En el principio está el fin. Pocas veces la poética de T. S. Eliot pudo aplicarse coyunturalmente con más propiedad. El año 1980 fue tanto el inicio de una década como la muerte (simbólica) de una generación que, surgida y educada sobre los escombros de la segunda guerra mundial, intentó desarrollarse entre dos polos no tan contradictorios como a primera vista pudiera parecer: el nihilismo existencialista y la utopía de la llamada “década prodigiosa”. Las muertes de Barthes, Sartre, Carpentier, Lennon fueron, en consecuencia, algo más que unos meros accidentes individuales para convertirse en síntoma y testimonio del fin de un mundo que, de una manera u otra, todos ellos teorizaron, cantaron y pretendieron construir, un mundo más habitable que el infierno cotidiano por donde nos es obligado transitar. La muerte de McLuhan, acaecida en diciembre de 1980, no debe, sin embargo, ser situada en el mismo espacio.

Universalmente conocido gracias a títulos como La Galaxia Gutemberg o La novia mecánica, McLuhan fue, indudablemente, uno de los más influyentes teóricos da la comunicación de masas, a través de unas tesis tan atractivas y antiacadémicas como ambiguas en su pretendida “neutralidad científica”. El estilo aforístico que le valió el calificativo de “profeta de los años sesenta”, a caballo entre la brillantez del slogan y el dogmatismo apocalíptico de la parábola cristiana no siempre pudo convertirse en instrumento explicativo o analítico de cierto rigor. Que Enzesbarger lo calificara de ventrílocuo o Umberto Eco de pensador de cogitus interruptus no deja de apuntar a una patente endeblez del carácter aparentemente subversivo de sus propuestas. Dos son, quizá, en obligada esquematización, las ideas básicas que articulaban sus argumentaciones. La primera puede resumirse en su tan citada frase: “El medio es el mensaje” o en su posterior paráfrasis/desarrollo: “El medio es el masaje”. La segunda remite a su hipótesis del retorno del hombre a la existencia audio-táctil y a una sociedad de tipo tribal a escala planetaria, hipótesis que cobra cuerpo en su noción de “aldea global”.

Por la primera, que centraba la atención más que en los mensajes o contenidos en su específica forma de concretarse o vehicularse (los media), daba una importancia capital al carácter sensible (no-conceptual) de la percepción humana, y, consecuentemente, argumentaba que los efectos de la comunicación no dependen tanto de la información explícitamente comunicada cuanto de las estructuras sensoriales que moviliza y de los “medios” generadores de los dispositivos que permiten la formación y la recepción de los conceptos y de las opiniones. Y si, por una parte, intenta romper con la clausura intramedial y microtextual de los planteamientos formalistas, al incidir sobre la peculiaridad concreta de cada medio, no por ello deja de funcionar como un mero taxonomizador descriptivo de sus campos de actuación y de sus características “especiales”, al estilo de Metz en cine, Todorov en narrativa literaria o Levin en poesía. Afirmar que la única forma de controlar los medios de comunicación es mediante la comprensión pública de sus efectos es demasiado abstracto y ambiguo. De hecho, su preocupación fundamental para llevar a la práctica tal aserto se centró en el estudio de la calidad técnica de los mensajes, prescindiendo de las características ideológicas tanto de los enunciados como de los procesos de enunciación. Es en ese sentido en el que su teoría puede ser definida en términos de teoría tecnocrática. No es casual si ese planteamiento discursivo le llevó a ser consultor de la IBM, General Electric, General Motors, etc.

Por lo que atañe a la segunda idea-eje citada arriba, su noción de “aldea global” desdeña tanto la de inconsciente freudiano (para McLuhan todo es real, todo está en acto) como la de lucha de clases (para su sistema teórico todos son iguales ante la inmediatez y tactilidad electrónica de los mensajes); de ahí que su concomitancia con el planteamiento marxiano, señalada por algunos de sus admiradores, fuera pura apariencia. En Marx se propone, como positividad, la vuelta a una sociedad fundamentada en el valor de uso, mientras que en McLuhan la meta es un “nuevo primitivismo” basado en la aceptación común de los valores de cambio. Lo que en Marx busca reconquistar la concreción de lo cotidiano, en el teórico canadiense era la pretensión, no por implícita menos evidente, de construir una especie de brave new world, el mundo feliz huxleyano. El furibundo antimarxismo de McLuhan encuentra ahí su justificación, del mismo modo que lo hace el hecho de que la pretendida neutralidad ideológica o desideologización de sus argumentaciones hayan servido de base para los mecanismos de infiltración massmediática.

Por eso, como afirmábamos al principio de esta crónica, la muerte de McLuhan no tuvo el carácter simbólico de las otras citadas. No se constata, como en ellas, el fracaso individual en una lucha por la consecución de la utopía, sino el término, o mejor, la interrupción momentánea de un discurso abstracto que el mismo sistema al que ha servido se encargará de continuar.
 
J.