¿Se ha preguntado alguna vez por qué una persona amante de la literatura –que puede ser usted mismo– se detiene ante la puerta de una librería anticuaria y, a pesar de ese primer impulso que le invita a entrar, sigue su camino sin haberlo hecho? Quizá ello responda a una falta de costumbre o, tal vez, esa cierta solemnidad que a menudo se percibe en el ambiente se imponga inhibiendo este deseo primario.

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Lo cierto es que toda librería anticuaria expone sus libros (bueno, no todos) con la intención de que éstos sean vistos por la mayor cantidad de gente posible, no sólo por bibliófilos, y que a vece sus precios no son tan inalcanzables como creemos. La prueba es que hace unos días me di una vuelta por una de ellas y, por tan sólo el equivalente a nueve euros –unos 11 dólares aproximadamente– pude adquirir un interesante libro de casi 500 páginas, cuya fascinante lectura terminé anoche.

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Se trata de la primera edición de El historiador William Shakespeare (Ensayo sobre el espíritu del siglo XVI), publicado en Tarragona en plena segunda guerra mundial. Su autor, Rafael Ballester Escalas, entonces profesor de la Universidad de Barcelona, fue objeto de entusiastas elogios de la crítica. Su libro, verdadera obra de arte, es hijo del ambiente por que atravesaba Europa durante la segunda conflagración, y ello no es una simple casualidad. Aunque el tema de Shakespeare parezca, a primera vista, desconectado de nuestros tiempos, Ballester dio a su libro un enfoque enteramente nuevo para la crítica de la época: el de Shakespeare como político. Siendo el corazón humano y la política siempre una misma cosa, ¿cómo no iba a eternizarlos a los dos? A través del estudio de Ballester descubrimos un Coriolano que, ya cinco siglos antes de Jesucristo, esboza el análisis de las democracias; vemos un Julio César que plantea, a su vez, el conflicto entre el grande hombre y una multitud aristocrática, que tiene orgullo porque es menos numerosa que la plebeya, aunque se rige a veces por reacciones semejantes. Todo esto lo veía el poeta inglés en el siglo XVI, cuando no había periódicos, ni ensayistas, ni propaganda, ni urnas electorales.

Cuando Ballester escribió esta obra, Europa atravesaba un momento dramático, shakespeariano: Alemania se estaba hundiendo; Mussolini era ejecutado; y no por patricios, como César, sino por un puñado de guerrilleros de ambos sexos. Estos episodios proyectan su sombra sobre El historiador Shakespeare. Por ello encontramos en la obra rasgos patéticos, algo pesimistas, pero impregnados de innegable belleza y grandiosidad. En ella abundan además interesantes enigmas históricos: por ejemplo, el formidable interrogante de si Shakespeare fue o no católico, problema que se deriva de multitud de pasajes, en sus dramas, y que el autor del libro analiza con finura y profundidad. Ballester, a pesar de lo apasionante del tema, ha sabido ser imparcial. No se pronuncia en favor de ninguna tesis. La utilidad de su estudio está en la claridad expositiva. Sobre Shakespeare existe un problema análogo al de la patria de Colón; sin embargo, el misterio no se ha vulgarizado, no ha llegado a las masas de lectores, a los estudiantes.

Ballester se debate en su estudio contra estas rutinas y muchas más. Cuando el libro apareció por vez primera, se dijo de él: “Con la obra de Ballester Escalas la crítica española ha subido varios peldaños… La pluma del periodista teme repetir hoy sus consabidos adjetivos laudatorios, porque el autor de este libro no es escritor a quien se despache con dos ilustres y un estupendo.» Esta calibración era exacta y el tiempo la ha confirmado. Quienes creían conocer a Shakespeare por haber leído y releído Hamlet y Romeo y Julieta, encontrarían en estas páginas –como las he encontrado yo casi 65 años más tarde de su publicación– una personalidad insospechada del poeta británico, tan fuerte como la primera y más en consonancia con el modo de ser de nuestros tiempos.