El musicólogo Piotr Nawrot, cabeza y alma del Festival de Chiquitos, explica por qué la música barroca americana fue más elaborada e intensa que la europea. Y revela el rol de los chilenos en la recuperación de este patrimonio.

misiones_jesuitas_ruinas_de_san-miguel1 Ruinas de la misión jesuita de San Miguel

La combinación fue explosiva: en el corazón de la selva Jeremy Irons y Robert De Niro eran dos misioneros sorprendidos por las habilidades musicales, supuestamente vírgenes, de los indígenas. “La misión” (1986) conquistó al gran público. Sin embargo, la música no era de los siglos XVII o XVIII, sino de días atrás. La acababa de componer Ennio Morricone, a pesar de que repertorio original había, y de sobra. “Si querían reconstruir la historia de las misiones, deberían haber utilizado la música de Moxos que entonces ya se conocía gracias al musicólogo chileno Samuel Claro”, revela Piotr Nawrot, director artístico del Festival de Música Barroca de Chiquitos (Bolivia).

Ya en 1966, Claro había catalogado dos mil páginas de música de la reducción jesuítica de Moxos, que hoy ya se han convertido en más de siete mil. Y lo mismo pasa en Chiquitos. Algunas partituras estaban en las viejas iglesias, pero la mayoría, en los hogares de los habitantes. Eran su tesoro más preciado, y sólo lo entregaron al comprobar que se volvía a tocar la música de sus ancestros.

“Cuando los jesuitas fueron expulsados (1767), la gente ya no tenía liturgias, pero seguía reuniéndose y tocando esta música, porque es su historia y su fe”, explica Nawrot, musicólogo polaco y sacerdote. Además, hacían sus propias copias, práctica que sigue vigente en el siglo XXI en Moxos.

“El indígena añade su propia personalidad al instrumentalizar las obras -o arreglarlas-, y por eso la música barroca de las misiones es mucho más sacra que en las catedrales de Europa. ‘Renunciemos a dos coros, hagamos solo uno, y en vez de una gran orquesta, hagamos algo simple’, dicen, porque para ellos la alabanza a Dios es más importante que el despliegue virtuoso”, revela el polaco. Por lo mismo, los compositores indígenas no firmaban sus obras. No lo necesitaban: eran los protagonistas de la fe. En las misiones se cantaba en lengua originaria.

Ya en el siglo XVIII, la selva era un tentador escenario musical incluso para el compositor con el mejor trabajo del mundo religioso: Domenico Zipoli. “Era maestro de capilla de la Chiesa Gesú en Roma, pero lo abandona todo y se viene cuando escucha la noticia de que los indígenas son muy buenos músicos”. Mientras estudia para ser sacerdote en Córdoba (Argentina), compone y envía a las misiones sus trabajos. Pero enferma y muere en 1726. No obstante, su música sobrevive hasta hoy, en dos versiones: una chiquiteña, y una moxeña, de acuerdo con cuáles indígenas la arreglaron.

Nawrot retoma la palabra: “La música acompañaba cada momento del día. Si salían a la chacra a trabajar, iban tocando flautas y tamborines. En cada pueblo misional había al menos 30 músicos profesionales, que empezaban a formarse a los seis años. En América, la música fue más elaborada y más intensa que en Europa. El propio Papa Benedicto XIV pone a las reducciones como modelo para las iglesias europeas, ya que los misioneros utilizan la música como instrumento de evangelización. Yo, que soy cura, creo que el Rosario, que repite 50 veces el Ave María, es una linda oración. Pero si entro en una iglesia y alguien canta un Ave María acompañado de instrumentos, la influencia estética y espiritual que tiene sobre mí es mayor que repetir 50 veces lo mismo”.

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Misión jesuita de Chiquitos

El repertorio sacro de las misiones es impresionante. “Corresponde a casi todos los momentos del año litúrgico: misas, vísperas, letanías, óperas sacras, antífonas marianas y música instrumental. El ordinario de la misa se cantaba en polifonía, y, entre Chiquitos y Moxos tenemos más de 80 misas polifónicas”.

En Moxos está todo el repertorio musical de la Semana Santa, en lengua indígena. Además, se está recuperando el acervo de las misiones franciscanas, y Chile tiene un rol estelar. Syntagma Musicum, de la Usach, reestrenó en 2008 las Misas Prohibidas de Guarayos. Antes había grabado los cantos catequéticos en mapudungún del Cancionero Chilidugú del padre Havestadt (1777), acervo chileno que testimonia la fusión mágica de la música y la fe.

En el Festival de Chiquitos han participado también Les Carillons, de la Universidad de Chile y Estudio MusicAntigua, de la UC, entre otros. La mayoría de los conciertos se realizan en las antiguas reducciones y son gratuitos. Su financiamiento es mixto. Con un presupuesto de 240 mil dólares, en 2008 hubo más de 130 conciertos, con casi 90 mil asistentes.

Romina de la Sotta Donoso
Fuente: El Mercurio.com