Hace unos años, cuando leí La voz de los muertos de Orson Scott Card, apareció ante mí uno de los personajes de ficción más sugerentes que he conocido. Se trataba de Jane, una especie de hada madrina de Ender, el protagonista, en forma de inteligencia artificial con vida propia que se comunicaba a través de la red de ansible que surcaba las galaxias. Me pareció la imagen más hermosa del computador con vida propia, y naturalmente, no era la vieja historia de la máquina que se rebela contra su creador, el hombre, sino del ser vivo que surge del artificio, en este caso la red de comunicaciones.
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Cuando Card escribió la novela, Internet era un sueño que acababa de comenzar, pero el escritor tuvo visión de futuro, como buen autor de ciencia-ficción, y ya imaginó un ser que surgía de las ondas hertzianas que envuelven nuestro planeta. La red, como gustan llamarla algunos,  tiene también, en cierto modo, vida propia, pero una vida que dirigen los cientos de millones de personas que se conectan a ella desde cualquier punto del globo.

En estos momentos Internet es ya un hecho cotidiano e imparable que empieza a levantar ampollas en los detractores y a hacer disfrutar a los seguidores. Todo lo que se refiere a la informática produce siempre la misma polémica. Jamás deja indiferente. Los más reacios piensan que no puede ser bueno, ni llevarnos a buen sitio, y ya ha sido definido ampliamente por los sicólogos el síndrome de adicción a la red. Pero la red, como la televisión, los videojuegos, la música o el póker, no son malos ni buenos. Es la persona la que usa y abusa de ello. Pasarse la vida en el ordenador, o delante de la televisión, escuchando música o bebiendo cervezas sin hacer nada más –como pasear por la playa, ir al cine, quedar con los amigos, leer un libro o comer paella y ensaladas…– es lógicamente pernicioso. Es natural que surja el temor de que el hombre no sea capaz de resistirse a una actividad que le resulta entre­tenida y se dedique a ella sin medida. Pero, como siempre, tal riesgo suele darse en los más jóvenes.

4Pero no podemos negar lo evidente. Hoy por hoy, en la era de las comunicaciones, la red es uno de los nudos de información más importante, por no decir el primero. A través de ella, accedemos a cualquier dato por lejano que esté, incluso a aquellos que jamás imaginaríamos. Por ejemplo, desde casa, la oficina o un ciber-café, podemos entrar en la Biblioteca Nacional para consultar sus fondos, su historia e incluso a la distribución de sus salas; consultar el ISBN actualizado al máximo en busca de un libro, las cotizaciones de Bolsa o el último decreto aparecido en el Boletín Oficial del Estado, además de charlar con otros, crear un blog, enviar cartas, fotos, videos o cualquier tipo de documento, incluida nuestra propia voz, a través de miles de kilómetros de distancia y en cuestión de segundos.

En cuanto a lo cultural, la red es todo un deleite. En cualquier instante tenemos la capacidad de navegar por muchos mundos literarios, conocer textos consagrados y otros de autores noveles que aprovechan la web precisamente para promocionarse. Volamos por mundos como el de Tolkien o Borges, mundos virtuales llenos de poesía real. Visitamos bibliotecas, museos y librerías, repasamos los estrenos de teatros, cines y otros eventos culturales de todo el mundo.

Quizás en uno de nuestros viajes cibernéticos nos encontremos con Jane, y veamos que Card tenía razón, como la tuvo Julio Verne un siglo y medio antes.