El gran escritor Francisco Ayala lleva tanto tiempo oyendo hablar de sí mismo y de la importancia de su obra en los innumerables actos que se organizaron con motivo de su centenario, en marzo de 2006, que el pasado miércoles, al cerrar el homenaje que se le rindió en Granada, su ciudad natal, lo dijo sin rodeos: “estoy harto de Francisco Ayala”.

Estas palabras, seguidas de las carcajadas y fuertes aplausos de los asistentes, demuestran el sentido del humor que el escritor conserva a sus 102 años y que saca a relucir en cuanto tiene ocasión. Así lo hizo en la primera actividad de este festival literario. Ayala suele decir que no es localista, pero cuando está en su ciudad se le ve especialmente satisfecho, y más en un acto como este en el que han participado su esposa, la hispanista estadounidense Carolyn Richmond, y tres periodistas y escritores amigos del homenajeado: Enma Rodríguez, Juan Cruz y Fernando Rodríguez Lafuente.

Absolutamente lúcido a sus 102 años de vida –que cumplió el pasado día 16 de marzo– Francisco Ayala concede entrevistas y habla de su pesimista visión del mundo a la vez que rememora los tiempos de su infancia, de la República, el exilio y su regreso a España. Acepta resignado la celebración de los numerosos homenajes que se le rinden y comenta la nueva edición de Recuerdos y olvidos, su libro de memorias. Además, contestó recientemente por escrito a las preguntas que le formularon un grupo de niños granadinos durante un acto al que el autor de Historia de la libertad no pudo asistir por problemas de salud.

Francisco Ayala es la lucidez incesante. Radical, escueto; su compromiso mayor es con la exactitud, su mirada es la que a veces te da las respuestas, y sus silencios son sosegados pero también exactos, inmediatos. Sus ojos hablan; son penetrantes, a veces te abrazan, y a veces también te preguntan, en silencio. Ayala superó el siglo. Lo hizo el 16 de marzo de 2006. Asume con cierta indiferencia todos los compromisos que tiene por delante, y se defiende de tanto ajetreo sintiéndose “otro” cuando le hablan del cumpleaños.

Esos días le llovían las preguntas, y él pretendía hace creer que se enfadaba; “me siento”, dijo en broma, “como un contestador automático”. Así que a veces repregunta. “Usted siempre ha parecido soliviantado, rabioso con lo que sucede”.
“¿Y qué entiende usted por soliviantado?”
“Dijo hace poco que lo que nos rodea es deleznable”.
“¿Y qué entiende usted por deleznable? Preguntaré en la Academia a ver qué se entiende allí por deleznable”.

Ahí está, Ayala, es así. La edad, cree, es un accidente de la vida, la vive así, con vigor pero también con la convicción de que ya no puede hablar del futuro, “el futuro es algo que a mí ya no me es dado, he sentido cómo se aleja”. “Tuve una enfermedad hace poco, la superé, y desde entonces mi posición consiste en verme un poco como si fuera mi antepasado. Es decir, yo ya no miro al futuro como mi futuro”. Dice Ayala, con esa mirada que a veces cae sobre ti como un interrogante: “Yo no avanzo hacia un futuro, sino que veo cómo pasó”. Pero se enfrentó al centenario con el ánimo “de quien está expectante; yo sé que estamos pendientes de la celebración de un centenario, que todos los amigos lo esperan, y claro, aquí estoy yo, dispuesto a no defraudarles. ¡No depende tan sólo de mí! A esta edad, cualquier cosa puede dar al traste con esta expectativa. Como dice el tango, un tropezón cualquiera lo da en la vida. ¡Imagínese qué pasaría si la expectativa no puede cumplirse!”.

Pero se cumplió con creces: 102 años dedicados a la literatura con mayúsculas: 40 novelas, unos 50 importantes ensayos, decenas de traducciones de autores universales. Como él mismo dijo en una ocasión: “Mi vida es literaria, yo he vivido literariamente y creo que todos vivimos, en cierto modo, literariamente, pero sin saberlo o sabiéndolo; yo lo he sabido.”

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