Una feroz polémica ya se había convertido en casi unánime aceptación, cuando un novelista norteamericano atizó de nuevo el brasero y sugirió que la creación de un venerable arquitecto chino tenía algo que ver con el Santo Grial.

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Estar en la zona donde concluye la historia de El Código Da Vinci, es quizá el menor de los logros obtenidos por la Pirámide del Louvre, la parte icónica, más visible, espectacular y reconocible, del amplio proyecto de reforma del legendario museo parisino, encabezado por Ieoh Ming Pei a finales de los años ochenta.

El Grand Louvre, nombre de proyecto que Pei debió defender ante la mayor polémica provocada en Francia por una obra arquitectónica desde la Torre Eiffel, cumplió el pasado 30 de marzo su vigésimo aniversario. La obra sentó un dramático antes y después en el recinto que sirve de casa a “La Gioconda” y la “Venus de Milo”.

Antes de la reforma, el Museo del Louvre ni siquiera era el más visitado de París, pues sus 3 millones de visitantes eran menos de la mitad de los que recibía el moderno Centro Georges Pompidou. Esas cifras ascendieron paulatinamente, de tal forma que en lo que va de la década, han estado por encima de los 8 millones de visitantes (8.5 en el 2008), lo que lo ha vuelto el museo más visitado del orbe.

El antiguo castillo donde el rey Carlos V de Francia acumulaba sus colecciones artísticas desde el Siglo XIV, puede ahora recibir ese alud de gente gracias a las espectaculares ampliaciones de espacio y la modernización de sus servicios que trajo aparejada la reforma del Grand Louvre. “Todo está hecho para olvidar aquel antiguo museo en el que, como decía Pei, nunca se sabía dónde estaban los lavabos”, decía una crónica de la época del diario El País.

Cierto que al escuchar la palabra Louvre, se impone hoy en día una reverencia. Pero no siempre fue así. El gran museo nacional de Francia, con más de 300 mil obras en su acervo, que van desde la prehistoria hasta los primeros atisbos de vanguardia de finales del Siglo XIX.

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En 1985, André Chastel, investigador del Colegio de Francia, afirmaba que el Louvre era el peor conservado, menos vigilado y el más sucio de todos los museos internacionales. “Una obra maestra de incoherencia, en la que los cuadros están distribuidos sin orden ni razón y se pasa del Siglo XIX a la prehistoria sin la menor explicación”.

Tal situación no era por pura negligencia. Los acervos del museo eran mucho más grandes que el espacio disponible para exhibirlos y además, la institución debía compartir una buena porción del antiguo palacio con el Ministerio de Finanzas francés, que tenía sus oficinas en el ala que daba a la calle Rivoli.

Una de las primeras decisiones del gran artífice político del proyecto del Grand Louvre, Francois Miterrand, al llegar a la Presidencia francesa, fue hacer que su ministerio de finanzas se mudara a donde diera menos lata. Esa sencilla operación le dio al museo un 80% más de espacio. Pero el afán renovador no se quedó ahí.

Miterrand invitó directamente al arquitecto chino nacionalizado estadounidense Leoh Ming Pei, quien para entonces ya era dueño de un Premio Pritzker (1983) y de un curriculum con más de 30 años de trayectoria, firmando proyectos como la Biblioteca John F. Kennedy, en Boston; la renovación de la National Gallery, en Washington y el Javits Convention Center, de Nueva York.

Todavía Pei asegura que el Grand Louvre fue el proyecto más difícil de su carrera, pues debió debatirse entre la conservación y el cambio, la tradición y la apertura, en un entorno sumamente venerado no sólo por los franceses. ”Por una parte, el arquitecto quiere conservar el Louvre en tanto que monumento, y por otra, quiere abrirlo a la vida, porque está en el centro de París, una ciudad que debe moverse y vivir”, dijo a El País en 1988.

2f8366a5571La pirámide de cristal propuesta por Pei era el elemento de la discordia, pero apenas una parte de un amplio proyecto que tenía como objetivos balancear mejor el uso de los espacios usados para exposición y servicios (el Louvre dedicaba el 20% de superficie para atender a la gente, cuando en un museo moderno se utiliza el 40%); revalorar el palacio como edificio histórico y darle vida a una zona de París que, pese a estar concurrida durante el día, estaba abandonada de noche.

La primera fase del Gran Louvre aportó más de 16 mil metros cuadrados de extensión al recinto, empleando el subsuelo de la Cour Napoleón, el extenso patio en cuyo corazón se alzó la pirámide de cristal, acero y aluminio de 200 toneladas de peso, 21 metros de altura y 34 de ancho, que marcaba un nuevo vestíbulo de acceso centralizado a las distintas galerías.

Pei escogió la pirámide por no sólo por sus bondades paisajísticas, sino también por su prevalencia en distintas partes del planeta. “Esa forma geométrica forma parte de todas las culturas y de todas las regiones del mundo. Además era imposible pensar en un cubo o una semiesfera de esas proporciones”, señalaba.

La reforma también descubrió a la vista los cimientos de la antigua fortaleza del Siglo XII sobre la que se construyó el palacio, recuperando todos los vestigios arqueológicos posibles. La obra subterránea del Louvre se conectó con el Carrusel, un nuevo centro comercial con tiendas (incluidas las del museo), restaurante y un pequeño centro de convenciones con un auditorio de 400 plazas, en una de las primeras grandes interacciones entre espacios culturales y comerciales del mundo.

“Desde que llegué a París, he desayunado con muchos franceses que parecen venir de un desayuno con Luis XIV”, decía con fina ironía I.M. Pei sobre los resquemores fundamentalistas que provocó su pirámide. Sin embargo, desde su apertura, ese elemento atrajo copiosas filas al Louvre, institución que desde principios de abril comenzó a celebrar el aniversario de su reforma con un programa especial.