Judith Valence
Corresponsala en la Ciudad Luz
Le Phare de la Fin du Monde.
(El Faro del Fin del Mundo)
 

Mi amiga Solange trabaja por las mañanas en un Museo de París. Las tardes las dedica a su hogar, pues es madre de tres hijos de entre once y tres años y tiene en casa a su suegro, jubilado de los Ferrocarriles Franceses, que pasa el día sentado frente al reloj de la cocina dando vía libre a un tren imaginario de alta velocidad. También tiene a su cuidado un hermoso perro y un guacamayo que le regaló al segundo de sus hijos el día del cumpleaños.

A quien menos ve es a su marido, un ejecutivo de aspecto pulcro, siempre impecable de quien también se podría pensar que sólo suda por los tobillos. Digo esto porque en los últimos años parece que es el máximo exigible a un hombre de talla.

Hace poco, mientras tomábamos café, me confesó la envidia que había sentido al conocer la noticia de que el ex-propietario de la Inmobilier Sans Gabán que se presentó a declarar ante las correspondientes señorías por el caso de la lujosa urbanización “La Lune de Saint-Tropez”, en paños menores, había sido enviado por orden del presidente del Tribunal a un hospital privado a fin de que recibiera los cuidados necesarios.

-Ya ves, me dijo, con lo que yo daría por pasar aunque sólo fuera un fin de semana en algún centro donde me cuidaran… no pido que sea una buena clínica en los Alpes suizos, pero estoy al borde de mis fuerzas.

Lo que no llegué a sospechar es que unos días después de este encuentro, mi amiga iba a presentarse en su trabajo con unas bragas y sujetador a juego por todo atavío.

Su marido fue avisado de inmediato para que acudiera con alguna prenda que pudiera tapar la desnudez de la esposa que, entre tanto, fue recluida en los húmedos sótanos del Museo.

De lo que ocurrió tras este insólito hecho no tengo detalles, pero un tiempo después, me llegó la noticia de que Solange, abandonada por el marido y desposeída del hogar y de los hijos, andaba mendigando por los alrededores de la Place de la Concorde.

Todas sus pertenencias, cuando la encontré, las llevaba en un viejo carro de la compra que me pareció el suyo. Pedía de forma repetitiva «un euro para poder comer». Unos adolescentes que andaban paseando sus recién estrenados monopatines, se reían de ella instándola a que dijera «dólar» en lugar de «euro» sin que mi amiga pareciera advertir su presencia.

La tomé por un hombro con la ilusión de hacerla despertar de aquella pesadilla.
-Solange, susurré…
-Felice, Felice de Siracusse, respondió con la mirada perdida y una sonrisa medio siniestra.

Ha conseguido escapar, pensé mientras caminaba buscando dónde comprarme alguna blusa transparente y chic para la macrofiesta que organiza mi amigo Jea-Paul en su castillo del Loira este fin de semana…

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