Durante un breve e irrepetible período, un reducido grupo de artistas japoneses transformó el arte de la xilografía en uno de los más gloriosos movimientos de la historia del arte.

hokusaikanagawa-2

A principios del siglo XIX, cuando los importadores europeos de vajillas orientales recibían sus platos y vasijas envueltos en hojas de papel adornadas con imágenes impresas, sonreían ante las “bárbaras” figuras y las tiraban a la basura. Hasta que se presentaron grabados japoneses en color en la Exposición Internacional de Londres, en 1862, a la que siguieron otros certámenes oficiales en París y Nueva York, los amantes del arte en Occidente no captaron su valor intrínseco. Allí tenían una nueva manera de ver, un modo de evocar brillantemente una imagen mediante un mínimo de líneas espontáneas y macizas superficies de color, un medio de aprehender la intimidad y la naturalidad de la vida cotidiana. No cabía duda de que aquellas eran obras de grandes artistas.

Así empezó el idilio entre Occidente y las xilografías japonesas. Actualmente, un grabado japonés puede alcanzar un alto precio en el mercado del arte. Por ejemplo, en la década pasada, el valor comercial de grabados raros en buenas condiciones de conservación se ha multiplicado por doce, sin que el aumento haya llegado a su fin. Al mismo tiempo, por fortuna para los aficionados de pocos recursos, se pueden encontrar originales menos perfectos o menos raros por unos 250 euros.

matsumotoEl grabado en color floreció en el Japón sólo durante un breve período: de la década de 1740 a la de 1860. En esos años, aquella nación insular se hallaba herméticamente cerrada al mundo; los extranjeros tenían prohibida la entrada, y los japoneses no podían trasladarse fuera del país. La libertad estaba severamente reglamentada, e incluso una crítica indirecta de los gobernantes podía ser causa de arresto.

En semejante atmósfera, los habitantes de Tokio buscaban solaz en el barrio de las diversiones, Yoshiwara, que con sus casas de geishas y restaurantes desarrollaba una gran actividad comercial, y ofrecía a los habitantes de la ciudad una alegría pasajera como compensación de las somibrías frustraciones de la vida en un estado policíaco. Y de este mundo de placeres, embellecido por la luz de la luna y los capullos de cerezo, por canciones y vino y mujeres bonitas, el arte del grabado en color tomó su carácter y su nombre: Ukiyo-e, es decir, “Imágenes del mundo flotante”. Producido casi exclusivamente en Tokio por hombres enamorados de la ciudad y sus habitantes, fue un arte festivo e irreverente. Sus vívidas escenas de la vida urbana, sus paisajes soñadores, sus jóvenes amantes retozones, sus alegres reuniones en barcas, sus actores de entrecejo fruncido, pero, sobre todo, sus bellísimas mujeres, nos transportan a un reino luminoso y mágico.

Una xilografía es un triple milagro, el producto de tres pares de ojos y de manos. El artista, o diseñador, es el que marca la pauta. Inspirado por su musa, hace el boceto con tinta y pincel sobre una delgada hoja de papel. En seguida, el grabador o xilógrafo se lleva el dibujo al taller y lo traslada, invertido, a la lisa superficie de un bloque de madera de cerezo. Con un afilado cuchillo profundiza en la superficie de la madera dejando realzadas las líneas del dibujo. El impresor es quien dice la última palabra. Habiendo entintado el bloque con sumo cuidado, extiende sobre él una hoja húmeda de papel hecho a mano y ejerce presión sobre éste a través de una almohadilla, con lo que obtiene una imagen estampada, réplica del dibujo original.

En 1764, la técnica había alcanzado su perfección. Ya era posible usar todos los bloques que fueran necesarios, a veces más de diez, para hacer una sola estampa. El pigmento (acuarela mezclada con pasta de arroz) se aplicaba al bloque antes de cada impresión. Como los bloques se gastaban con el uso, el número de ejemplares era limitado. De algunas grandes estampas solamente sobreviven unas cuantas a menudo en muy lamentables condiciones.

¿Quiénes eran los artistas capaces de arrancar ese frágil arte de un medio esencialmente tosco como la xilografía? Para los miembros de la clase dirigente japonesa, formaban parte de la masa común; se trataba de plebeyos, hombres sin categoría social, cuyas vidas no eran dignas de ser registradas. Por ejemplo, casi no se sabe nada de Sharaku, autor de vitales estampas de actores gesticulantes que son ahora tan buscadas. Monorobu era hijo de un bordador, y de niño trabajó en el oficio de su padre. Más tarde se hizo monje. El padre de Hiroshige era fogonero. Kuniyoshi, hijo de un tintorero de sedas. Se dice que Hokusai, hijo adoptivo de un fabricante de espejos, vendía dulces y pimientos rojos a orillas del río, en Tokio. Kiyonaga creció en los pobres alrededores del mercado de pescados, y resultó ser el colmo del refina­miento. Su especialidad eran estampas de mujeres bellas de Tokio. Tal como las traducía el papel, las damas del Japón, a menudo de piernas cortas, resultaban altas, lánguidas y esbeltas cual juncos. Un sublime y totalmente inalcanzable ideal de belleza femenina había invadido el Ukiyo-e.

xilografia3Hoy día, dos de las principales colecciones de grabados están en el Museo de Bellas Artes de Boston y el Museo Nacional de Arte, de Tokio. El movimiento es muy vivo, y Londres y Nueva York son los centros más importantes de este arte. En los últimos años, los japoneses han estado pujando con interés por los grabados en los mercados occidentales, en contraste con los días en que, como me dijo sarcásticamente un amigo nipón, “estábamos demasiado ocupados encargando por correo una civilización occidental para prestar atención al drenaje de esta parte esencial de nuestra herencia cultural” .

Las estampas del mundo flotante han hecho una larga travesía desde que se utilizaban como papel para envolver platos y vasijas orientales. La legión de sus admiradores en todo el mundo se multiplica a cada exposición, a cada venta importante. Su cálida humanidad y su gloria artística hacen de ella un tesoro universal que debe ser explorado y protegido tanto por Oriente como por Occidente.