Una vida de novela es la de esta belleza chilena, de origen boliviano, que deslumbró en los salones europeos y se convirtió en mecenas de los artistas más importantes de las vanguardias. Por su parte, fue señera en un concepto decorativo cercano al minimalismo y fue, probablemente, la primera en colgar un cuadro de Picasso sobre una cómoda francesa del siglo XVIII. Encarnó todo el esplendor de la Belle Epoque, siendo musa inspiradora.

eugenia huici 1Eugenia Huici de Errázuriz, por John Singer Seargent

Eugenia Huici Arguedas, hija de un acaudalado matrimonio boliviano afincado en Chile, nació en 1860 en el fundo familiar de La Calera. Desde niña destacó por su extraordinaria belleza que, sumada a sus impecables modales y distinción, la transformaron en una de las grandes exponentes femeninas de la Belle Epoque. De la vida rural chilena, de la zona central, pasó a estudiar a las Monjas Francesas de Valparaíso, casándose, a muy temprana edad, con el millonario pintor José Tomás Errázuriz Urmeneta, heredero de una incalculable fortuna y provisto de grandes relaciones sociales en el mundo.

Su primer año de casada lo pasa en la Hacienda Panquehue, donde tiene un hijo que muere a poco de nacer. Pero el espíritu de Eugenia estaba llamado a ser parte de los grandes procesos intelectuales, artísticos y estéticos que se estaban viviendo en Europa, con Paris como epicentro. Dueña de juventud, fortuna y relaciones convence a su marido, también interesado en desarrollar su arte, de trasladarse a la capital francesa. Su cuñado, el pintor, político y diplomático Ramón Subercaseaux era el cónsul en esta ciudad y estaba casado con otra belleza sudamericana, Amalia Errázuriz. Agreguemos que ellos son los abuelos de nuestro destacado y también refinado esteta, Senador Gabriel Valdés.

Eugenia, por Jacques-Emile Blanche

Eugenia, por Jacques-Emile Blanche

Se integra así a la alta sociedad parisina, conociendo a Sargent, Rodin y muchos artistas de renombre que no tardan en retratarla. El palco del cónsul era llamado “le balcon fleuri”, por las bellezas que se dejaban ver, destacando entre todas Eugenia Huici. En 1900 se traslada a Londres donde vive seis años, ampliando considerablemente sus relaciones con la alta sociedad. Pasa también una temporada en Madrid, donde traba amistad con Diaghilev y Stravinsky. Superada la Primera Guerra Mundial, vuelve a Francia.

Su concepción estética ya se había manifestado en espacios de gran simpleza, y casi minimalistas, que se adelantaron a su época. Su amistad con Cocteau la llevó a conocer a un joven Picasso con el que queda inmediatamente fascinada, convirtiéndose en su mecenas, amiga y confidente. Cuelga sus pinturas en muros blancos, desprovistos de molduras y acompañados de muebles de época de gran factura. El árbitro social y esteta por excelencia, Cecil Beaton, ensalza las atmósferas que Eugenia genera y el diseñador Jean Michel Frank la menciona como una de sus fuentes inspiradoras en la creación de ambientes.

Devota de las vanguardias pierde interés en la pintura tradicional y académica de su marido. Empieza a frecuentar Biarritz, donde adquiere una hermosa villa, que llama “La Mimoserie”, por la cantidad de mimosas que en su jardín florecían. En ella recibe frecuentemente a Picasso, quien pinta deslumbrantes murales en sus paredes. En tanto, ella lo aconseja y lo introduce en la alta sociedad, donde el cubismo aún no se conocía, además de apoyarlo financieramente. Stravinsky y el poeta Blaise Cendrars son otros de sus protegidos, a los que acoge, orienta y financia.

Queda viuda en 1927 con tres hijos, viendo su fortuna bastante menguada. Nunca se preocupó de las finanzas y sólo sabía gastar dinero en cosas bellas, atendiendo a sus amigos artistas. Piensa, entonces, volver a Chile. Casi todas sus amistades de juventud, representantes de la vida esplendorosa chilena y que dejaron en los salones europeos cuantiosas fortunas, ya habían regresado a su tierra natal. Le pide a Le Corbousier los planos para construir una casa en Viña del Mar. El proyecto es ejecutado en 1931 pero, por paradojas de la vida, la “Villa Eugenia” termina construyéndose en Japón.

Madame Errazuriz, por Picasso

Madame Errazuriz, por Picasso

Continúa viviendo en Biarritz, pero sus grandes amigos, dueños ya del aprecio y reconocimiento mundial, la visitan cada vez menos. Acostumbrada a recibir elogios por toda una vida, le cuesta asumir que su belleza va disminuyendo y que se va transformando en una encantadora anciana. La salud, la juventud dorada y el dinero se han ido. Los tiempos de guerra se hacen sentir con la escasez y termina refugiándose en una pieza de su otrora concurrida casa, aunque sin perder el exquisito gusto con que disponía de sus posesiones. Su hijo Max ha muerto y la soledad la embarga.

Finalmente, terminada la Segunda Guerra Mundial, sube por primera vez a un avión para regresar a Chile. Sobrevive a un atropello y, ya con noventa años, se va apagando sin ganas de seguir viviendo. Atrás queda la leyenda y la imagen glamorosa, las pinturas esparcidas por el mundo de Sargent, Picasso, Helleu, Blanche y Boldini. La Mimoserie fue vendida y sus pinturas de Picasso también. Todo se fue y, como la mayoría de los chilenos que se convirtieron en estrellas cosmopolitas de los salones de la alta sociedad europea, terminó volviendo a su tierra natal cuando el oropel se extinguió. Sin embargo, su concepto, su gusto y su intuición dejaron una huella decisiva en las artes decorativas que perdura hasta hoy.

Por Cecilia García-Huidobro
fuente: nuestro.cl