Hace exactamente 40 años se estrenaba una película que iniciaría una nueva edad de oro en el cine americano. Nos referimos a la mítica Easy Rider (1969), un film inolvidable que dirigió Dennis Hopper –un iconoclasta que al mismo tiempo se revelaría como un gran actor junto a Peter Fonda y a Jack Nicholson.

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Esta obra de bajo presupuesto –que obtuvo la Palma de Oro en el Festival de Cannes ese mismo año– fue un manifiesto en contra de la cultura oficial de una época en el que un país intentaba encontrarse a sí mismo. En consonancia con el movimiento intelectual de 1968, Easy Rider denunció las contradicciones de América, “un bebé gigante jugando con explosivos”, como la definió Henry Miller. Junto a Bonnie and Clyde, Taxi Driver o El Graduado,  marcó una nueva tendencia en la entonces estancada y caduca industria cinematográfica de Hollywood, siendo la primera en mostrar la contracorriente ideológica que estaba naciendo en los Estados Unidos, en dar a conocer las enormes turbulencias y cambios que removían los cimientos de una sociedad que ansiaba una explosión de libertad equiparable al Mayo del 68 europeo, que vivió Woodstock ese mismo año y el nacimiento de un movimiento hippie, que soñaba con utópicos ideales al ritmo de Jimmy Hendrix o Jefferson Airplane, mientras su gobierno enviaba tropas a Vietnam y Richard Nixon era elegido presidente.

Hay en Easy Rider una frase que resume el espíritu del film. La pronuncia uno de los actores secundarios que se cruzan en el camino de estos dos antihéroes que son Wyatt y Billy (Peter Fonda y Dennis Hopper). En una conversación intrascendente, en la que ambos tratan de conocer al autoestopista que han recogido en su camino, le preguntan de dónde viene. El joven responde que no lo sabe. Wyatt y Billy, sorprendidos y alucinados tanto por la respuesta como por las drogas que consumen, insisten en preguntarle ante lo que el autoestopista termina respondiendo: “Vengo de una ciudad. No importa cuál. Todas son iguales”. La respuesta aglutina buena parte de la filosofía de la película de Hopper, aquella en la que prima la búsqueda de la libertad o la ilusión de la libertad y en la que el consumo de drogas corresponde a un deseo expreso de evasión.

posterEl viaje en moto a través de los Estados Unidos –en medio de paisajes asombrosos– supone un viaje iniciático, un intento por encontrarse a sí mismo en la vida salvaje y contraria a la civilización y al American way of life. La carretera representa la libertad, la ruta sin rumbo que deja atrás valores de una sociedad intolerante y reprimida que no acepta a los seres libres. O mejor dicho, aquellos que se atreven a ser auténticamente libres y que, tal como afirma George Henson (Jack Nicholson) aquellos a los que les invade el miedo y el odio cuando ven a gente como ellos, que tienen la valentía de lanzarse en brazos de la libertad sin miramientos, sin prever las consecuencias de su caída.

Easy Rider es, y sigue siendo, un alegato a la libertad –una libertad que puede salir cara o terminar de forma trágica por el rechazo de una sociedad hermética y cerril–, una libertad que quizás nunca sea alcanzada, pero cuya quimérica búsqueda habrá merecido la pena sea cual sea el final. En definitiva, una inconformista película de rebeldía cuyo impacto en las generaciones jóvenes fue enorme. Una road movie que se convirtió en un fenómeno social, en una de las abanderadas de ese puñado de películas del New Hollywood que se atrevieron a romper los tabúes y los límites impuestos por una América puritana en la que era peligroso protestar.

Secuencia de Easy Rider