Hubo un tiempo en que Santiago de Chile tuvo muchos lugares alternativos a restaurantes y además, salones de té. Era un Santiago provinciano, aislado del resto del mundo, y en el que viajar era una rareza que eventualmente se hacía una vez en la vida.

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Para cada especialidad había un lugar. Almuerzos: el Hotel Crillón, primero y nunca superado.

Todavía me parece estar entrando con mi abuela por el vestíbulo de mármol, los enormes espejos con el escudo de Santiago pintado, las enormes arañas de lágrimas que se mecían suaves con la brisa del aire acondicionado, las alfombras en que uno se hundía hasta el tobillo, el comedor de invierno con sus sitiales españoles de cuero repujado, las tapicerías que después del remate terminaron en La Moneda, y la tenue penumbra de la inmensa terraza techada por una lona que impedía el paso del sol, los mozos silenciosos y atentos… al Hotel Carrera no fui sino hasta grande, al bar y a la piscina. Era mucho más americano que el Crillón, el que era muy europeo. También estaban los Establecimientos Oriente, frente a la Plaza Italia, con un mostrador de postres que era espectacular. Mejor paella no he probado ni en España. No existían pizzerías ni comida rápida ni china. Comida Italiana Da Carla, suprema. Los Cafés Paula para tomar té, el Café Colonia, El Naturista donde preparaban la mejor Peach Melba de Chile, más informales, El Rápido con sus empanadas fritas, El Ravera con auténticas pizzas italianas, en el Portal frente a la Plaza de Armas, los chocolates rellenos con malvas de Bozzo, a la entrada de Ahumada con Alameda, La Varsovienne con los mejores marrons glacés y calugas, El Maistral, al costado del Santa Lucía donde uno podía comer especialidades francesas, civet de liebre, paté maison, carne de ciervo… y sólo 8 mesas. Para comida preparada, La Rambla, en Merced, y en la noche uno podía cometer la ingenuidad de ir a comer al Restaurant Falabella en Ahumada, con música en vivo a cargo del pianista Roberto Inglez y animador agregado. Esto se transmitía todos los días en directo por Radio Portales, el Café Torres, donde a principios de siglo iba el hijo de Arturo Prat a tomar borgoña, y allí se inventó el Barros Luco, cuando el senador del mismo nombre pidió que le hicieran un sándwich de carne con una lámina de queso, y se picó el senador Barros Jarpa y pidió lo mismo pero con jamón…cerca estaba la Pastelería Cordon Bleu, donde hacían repostería francesa y colonial con recetas heredadas de las Monjas Clarisas, entre ellas la espectacular torta Saint-Honoré, una montaña o pirámide de profiteroles o choux o repollitos como también se les conoce, rellenos con crema pastelera o helado de canela y sujeta por una telaraña de azúcar quemada. Hasta donde sé, en ninguna parte la hacen ya. Y después de tanto dulce algo salado y popular, en los tiempos en que el Barrio Bellavista era solamente residencial, sin restaurantes ni pubs. ¿Quién podría resistirse a los enormes sándwiches y perniles picantes del Venecia? Hay mucho más, pero no quiero ser latero y transformar esto en todo tiempo pasado fue mejor. Mentira, sólo fue distinto. Ahora hay muchas cosas mejores que antes, sólo que yo estoy acostumbrado a las mías. Me dio hambre.

tesalonMi familia tuvo una casa en la calle José Alfonso. Eso estaba a una cuadra de la Alameda por Vicuña Mackena, detrás de la Embajada Argentina. Mi abuela hacía mucha vida social y siempre la invitaban a las fiestas de la Embajada. Mi mamá se subía arriba de un cajón en el muro medianero para ver a mi abuela en el jardín, junto a otras chilenas y argentinas con trajes inmensos y los hombros descubiertos, imitando a la Eva Perón. Eran los tiempos en que Argentina era un país muy rico y europeizante y la suntuosidad de esas fiestas en el jardín en el verano eran deslumbrantes. Suena a Sabrina, pero así era. El arquitecto debe haber estado muy entusiasmado con mi abuela, porque especialmente y personalmente le esculpió en la chimenea de la casa que construyó una langosta de lapislázuli. Hoy no sólo la casa fue demolida, sino que la calle desapareció. Era de apenas una cuadra. Dio paso a un hotel 5 estrellas o algo así. Tengo nostalgia del salón de té del Hotel Crillón, donde tomaba helados de canela y bocado. Hoy no hacen de ninguno de los dos. La receta se remonta a la Colonia. El helado de bocado fue reemplazado por el de vainilla. Pavoroso…

MARIO ALVARADO

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Agradecemos a nuestro buen amigo Mario Alvarado –prestigioso músico y escritor chileno– el envío de este entrañable texto que forma parte de su libro El Mensajero, de próxima publicación.