poisonPoussin. Paisaje con el entierro de Foción, 1648

Mientras esperamos que nos llegue una buena historia marinera o de espionaje (quedan aplazados momentáneamente los posts en los que aparezcan pintores, sea cual sea el pigmento que utilicen) improvisaremos ésta al estilo de los más eficaces ingenieros de la imaginación: sobre el suelo un espejo y colgando a él una lámpara. El amigo cuyo nombre olvidé, adoptó un aire confidencial y me reveló el primer secreto de un escritor. Sabía que su mente se encrespaba como la mía, capaz la de él de improvisar en los ratos de soledad el entramado a uno de los muchos artículos que hacía tiempo había leído con interés. Estaba angustiado –te basta una libreta, dijo, para atrapar una idea (así, como los coleccionistas de tantas otras cosas, vi de inútil al maestro), la apuntas y luego viene todo el proceso de elaboración. Había esparcido aquellas hojas en las revistas mayores y menores, al uso, y en los periódicos de diversas tendencias. Fue su obra.

Un par de días después de haber desembarcado en Veracruz, me dijeron que había muerto, o simplemente que se había ido, o quizás que no estaba. Desde entonces, como homenaje al maestro, he intentado recopilar su obra, he braceado en hemerotecas, paso las tardes calentando las manos al coñac o viceversa, inútil. La libreta se deshace o se deshizo tiempo atrás, y del hombre, de mi maestro, sólo queda (lo encontré en un anticuario), aquel espejo. Enciendo la luz, miro, intento recomponer su rostro, y lo empapela el olvido de su obra.

Quizás esto me lo sugiere Joseph Conrad, en El negro del Narcissus, a las que hurto, por dictar:

–¿De quién es, muchacho? -señaló el féretro.
–De un poeta, señor.
–¿Un poeta?
–Sí, pero no me acuerdo cómo se llamaba…
–Entonces no importa… Dios tenga piedad de ti, don Foción de mi alma.

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