Cuando la prensa adorna los avances en ingeniería genética con referencias a replicantes o al doctor Moreau, los científicos sonríen, dudando incluso de la misma validez del término ingenieril, más mediático que científico. “No se parece a ninguna forma de ingeniería”, dice el científico Drew Endy, uno de los grandes nombres en el actual caldo de cultivo de la biología sintética.

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La biología sintética ha hibridado con una media naranja, la informática, para alumbrar uno de los fenómenos más curiosos e interesantes de los últimos años: los biohackers, biotecnólogos con el sueño prometeico de robar a la naturaleza el secreto de la vida y a los centros de investigación el poder para manejarla, crear organismos hasta en un garaje y que todo ello sea abierto, compartido y público; vida 2.0.

Todo comenzó con una humilde bacteria, el ser vivo al que más deben miles de científicos, y ello gracias a dos propiedades. Una, las bacterias pueden cambiarse genes grabados en un cassette –según el lenguaje de la época–, una cadena circular de ADN llamada plásmido. Dos, las bacterias trocean el ADN de sus parásitos utilizando unas tijeras moleculares llamadas enzimas de restricción, que cortan por una línea de puntos formada por secuencias específicas de ADN. Plásmidos y enzimas de restricción son la caja de herramientas básicas de la biotecnología, que permiten poner, quitar, cambiar o guardar genes. Después llegarían las librerías de genes y las máquinas sintetizadoras de ADN, pero la bacteria intestinal Escherichia coli continúa siendo el obrero biológico imprescindible. Con estas técnicas, la biología pasó de descubrir a inventar, produciendo desde tomates transgénicos a vacunas.

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Pero la biología sintética no se conforma con tunear los elementos naturales. No quiere inventar, sino crear; romper el código natural y recrearlo, el primer escalón del biohacker. En este empeño surge un nombre, el del magnate de la ciencia J. Craig Venter. En 2003, Venter construyó el primer genoma sintético de un virus. En 2008 culminó un logro más ambicioso, un cromosoma artificial de una bacteria. Ha prometido que en este año conseguirá animar una célula zombi con este ADN de laboratorio para crear el primer robot celular, abriendo la puerta a organismos 100% diseñados para producir combustibles o devorar contaminantes.

Plásmidos y enzimas de restricción son la caja de herramientas básicas de la biotecnología Pero ejemplos como el de Venter muestran que, lejos de la ingeniería, la biología sintética aún es puramente artesanal. Tom Knight, un veterano de la erupción tecnológica del Silicon Valley reconvertido a la genética en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, quiere reemplazar esta alquimia por una tecnología que permita a los biohackers armar sus creaciones como quien une bloques de código para confeccionar un programa informático. Knight impulsó el concepto de BioBricks (bioladrillos), piezas estandarizadas de ADN que producen proteínas concretas y que se combinan entre sí como en un juego de construcción para customizar una bacteria capaz de emitir luz o detectar arsénico en el agua. Knight anticipa una revolución: “Es la tecnología que va a dirigir el nuevo siglo”.

Para Rettberg, la pregunta es: “¿Pueden construirse sistemas biológicos simples con piezas estándar intercambiables, y operar en células vivas?”  ¿Y en el futuro? “Cualquier cosa que se nos ocurra es posible”, dice. Lo anterior puede sonar inquietante si lo que imaginan algunos no busca precisamente el beneficio de la humanidad. Y más aún si ocurre fuera de la relativa mansedumbre de los centros de investigación, como pretende la corriente más audaz de los biohackers, aquellos que quieren sacar la biología sintética de la academia y llevarla al garaje, como en su día hicieron los Gates, Wozniak o Jobs con la tecnología informática.

Muchos no dudan de que ocurrirá, y alertan sobre los riesgos. El experto en bioseguridad Markus Schmidt es tajante: el momento para el debate es ahora. De lo contrario, advierte, “no podremos regresar y cerrar la caja de Pandora”. «El mundo va a ser más complejo»

Fuente: Público.es