Tras leer el espléndido y generoso comentario/respuesta de Mario AlvaradoSaturnino Vanaclocha, disculpándose públicamente por los malentendidos surgidos entre ambos y que –estamos seguros– será el inicio de una sincera amistad tras el intercambio epistolar que han mantenido últimamente, Mario ha tenido el detalle de dedicarle a nuestro enrejado ex-corresponsal en París este hermosísimo texto. Esperamos que Satur aproveche parte de los 500 euros que le hemos enviado esta misma mañana, via Banque Andorraine à la France, para sobornar nuevamente al encargado de la biblioteca penitenciaria y poder disfrutar así de su lectura. 

Luis Irles

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El sombrío parque rodeaba al palacio venía siendo formado desde 1840 por doña Dolores con plantas de los trópicos, las lejanas tierras de la China, la India, Oceanía y las Islas de la Polinesia que le traía su hijo al volver de sus viajes, sabiendo la afición que tenía su madre por los jardines y parques, afición que se transmitiría a las viñamarinas y que le valdría a la ciudad la categoría de ciudad-jardín. En este parque se combinaban de manera inigualable especies exóticas, raras, de gran belleza e intensos perfumes, todas procedentes tanto de regiones frías como de las regiones tropicales, adaptándose de manera única y dando forma y combinándose en un jardín exuberante y emboscado, laberíntico, misterioso, inesperado y bello. Cedros del Líbano, ombúes, jacarandás, araucarias, eucaliptos, palmeras de distintos tipos, rododendros, floripondios que perfumaban la noche con su hechizo embriagador, helechos de todas las variedades posibles y que prosperaban libremente en la humedad sombría del parque, laderas pobladas de musgo que cubría las colinas como una alfombra de oscuro terciopelo verde, todo este misterio rodeado de fragantes flores, rosas de un rojo casi negro, extrañas orquídeas de un violento color azul o anaranjado con rayas negras atigradas, racimos de flores de la pluma como puñados de amatistas que invadían los cenadores y glorietas, caléndulas como esmeraldas, manchones de jacintos escondidos entre el follaje con sus flores como aguamarinas trasparentes por el rocío, magnolias semejantes a incensarios orientales que esparcían su perfume en el aire y una laguna con lotos y nenúfares que iniciaba el enigmático jardín en el frente de la casa. Senderos entre los árboles se perdían por las colinas escapando hacia las cumbres perfumadas, senderos empinados por los cuales era casi imposible la subida y repentinamente, semiocultas por el follaje, aparecían estatuas de mármol de rara belleza, invadidos sus pedestales por la hiedra, escaños de piedra que invitaban al descanso o fuentes de agua cristalina y murmurante. Cuando la neblina se esparramaba por el suelo, éste desaparecía y parecía que todo el parque estuviera suspendido en el aire. Por todos los rincones imperaba la soledad y el silencio, el cual ni siquiera interrumpido por los pájaros.

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La noche se llenaba de perfumes peligrosos y traicioneros que emanaban de las flores y enturbiaban los sentidos, disfrazados de fragancias embriagadoras y que hechizaban a los incautos. Los que logran llegar a la cima de los cerros, luego de cruzar una silenciosa pradera en la que el aire parecía estar suspendido, sin circular, cálido y soñoliento, cubierto el suelo de una espesa capa de agujas de pino secas las que continuamente estaban cayendo de los añosos árboles que la circundaban y oscurecían, se encuentran en una explanada desde la que se puede observar Viña del Mar desde las alturas y el lejano mar, azul e infinito. Ofreciéndose casi ocultos por la maleza al sorprendido caminante, unos peldaños de piedra, custodiados por columnas, algunas caídas, le permiten volver a la realidad. Los excursionistas descienden preguntándose si lo que vieron existió o sólo fue un sueño. Fue doña Blanca quien bautizó a este lugar como Quinta Vergara…

Mario Alvarado

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