A veces parece
que estamos en el centro de la fiesta.
Sin embargo
en el centro de la fiesta no hay nadie.
En el centro de la fiesta está el vacío.
Roberto Juarroz
Cuando a Jorge Luis Borges le preguntaban cuál de sus libros prefería, contestaba que le gustaban más los ajenos, que estaba más orgulloso de sus lecturas que de sus obras. El lector superficial puede ver en las últimas novelas de Enrique Vila-Matas un catálogo de frases más o menos eruditas sobresaliendo sobre la trama; detrás está la admiración o burla hacia los escritores citados, hacia sus posibilidades de ver la realidad, como hace en el libro que nos ocupa al «París era una fiesta» de Hemingway, entre homenaje y mirada irónica.
Los libros que preceden a «París no se acaba nunca» eran complementarios entre sí: Bartleby y compañía se mueve alrededor de los escritores «sin obra», y la premiada «El mal de Montano» nos trasladaba al extremo opuesto, el de los escritores excesivos; en este libro asistimos a un tercer paso que parecía impensable. El protagonista –Vila-Matas en sus dos años parisinos, cuando aún era inédito y «algo imbécil», según dice él mismo­- transita las 230 páginas del libro para conseguir escribir una novela teniendo como referente unas pocas lecturas –Bartleby–, mientras que el escritor que novela todo este proceso incluye citas y referencias
a otros libros y escritores en prácticamente todas las páginas –Montano–. Gracias a esto, encontramos
un libro con un lenguaje visual mucho más marcado que en los anteriores, donde los bloques textuales pueden ser trasladados a imágenes con mayor facilidad, y más referencias hay al lenguaje del cine.
Con este libro que ayer mismo terminé de releer, Vila-Matas vuelve a demostramos que literatura y realidad no están separadas: quizá la realidad sea tan dolorosa que necesite un tamiz para soportarla; quizá ese tamiz perfecto sea la literatura, y quizá sea cierto que como Vila­Matas ha creado alrededor de sí tantos personajes e historias y sus novelas tienen tan fuerte componente autobiográfico, le cuesta marcar fronteras entre la ficción y lo real. Probablemente, y tal como proponía Montano, tales fronteras no existan o sean del todo inútiles.
La singularidad del autor dentro de la narrativa actual vuelve a demostrarse con este libro: a la hora de novelar su autobiografia parcial, deja tan aturdido al lector con estos límites, que uno sólo puede intuir el vacío o la materia que hay detrás de cada palabra. Sin embargo, ¿estamos seguros de que sea una au­obiografia? ¿Qué clase de libro es «París no se acaba nunca»?
Vila-Matas no necesita escribir una autobiografia: en cada uno de sus libros hay retratada una obsesión propia del autor, de la cual trata de liberarse publicándola; sólo hay que ir reuniendo con paciencia sus libros para, en el lejano momento de su muerte, agrupadas alrededor del vacío, en el lugar mismo de la fiesta. Y todo lo que en los libros quede fuera de esas obsesiones es la verdadera biografia de Vila-Matas.
A veces parece
que estamos en el centro de la fiesta.
Sin embargo,
en el centro de la fiesta no hay nadie.
En el centro de la fiesta está el vacío.
Roberto Juarroz

vilamatas
Enrique Vila-Matas
Cuando a Jorge Luis Borges le preguntaban cuál de sus libros prefería, contestaba que le gustaban más los ajenos, que estaba más orgulloso de sus lecturas que de sus obras. El lector superficial puede ver en las últimas novelas de Enrique Vila-Matas un catálogo de frases más o menos eruditas sobresaliendo sobre la trama; detrás está la admiración o burla hacia los escritores citados, hacia sus posibilidades de ver la realidad, como hace en el libro que nos ocupa al «París era una fiesta» de Hemingway, entre homenaje y mirada irónica.
portada
Las novelas que preceden a «París no se acaba nunca» (Ed. Anagrama, 2003) eran complementarias entre sí: Bartleby y compañía se mueve alrededor de los escritores «sin obra», y la muy premiada «El mal de Montano» nos trasladaba al extremo opuesto, el de los escritores excesivos; en este libro asistimos a un tercer paso que parecía impensable. El protagonista –Vila-Matas en sus dos años parisinos, cuando aún era inédito y «algo imbécil», según dice él mismo­– transita las 230 páginas del libro para conseguir escribir un soberbio texto que tiene como referente unas pocas lecturas –Bartleby–, mientras que el escritor que novela todo este proceso incluye citas y referencias a otros libros y escritores en prácticamente todas las páginas –Montano–. Gracias a esto, encontramos un libro con un lenguaje visual mucho más marcado que en los anteriores, donde los bloques textuales pueden ser trasladados a imágenes con mayor facilidad, y más referencias hay al lenguaje del cine.
Con este libro, que ayer mismo terminé de releer por tercera vez, Vila-Matas vuelve a demostramos que literatura y realidad no están separadas: quizá la realidad sea tan dolorosa que necesite un tamiz para soportarla; quizá ese tamiz perfecto sea la literatura, y quizá sea cierto que como Vila­-Matas ha creado alrededor de sí tantos personajes e historias y sus novelas tienen tan fuerte componente autobiográfico, le cuesta marcar fronteras entre la ficción y lo real. Probablemente, y tal como proponía Montano, tales fronteras no existan o sean del todo inútiles.
La singularidad del autor dentro de la narrativa actual vuelve a demostrarse con este libro: a la hora de novelar su autobiografia parcial, deja tan aturdido al lector con estos límites, que uno sólo puede intuir el vacío o la materia que hay detrás de cada palabra. Sin embargo, ¿estamos seguros de que sea una au­obiografia? ¿Qué clase de libro es «París no se acaba nunca»?
Vila-Matas no necesita escribir una autobiografia: en cada uno de sus libros hay retratada una obsesión propia del autor, de la cual trata de liberarse publicándola; sólo hay que ir reuniendo con paciencia sus libros para, en el lejano momento de su muerte, agruparlas alrededor del vacío, en el lugar mismo de la fiesta. Y todo lo que en los libros quede fuera de esas obsesiones es la verdadera biografia de Vila-Matas.
O. M.