“Es joven, graciosa y muy bella; tiene los cabellos color ceniza, como Isabel, y los ojos negroazules como los suyos…” Así describe el conde Waliszewski a la princesa Tarakanova, la pretendida y misteriosa heredera a la corona de todas las Rusias –se decía hija de la zarina Isabel– muerta en prisión por orden de su “prima” Catalina II.

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La princesa Tarakanova en su celda, obra de Constantin Flavitsky

En 1867, el pintor Flavitsky, expuso en París un cuadro dramático. Representaba a la princesa Aurora Tarakanova suntuosamente ataviada, de pie sobre un catre medio deshecho y junto al muro de una celda, mientras las aguas del Neva, desbordado, invadían el suelo de la prisión. La crecida inexorable del río y la imposibilidad de que sus carceleros se apiadasen de la suerte que le esperaba, daban al rostro de la prisionera una expresión de trágica resignación.

Para reconstruir este hecho, acaecido bajo Catalina II y en el que la realidad y la leyenda se aliaron, es preciso remontarse a 1772, cuando una tal Aly Emeté Vlodomirskaya hizo su primera y sensacional aparición en París. Esta Vlodomirskaya (que meses más tarde afirmaría ser la princesa Tarakanova) era una bellísima mujer de unos veinte años y rasgos circasianos, con cabellos de un rubio ceniza y ojos de oscuro color azul. Cada gesto y cada palabra de la bella extranjera revelaban una educación, una cultura y unos gustos refinados, en tanto que el lujo de que le gustaba rodearse denunciaban un origen noble, así como un patrimonio inagotable. Se expresaba correctamente en francés y alemán y afirmaba que en el transcurso de sus numerosos viajes había tenido ocasión de aprender también el italiano, el inglés, el árabe y el persa.

En la corte y entre la alta sociedad parisiense corría el rumor de que la fascinadora extranjera era la sobrina de un aristócrata ruso; a la discreta difusión de esta noticia contribuía un anciano barón llamado Von Embs, al que ella presentaba como pariente suyo. Entre las personalidades más destacadas que frecuentó en aquellos tiempos, es decir, alrededor de 1770, había varios nobles, emigrados políticos del reino de Polonia (que gemía entonces bajo el yugo de Catalina II), de Prusia y de Austria. Entre ellos figuraba el príncipe Miguel Oginski, al que los exiliados habían elegido como su caudillo, confiándole la misión de obtener del rey de Francia la ayuda necesaria para derrocar a Stanislas Poniatovski, favorito de Catalina y por ella colocado en el trono polaco.

Catalina II de Rusia

Catalina II de Rusia

Cuando la supuesta princesa Tarakanova mostró un documento –se trataba del testamento de Isabel Petrovna en el que la emperatriz de Rusia designaba como heredera del trono a Isabel II, la única hija nacida de sus esponsales con Razumowski– el príncipe Radziwill, a pesar de ser hombre de experiencia tan astuto como desengañado, y que conocía los recovecos de todas las cortes de Europa, no dudó ni un sólo instante de la sinceridad de la Tarakanova. También él, como Domanski y Oginski, quiso ver en ella la criatura enviada por la Providencia para servir a la causa polaca. Si, efectivamente, lograsen reivindicar para la hija de Isabel los derechos de la sucesión, desenmascarar a la usurpadora Catalina y expulsarla del trono de Rusia, derrocarían al propio tiempo a Stanislas Poniatowski del trono polaco y proclamarían, siguiendo sus ideales, la República aristocrática de Polonia.

Cuando la princesa impostora huyó súbitamente de París y apareció en Roma en 1775, la emperatriz Catalina, envió al Conde Alexei Orlov con la orden de llevarla de nuevo a Rusia. Orlov tuvo éxito en su misión. La supuesta Romanov apenas había tenido tiempo de posar sus pies sobre la nave a la que había sido invitada cuando el comandante del navío le anunció que estaba arrestada. Habiendo caído en la celada que con tanta habilidad le había tendido, la Tarakanova emprendió seguidamente, muy a su pesar, un viaje por mar rumbo a su reino imaginario.

Llegó a San Petersburgo en mayo de 1775. La misión de interrogarla en la fortaleza de San Pedro y San Pablo, donde fue encarcelada, había sido confiada al príncipe Galitzin, pero éste sólo consiguió arrancarle una confusa biografía que repetía, la acostumbrada historia de su origen ruso-persa. Las súplicas de la prisionera a Catalina, sus peticiones de audiencia, por otra parte jamás concedída, iban firmadas con un orgulloso «Isabel».

Entre tanto, su salud declinaba. Desde el comienzo de su encarcelamiento, la fiebre jamás la había abandonado. Los médicos de la cárcel diagnosticaron, finalmente, un avanzado estado de tuberculosis. La princesa Aurora Tarakanova, pretendiente al trono de Rusia, falleció el 4 de diciembre del año 1775, dejando tras de sí una estela de dudas que nadie ha conseguido jamás disipar.