no recibió recompensa alguna por su descubrimiento, salvo la satisfacción dar su nombre a la catarata más alta del mundo y la circunstancia que su descubrimiento atrajo la atención general hacia una región que poseía ignoradas y fabulosas riquezas en bruto.

En 1954 grandes aviones de carga pasaron rugiendo sobre el Auyantepuy a una nueva pista de aterrizaje situada cerca de la frontera con Brasil, donde descargaron un conjunto de maquinarias destinadas a la explotación de minas de diamantes por cuenta del gobierno venezolano. Venezuela produjo en ese año 84.790 quilates de diamantes, la mayoría procedentes de los flancos de las tierras altas. En el borde oriental de la región se halla la mina de oro más rica del país.

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