La minúscula isla de Dano es una de las más de 6.500 que se elevan sobre la superficie del mar Báltico, a mitad de camino entre Suecia y Finlandia, formando el encantador Archipiélago de Aland, la Tierra de las Islas. Hay tantas de éstas que lo mismo podría afirmarse que son 6.500 ó 6.700, pues resulta imposible enumerarlas con exactitud. Sin embargo, cualquiera que sea su número real, las islas Aland constituyen un mágico reino escondido, un idílico refugio que pocas personas conocen.

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En tiempos prehistóricos, el archipiélago fue colonizado desde las tierras del este (que ahora constituyen Finlandia) y más tarde, ya en el período histórico, desde el oeste (hoy Suecia), dos masas terrestres que se hallan, frente a frente, a unos cuarenta kilómetros del archipiélago. A partir del siglo VI, Aland fue habitada por los suecos, que impusieron su idioma hasta el punto de que, en la actualidad, más del 95 por ciento de los isleños lo siguen hablando. Al terminar la Primera Guerra Mundial, la Sociedad de Naciones concedió Aland a Finlandia, a condición de que disfrutase de autogobierno. Ahora, los veintidós mil habitantes de la Tierra de las Islas disponen de parlamento provincial, bandera y policía propios, además de gozar de autonomía en materia de educación y estar exentos del servicio militar finlandés. No constituyen, sin embargo, una nación plenamente soberana, y aunque mantienen estrechas relaciones con sus dos «madres patrias» y se identifican con ellas en espíritu, les gusta demostrar que son independientes.

Los habitantes de la Tierra de las Islas dieron pruebas de esta mentalidad independiente al escribir un capítulo importante de la historia de los grandes veleros. Desde los tiempos más remotos, los habitantes de las Aland habían destacado como excelentes marinos, pero hasta comienzos de nuestro siglo poco habían hecho que los diferenciase de los demás navegantes del mundo. Sin embargo, en 1913, Gustaf Erikson, un capitán de cuarenta años de edad que apenas sabía sonreír, llegó a Mariehamn, capital de las Aland. Erikson estaba cansado de navegar y había pensado dedicarse a armador. En aquella época, el buque de vapor había demostrado ya su supremacía, y los armadores prudentes se desprendían de los veleros con toda la rapidez que podían. La última generación de grandes buques de aparejo redondo –dos veces mayores que los famosos clipers de la ruta del té– se vendían a precios de saldo, y Erikson tuvo el valor de comprarlos y de hacer un buen negocio con ellos. Durante casi cuarenta años consiguió prolongar en Aland la época de los veleros, cuando ya habían desaparecido de casi todos los mares del mundo.

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En el curso de los años llegó a poseer cuarenta buques, muchos de los cuales eran graneleros de porte oceánico. Estos barcos llevaban madera escandinava a Australia, impulsados por los alisios a lo largo de la costa de África, y en aquellas lejanas tierras cargaban grano y se servían de los vien­tos reinantes para retornar a sus puertos de origen, dando la vuelta al mundo por las costas de Amé­rica del Sur y del cabo de Hornos. El último carguero de granos de Erikson, el Pamir, que desplazaba 2.799 toneladas, cruzó el cabo de Hornos el 10 de julio de 1949.

Un día después de nuestra llegada al archipiélago tuvimos la suerte de visitar algunas de las islas a bordo de un pesquero. Nuestro guía en aquella ocasión era un hombre extraordinario, incluso entre aquellos isleños de talento múltiple. Este hombre corpulento y amable –de nombre Karl-Erik Bergman– era pescador, agricultor y poeta, y nos relató innumerables historias y leyendas de sus fascinantes islas. Transcurrida una semana, volamos sobre Lemland (La Extremidad o La Rama), Lumperland (Tierra Insignificante) y Fógló (Cazadero de Pájaros) antes de descender cerca del muelle del transbordador de Degerby, para hacer una rápida visita a la Fiskföradling, planta conservadora de pescado que hace bloques rectangulares de arenque congelado, los cuales se envían a Finlandia para alimento de visones de granja. La Fiskföradling también suministra pescado fresco –salmón, sollo, arenque y bacalao– a las cocinas de algunos de los mejores restaurantes de Helsinki.

Continuamos luego nuestro turismo aéreo y aterrizamos en la isla de Kókar (El Hombre Gordo), en cuyas alturas los centinelas medievales encendían grandes fogatas cuando por el este se acercaban flotas enemigas, advirtiendo así a los hombres de Lemland y de la Isla Principal para que se prepara­sen para la defensa. Sobrevolamos Husó, donde se ha abierto un nuevo camping formado por ver­des cabañas repartidas en forma geométrica, y pasamos por Brandó (Isla de los Calveros Chamusca­dos), en cuyos espléndidos campos se cultivan unas legumbres que tienen fama en toda Finlandia. Trazamos luego un círculo sobre el castillo de Kastelholm y sobre las ruinas de Bomarsund, otra fortaleza, tras lo cual volamos sobre la Isla Principal para volver a casa.

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Al día siguiente se celebraba la víspera del solsticio; también era el cumpleaños de Karl-Erik, y So­nia, su esposa, nos había prepa­rado un banquete típico del país: arenque marinado, ahumado y a la crema; patatas hervidas con dimi­nutas cebollas nuevas procedentes de su huerto; queso, salchichas y pan negro recién sacado del horno. Para beber me dieron una bebida no alcohólica parecida a la cerveza, dulzona y hecha a base de malta, suero de manteca y té.

Era ya casi medianoche cuando terminamos el banquete, y el tenaz sol del solsticio se había puesto por fin. Con voz musical y serena, Karl-Erik nos leyó uno de sus poemas, el titulado Rankoskar, en el que hablaba de: «Islas desoladas, de casas deshabitadas y cobertizos vacíos». Era el lamento de un hombre por el cambio y la mudanza del destino humano. Además, como toda buena poesía, contenía también otro mensaje: las rocas, el mar y los árboles seguirían existiendo cuando desapareciésemos, y Aland continuaría siendo siempre un maravilloso lugar lleno de belleza y de paz.

Fuente: Veleros y Viajes