La crisis por la que atraviesa el arte en nuestras días es un problema conocido por todos y al cual prestigiosos teóricos están dedicando sus trabajos. Gillo Dorfles, uno de los más lúcidos estudiosos de esta problemática, ya afirmó en 1970: “Se trata de algo mucho más determinante que la desaparición de las supersticiones o la indiferencia. Estamos asistiendo a una “asunción” del arte, a un fin que no le estaba destinado, el de un fácil hedonismo, ni siquiera el de un refinada sadismo, o de un complicado erotismo, solo el de un acompañamiento neutro y amorfo a las actividades más triviales y cotidianas. Las formas artísticas se degradan y se insertan en las más bajas estratificaciones culturales, cuando su verdadera cualidad ha sido del todo o parcialmente alterada.”

Veamos como el cine, en este caso, nos ofrece formas artísticas deformadas y degradadas, contribuyendo a aumentar y difundir este problema de la obsolescencia artística.

ben-hurBen-Hur, de William Wyller. 1959

Como punto de partida hemos elegido el aspecto en que el cine adultera las esencias artísticas por él tratadas. Analicemos algunas de las numerosas producciones entresacadas de acontecimientos históricos y textos clásicos: “Los Diez Mandamientos”, “Ben-Hur”, “Ulises”, “La Odisea”, “La fierecilla domada”, etc. Estas películas, a las que se podrían agregar tantos y tantos títulos actuales, nos ofrecen una visión de la Historia completamente deformada. La adaptación realizada para el cine ha traído consigo una acentuación exagerada en las características del personaje, cosa que también sucede con las “tipos” secundarios, cuya importancia en el texto o en el suceso histórico es intrascendente y en la película se convierten en personajes llenos de virtudes,”adornados”, con rasgos de nobleza, generosos y bellos. La acentuación de estos rangos en el protagonista se intensifica y éste aparece rodeado de alguna que otra aureola que lo califica como “único”. Este carácter “único” del personaje está encasillado en un proceso de “tipificación a lo americano”, en un tratamiento melodramático de la historia y con un abuso en la técnica del primer plano.

El mismo resultado se da con aquellas manipulaciones deformadoras en los acontecimientos del pasado y en los clásicos, donde se esquematiza y se simplifica los rasgos y la historia del personaje, recortando aquello que se juzga poco interesante, dando visiones parciales y distintas por completo de la evolución de los hechos.

citizen-kane

Luego en lo que respecta a los valores espirituales, sociales y culturales de una época, de un pueblo o encarnados en un personaje, son difuminadas en el relato melodramático, con gestos y ademanes sublimes y cautivadores.

En segundo lugar analicemos la función que la música clásica viene desempeñando -con algunas excepciones- en el cine. El papel de la obsolescencia musical nos ofrece datos, (que el lector puede enriquecer y extender a nuevos puntos, con un poco de reflexión), fácilmente comprobables en nuestra vida diaria. Estamos ya acostumbrados a ver (y oír)  ciertos spots publicitarios en la televisión y el la radio, en donde se saquea el valor de la  música, dándole una importancia marginal y utilizándola como fondo de banalidades y frivolidades. Pensemos por un instante que dirían un Beethoven a un Bach, si vieran sus composiciones acompañando la sonrisa de una atractiva jóven que nos invita a comprar toda una serie de cosméticos, automóviles y electrodomésticos, o utilizada en melodramas de pésimo gusto.

Y precisamente ha sido el cine quien más ha contribuído a este estado desordenado de cosas. Antes  de ver, con más detenimiento, como es llevada la música clásica al cine en nuestros días, recordemos la opinión tan autorizada del gran director francés René Clair sobre el papel de la música en el cine: “No vamos al cine para oír música. Exigimos que ella profundice y prolongue en nosotros las impresiones visuales de la pantalla. Su tarea no consiste en explicar estas impresiones, sino en agregarles un matiz especificamente distinto, y si así no fuere, la música para películas habría de contentarse con ser perpetuamente redundante. Su tarea consiste, no en ser expresiva, agregando sus sentimientos a los de los presonajes o a los del director, sino en ser decorativa, uniendo su estructura rítmica a la estructura visual que se trama para nosotros en la pantalla. Por eso creo esencial que el músico cinematográfico desarrolle un estilo propio.”

Comprueban esta teoría, con magníficos resultados, entre otras obras de gran calidad, películas como: “L’atalante”, de Jean Vigo; “Ciudadano Kane”, de Orson Welles; “Enrique V”, de L. Olivier; “Hamlet”, del mísmo Olivier, etc. Pero no ha sido ésta, sin embargo, la tónica general del cine que, por el contrario, ha utilizado sin escrúpulos, masivamente, autores y obras maestras de la música clásica.

latalante

¿Qué papel le ha sido otorgado, pues, a la música en la produccián cinematográfica? La respuesta es clara y rotunda: un mero acompañamiento a escenas, encuadres y diálogos mediocres o de pésima calidad. Para hacer ésto ha tenido que ser alterado el valor artístico fundamental y el resultado ha sido una esquematización armónica, rítmica o fragmentaria; es decir, un tratamiento de “musiquilla” totalmente frívola. Este degradarse de las formas musicales lo estamos presenciando con la mayor pasividad; asimilando una estética del mal gusto, una divulgación deteriorada que, de no ser por el oportunismo de estos directores, seguirían en su mayor parte en el lugar que le corresponde.

Hagamos ahora referencia, (pues de lo contrario cabría pensar que esto tan solo ocurre en las película genéricamente llamadas “comerciales”), al al cine propiamente de autor.

Es ya una costumbre encontrar al trío Bach-Vivaldi-Mozart, en las obras de cineastas tan extraordinarios como Pasolini, Bergman, Fellini, etc; sirviéndose de éstas para definirnos ambientes y situaciones convencionales. Como dijo el crítico italiano Baldelli, “Bach ya se ha convertído en el color genérico de los intelectuales…”. Con estos tratamientos musicales, que no tienen nada que ver con el estilo propio del film, se pretende echar mano a un recurso más, expresivo de la idea, utilizado como algo secundario.

Si por “kitsch”, o estética del mal gusto, entendemos aquella obra prefabricada, que comunicada tiende a provocar el efecto en el público, veremos que la utilización de la música, tan empleada por estos cineastas, tan sólo persigue ese fin. Y si aún profundizamos más y consideramos que una obra es “kitsch”–según la definición de Umberto Eco– no sólo porque estimula efectos sentimentales, sino porque tiende continuamente a sugerir la idea de que, gozando de dichos efectos, el espectador está perfeccionando una experiencia estética única y privilegiada, veremos que también esta utilización que hacen los más representatívos directores actuales adolecen de esta característica.

El carácter de unidad de una obra nos viene dada por la organización de su estructura en “aquél modo de formar”, que constituye el estilo y en la que se manifiesta la personalidad del autor.

Es necesario un replanteamiento musical en el cine, para que no arrastre peculiaridades de una estética de mal gusto.

Mr. Arriflex