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Un peculiar golpe de Estado político tiene convulsionada a la República Checa hace años: la expulsión de Boleslav como monarca de Wallachia, un tranquilo reino donde los lugareños toman brandy de ciruela al desayuno y tienen una moneda respaldada en sus reservas de trigo.

El imaginario reino de Wallachia está en una esquina del noreste de la República Checa, a unos 370 km de Praga. Fue fundado como una elaborada broma en 1997 por el fotógrafo itinerante Tomas Harabis, quien actualmente es el canciller, escribió ayer The New York Times.

Rápidamente, la imaginación de los checos -que disfrutan del humor negro y las parodias-  fue capturada por el invento de Harabis. Wallachia, que también es un lugar real, se convirtió en una de las mayores atracciones turísticas del país y genera millones de euros en ingresos anuales.

El reino tiene los requisitos para ser un verdadero estado: una moneda propia -el jurovalsar-, consulados en el wallachia-tomas2Círculo Ártico y Togo, una armada consistente en 40 canoas de madera, una vieja limusina para trasladar a los dignatarios que visitan el lugar y un pasaporte que cuesta cerca de 8 dólares y es su principal fuente de ingresos.

El problema político que se desató en Wallachia se remonta a 1997, cuando Harabis coronó al reconocido actor y payaso Bolek Polivka como monarca. El desde entonces rey Boleslav I se convirtió en el rostro del reino.

Pero un año después, Harabis acusó al rey de abrir consulados sin su permiso y de pedir cerca de US$ 27 mil por su trabajo de monarca. El fotógrafo firmó un edicto reemplazando a Boleslav por un obrero de la construcción del lugar, a quien coronó como Vladimir II.

La pelea siguió en la corte, ante la que Boleslav reclamó los derechos de marca del reino. El caso copó las primeras wallachia-limusina2planas hasta que en el otoño boreal pasado, la justicia falló contra el derrocado monarca. Pero Boleslav no se da por vencido, e insiste en que 23 de los 28 municipios de Wallachia aún lo consideran como el legítimo rey.

El diario neoyorquino comenta que aunque disfrutan del humor absurdo, los habitantes de la verdadera Wallachia -cuna de Sigmund Freud durante el dominio austríaco- no se toman tan en serio la pelea como lo hacen sus “dignatarios”.

Fuente: El Mercurio

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