El pasado lunes, 19 de enero, se cumplieron 200 años del nacimiento, en Boston, de Edgar Allan Poe. A los diversos y destacados homenajes que en lo literario le aguardan, in memoriam, al excelso escritor, quizá valga la pena dedicar un minuto de reflexión sobre su capacidad de exploración del terreno científico de su época, a raíz de una lectura de La narración de Arthur Gordon Pym.

poeRecientemente finalicé la relectura de “La narración de Arthur Gordon Pym” (The narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket) , en la excelente traducción de Cortázar (Alianza Editorial). Mis sensaciones fueron otras a las tenidas en la adolescencia. Suele pasar con casi todas las relecturas. Recordaba un relato marinero fantástico, un viaje al Polo Sur cuando el mundo era mucho más grande y no existían los medios de navegación actuales –ni marítimos ni, obviamente, aéreos–, ni los satélites artificiales con los que escudriñar nuestro punto azul pálido. Tampoco la basura espacial dificultaba la visión de nuestro mundo, ni la observación del cielo, por otra parte. El misterio acechaba en el piélago a los marinos que perseguían completar las cartas de navegación descubriendo nuevas islas, no holladas por pie humano, o habitadas por tribus ignotas.

Encontramos en el relato, como no podía ser de otro modo, un Poe imaginativo y descriptivo, que nos descubre algunas especies improbables, y otras imposibles –aunque verosímiles en el mundo del siglo XIX–, seguramente influenciado en un contexto en el que llegaban a Europa constantemente nuevas especies para coleccionistas y registros de las sociedades científicas, museos y jardines botánicos.

Con los datos meteorológicos a su alcance, Poe crea atmósferas diversas en las que las galernas y los temporales salpican al lector, y elucubra zonas templadas cerca de la Antártida, basándose en las registradas corrientes cálidas subantárticas, en las que inventa islas con extraños moradores. La verosimilitud del relato de Gordon Pym se cierra con una avalancha de datos de navegación reales, de récords de navegación, cuando llegar un grado más al Sur era toda una proeza marinera: no todos los paralelos terrestres eran conocidos.

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Las duras dificultades que desde el principio impone a sus personajes producen un descenso dantesco a lo más miserable del alma humana, cuando el hambre y las calamidades imponen su ley a la razón. Poe sabía que el mundo se alejaba de la naturaleza y, por eso, nos devuelve a ella, a nuestra naturaleza más profunda. Porque es en lo psicológico, como siempre, donde Poe triunfa y expone entonces sus más abyectas manías, que van de la locura al canibalismo, imponiendo la ley de su pensamiento al indefenso lector.

Les recomiendo la obra de Poe fuera de un contexto científico como éste. Poe no tuvo la capacidad de anticipación de Verne, ni asimiló totalmente la ciencia de su tiempo en sus novelas. Uno puede esbozar una sonrisa en determinadas descripciones de animales fantásticos subantárticos. Ahora bien, tuvo la imaginación –y la erudición– suficiente como para inventarse especies, mundos y lenguas, que, aunque no existiesen en realidad, fomentaron e influyeron al género fantástico y la ciencia ficción posterior, desde H.P.Lovecraft a Anne Rice.

Lean la novela inconclusa, la novela abierta que supone La narración de Arthur Gordon Pym, que el propio Verne intentó rematar en La esfinge de los hielos. Personalmente me he animado a seguir –en verano que tendré algo más de tiempo– a ver qué imaginó Verne en la Antártida. Disfruten con los maestros y los orígenes de la ciencia ficción.

Toni Hernández
En: e-ciencia