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Olsen, en su estudio del barrio madrileño de Lavapiés

El artista plástico, fotógrafo y escritor neozelandés afincado en Madrid, Charles Olsen –su pasión por la guitarra flamenca fue el motivo que le impulsó a elegir España como país de residencia– ha venido construyendo una obra de creación absolutamente innovadora empeñada en demostrarnos que el elemento lingüístico no es imprescindible para la comunicación literaria o pictórica. El artista sabe que la palabra es a lo sumo un elemento visual más, pero no el único ni el más importante. Si hemos de creer a San Agustín, quien afirmaba que la situación humana viene determinada por la experiencia de la oscuridad que nos envuelve, hemos de concluir que es justamente la palabra –aun la más inocente– la que mejor se presta al hermetismo, o a lo ya no significante en su propia estructura, a la destrucción. Así, la obra de Olsen –desconocida todavía para el gran público– se centra en la experimentación como concepción de un mundo que debe ser visto y también dicho de otra manera, y cuya mirada ha sufrido incomprensiones y desfiguraciones de todo tipo por parte de quienes entienden lo poético como algo restringido a la palabra. “La aspiración al arte puro –escribió Ortega y Gasset en los años veinte– no es como se cree a menudo, una forma de soberbia, sino al contrario una forma de gran modestia”. Y este es el caso de Charles Olsen –un artista modesto en el sentido orteguiano– que ha entendido que la función de la obra es la de manifestarse como una forma destruidora de formas, como una negación de las relaciones lógicas de la estructura convencional del lenguaje y todo ello sin la altanería retórica de algunos críticos, pero sí con la genialidad de un creador que ha sabido hacer de su arte una extraña forma de vida.

Los poemas visuales de este peculiar artista parecen seguir aquel verso tan radical de Alberto Caeiro: “Yo ni siquiera soy poeta: veo”. Así la mirada apacible de este artista –más irónica y desmitificadora que la del heterónimo pessoano– nos brinda una lección poética de quien, como este heterodoxo, no necesita la palabra ni el pincel para mostrar el mundo con intensidad, honestidad y ternura. “Cierro los ojos y percibo el mundo con el olfato y el oído… bailo, leo, sueño”, ha dejado escrito en el muro de su página web.

Casto Escópico