Esta tarde salí a dar una vuelta por los cerros de Valparaíso y, súbitamente, sentí el deseo de visitar “La Sebastiana”.  Llegué unos minutos después de las seis y la reja de acceso a la casa ya estaba cerrada. Caminé entonces cerro abajo y me encontré con la Plaza de Pablo Neruda, que no conocía. Había tres esculturas cercanas entre sí, en cobre envejecido. Neruda de pie, con su típica gorra de marino y el semblante pensativo. Frente a él –sentada en un banco de la plaza–  Gabriela Mistral.  A su derecha, también sentado, pude observar la frágil y distinguida figura de Vicente Huidobro. Los tres grandes de nuestras letras frente a frente. Caí en la cuenta, en ese momento, de que  no figuraba ningún poema de Gabriela Mistral en la sección de “Poesía” de nuestro Faro, así que tan pronto llegué a casa me apresuré a publicar su extraordinario Desolación. Mañana incluiremos un poema de Huidobro en la página poética de este blog. 

Luis Irles

gabriela-mistral1

La bruma espesa, eterna, para que olvide dónde
me ha arrojado la mar en su ola de salmuera.
La tierra a la que vine no tiene primavera:
tiene su noche larga que cual madre me esconde.

El viento hace a mi casa su ronda de sollozos
y de alarido, y quiebra, como un cristal, mi grito.
Y en la llanura blanca, de horizonte infinito,
miro morir intensos ocasos dolorosos.

¿A quién podrá llamar la que hasta aquí ha venido
si más lejos que ella sólo fueron los muertos?
¡Tan sólo ellos contemplan un mar callado y yerto
crecer entre sus brazos y los brazos queridos!

Los barcos cuyas velas blanquean en el puerto
vienen de tierras donde no están los que no son míos;
sus hombres de ojos claros no conocen mis ríos
y traen frutos pálidos, sin la luz de mis huertos.

Y la interrogación que sube a mi garganta
al mirarlos pasar, me desciende, vencida:
hablan extrañas lenguas y no la conmovida
lengua que en tierras de oro mi pobre madre canta.

Miro bajar la nieve como el polvo en la huesa;
miro crecer la niebla como el agonizante,
y por no enloquecer no encuentro los instantes,
porque la noche larga ahora tan solo empieza.

Miro el llano extasiado y recojo su duelo,
que viene para ver los paisajes mortales.
La nieve es el semblante que asoma a mis cristales:
¡siempre será su albura bajando de los cielos!

Siempre ella, silenciosa, como la gran mirada
de Dios sobre mí; siempre su azahar sobre mi casa;
siempre, como el destino que ni mengua ni pasa,
descenderá a cubrirme, terrible y extasiada.

Gabriela Mistral