danaetizianoDánae, de Tiziano

En 1762, Carlos III ordenó que se eligiera, de las colecciones reales, los cuadros “que mostraban demasiada desnudez” para quemarlos. Entre las pinturas destinadas a la hoguera se encontraban el Adán y Eva de Durero y la Dánae de Tiziano, junto a obras de Correggio, Rubens … Mengs, a quien se había encomendado aquella depuración, se llevó los cuadros a su casa “por liberarlos del incendio” y logró disuadir al rey de su intento, aduciendo que era mejor que los pintores aprendieran el desnudo en unas perfectas figuras pintadas antes que desnudando imperfectas mujeres. Los cuadros se salvaron, pero quedaron semiocultos, a buen recaudo.

Para entender este incidente es preciso recorrer una larga historia. La gran aportación del libro “La sala reservada”, de Javier Portús –joven conservador del Museo del Prado y figura emergente en los estudios de historia del arte– es reconstruir una tradición de segregación espacial de la pintura de desnudo. Desde el siglo XVI, hasta la centuria pasada, se impone en las colecciones de pintura la necesidad de un espacio de reclusión para guardar los cuadros “indecorosos”.

La investigación de Portús posee un enorme valor, no sólo por su exhumación de documentos inéditos, que somete a un minucioso análisis crítico, sino como ejemplo de la actual renovación metodológica en la historiografía del arte. La historia del coleccionismo y de los espacios expositivos se enlaza aquí con el estudio de la recepción y la fortuna crítica de las obras de arte, así como con la indagación antropológica de la variedad de respuestas ante las imágenes. Siguiendo las huellas de David Freedberg, Portús nos muestra cómo la actitud estética es una conquista tardía y frágil de la civilización frente a la hegemonía social de otras reacciones ante las imágenes, sean éstas o no obras de arte.

G. S.