Hace ya algunos años, unos amigos míos mandaron a su hija, de diecisiete años de edad, a un campamento de verano; tenían la esperanza de que volvería cargada de trofeos por sus éxitos en natación. Pero sucedió que, a su regreso, observaron en ella una actitud distinta, una gran serenidad y una nueva costumbre: todas las noches, después de cenar, se retiraba a su habitación durante media hora. En cierta ocasión, su madre se asomó, y vio que su hija estaba sentada, con las manos en el regazo, contemplando la luz de una vela. ¿Qué estaba haciendo? La muchacha respondió que, sencillamente, meditaba, lo que le hacía sentirse más tranquila, en paz consigo misma y con el mundo. Era algo que miles de personas hacían todos los días.

meditación

Y así es, en efecto. Muchos de los que participan en esta búsqueda interior del conocimiento y la comprensión encuentran su inspiración en las técnicas para meditar de las grandes religiones de Oriente. Sin embargo, estas técnicas son apenas la prueba más visible. El arte de la meditación tiene más hondas raíces en nuestra cultura de lo que creemos. El diccionario define la meditación como “reflexión sostenida”, y también como “la constante aplicación de la mente a la contemplación de alguna verdad religiosa, misterio u objeto de reverencia”. También se emplea la palabra meditación para describir distintos estados de éxtasis que pueden originar ideas nuevas, innovaciones e incluso cambios de la personalidad. De una u otra forma, lo cierto es que tales actividades son tan antiguas y universales como el hombre.

“La meditación ha sido practicada en todo el mundo desde los tiempos más remotos”, escribía Aldous Huxley, “como la manera de llegar a conocer la naturaleza esencial de las cosas”. ¿Cómo proceden? Hay unas cuantas recomendaciones, casi universales. Para empezar, la persona que desea meditar con seriedad debe destinar a ello determinado momento diariamente, media hora, en que pueda gozar de absoluta tranquilidad. Es necesario hacerla consistentemente, porque los resultados son acumulativos y no se logran en la primera sesión. También es muy importante el lugar elegido para meditar. Según parece, mucha gente considera que una iglesia vacía es el sitio ideal. Otras personas que ya tienen experiencia en la práctica de la meditación también suelen buscar lugares donde puedan comulgar con la naturaleza: un bosque, una playa solitaria. Todos estos sitios satisfacen la condición de soledad y la necesidad de no sentirse encerrado.

Sin embargo, la actitud tiene mayor importancia aún. Después de todo, las distintas técnicas de meditación tienen por objeto lograr un estado de sinceridad, calma interior y autoconocimiento creciente. Pero nadie puede penetrar en las profundidades de su mente si ésta gira, alocada, como un remolino. De ahí los métodos aparentemente absurdos en lo que a postura y concentración se refiere, y que tienen por objeto calmar las preocupaciones diarias. Y, al parecer, dan resultado. No es indispensable sentarse en el suelo con las piernas cruzadas: puede uno hacerla en una silla de respaldo recto. Uno de los métodos de relajamiento más generalizados consiste en concentrarse en alguna de las funciones del organismo: el acto de respirar, por ejemplo.

La meditación no constituye una forma de huir de nuestra diaria existencia, sino de prepararse para ella, y lo más importante es lo que traemos con nosotros al regreso de esa experiencia. Incluso si la meditación no logra más que un estado de serenidad y calma interior, no es poco lo que ha hecho. Hace algunos años, pidieron al famoso psicoanalista Erich Fromm, que acababa de hablar ante un auditorio canadiense, que citara una solución práctica para los problemas de la vida. “Tranquilidad”, fue su respuesta. “La experiencia de la inmovilidad. Para cambiar de dirección, es indispensable detenerse primero”.

Sin embargo, la solución de nuestros problemas es apenas el jardín de infancia de la meditación. Su práctica puede ser también el camino que nos lleve al descubrimiento de nuestro propio yo. Después de todo, no podemos permanecer sentados, en completo silencio, sin aprender algo acerca de nuestro organismo. Para un niño, su cuerpo es él mismo. Sin embargo, con el paso de los años, nuestro cuerpo y nuestra mente se dividen y se vuelven dos extraños. La meditación puede reunirlos de nuevo. Cuanto más ahondamos en nuestro propio yo, más nos acercamos a uno de los mayores dones que puede otorgar la meditación: la alegría. “No meditamos para retiramos”, me dijo un conocido que es instructor de esta técnica, “sino para gozar de la vida”.

Plotino, un filósofo de la antigüedad, escribió: “Hay siempre en el alma humana una luminosidad sin sombra alguna, como la luz de una linterna que brilla en medio de la tempestad”. Así pues, el producto final de la meditación es una creciente consciencia de nosotros mismos y de nuestros semejantes; y también del vibrante universo que nos rodea.  En nuestros días, se ha extendido la opinión de que el mundo de mañana debería de ser muy diferente del mundo de hoy. Se considera que la meditación es el preludio de la deseada transformación, una manera de prepararse para ella, de transformar nuestra existencia y, por ende, transformar el mundo.

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