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“El arte de la fuga” (“Die Kunst der Fuge” BWV 1080) es una obra maestra de Johann Sebastian Bach: un único tema musical que se persigue a sí mismo –y también a sus múltiples variaciones– en un diálogo intenso, rico en simetrías, inversiones, ritmos y tiempos diferentes.

“El arte de la fuga” ( “Die Kunst der Fuge” BWV 1080) es una obra maestra de Johann Sebastian Bach: un
único tema musical que se persigue a sí mismo –y a sus múltiples variaciones– en un diálogo musical intenso, rico en simetrías, inversiones, ritmos y tiempos diferentes.

Glenn Gould – Die Kunst der Fugue – Contrapunctus I

Después de una obra inmensa, en cuanto a calidad y nobleza de ideas, Bach coronó su vida con el mensaje incompleto de su importante obra didáctica «El arte de la fuga», producción que sobrecoge a los técnicos por su inmensa trascendencia. Fue escrita en el último año de la vida del cantor de Leipzig (1749‑1750). Poco antes había compuesto para Federico II su «Ofrenda Musical». No obstante, «El arte de la fuga» sobrepasa en belleza a la obra anterior. Al referirse a esta producción, se habla de rigor matemático y de abstracción metafísica. Pero aclarado ya el horizonte lleno de brumas que desdibujaba y oscurecía la obra inmortal del autor de las «Pasiones», esta obra se nos aparece clara, refulgente y centelleante de viveza y espiritualidad.

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En los tiempos de Johann Sebastian Bach se juzgaba «El arte de la fuga» como una producción tan docta y complicada que solamente los elegidos eran capaces de comprender, y dado su carácter se la motejaba de música para la vista y no para el oído. Nada más lejos de la verdad. Bach se valió de una técnica perfecta y profunda para explicar ideas diáfanas y sublimes.  A medida que Bach arquitecturaba este monumento musical, se grababan las «fugas» siempre bajo su dirección. Los achaques físicos, la gravedad de sus males, se agudizaron de tal manera que ya completamente ciego y atacado de parálisis tuvo que abandonar esta obra. Murió sin verla acabada. No dejó tampoco ninguna nota aclaratoria a la presentación de estas «fugas», algunas de ellas muy difíciles de interpretar. Las escribió en cuatro claves diferentes. Ello hizo suponer a los musicógrafos de entonces que se trataba de una producción puramente teórica y pusieron sus manos pecadoras en esta partitura sublime, escrita originariamente para clave. Ayudó a esa profanación el hecho de que la última fuga de la obra apareciera sin acabar. Fallecido el cantor, su familia añadió al original de Bach, sin causa que lo justificase, todo lo que el gran maestro había compuesto en sus últimos meses de vida. Se encargó al musicógrafo Marpurg que escribiera el prólogo de la obra, cosa que hizo en términos tan malintencionados, que pese a los elogios que dedicó a esta obra el célebre Mattheson, en cuatro años sólo se vendieron treinta ejemplares.

El libro del Arte de la Fuga se compone de quince fugas y cuatro cánones, o más bien, a juicio de Spitta, de una gigantesca fuga en quince capítulos. La fuga aparece aquí en sus más diversos y ricos aspectos, desde la sencilla, doble, triple, hasta la «erizada por un doble contrapunto, complicada con alteraciones rítmicas o melódicas».  Algunos contemporáneos de Bach comentan que la obra del gran compositor era demasiado elevada para este mundo. Y esta creación, ante la cual sólo podemos admirarnos y asombrarnos, está arquitecturada y descansa sobre un único tema en re menor, «bastante insignificante e inferente por sí mismo».

La homogeneidad del inacabado opus es tan grande que las fugas requieren una ejecución conjunta. Interpretadas aisladamente pierden algo de su peculiar grandeza, y tan solo brillan esplendorosas cuando suenan agrupadas.

¿Qué ideas informan esta unión de piezas casi inseparables? Las más excelsas en Johann Sebastian Bach. Estas ideas suyas, que nos evocan, solemnes y gozosas, un mundo maravilloso de paz espiritual, alejado de nuestro mundo terreno y en el cual reina la serenidad y la pureza más viva de sentimientos, donde todo es bello, porque todo es bueno, bañado de misticismo, de cristiano fervor. Música que sosiega nuestro ánimo y nos habla de paraísos asequibles sólo a aquellos que, como Bach, poseen un alma noble y transparente.

La inacabada fuga del cuaderno ha intrigado siempre a los investigadores de la obra el gran maestro alemán. Algunas veces –demasiadas, por desgracia– se ha querido poner un personal colofón a la obra que la muerte dejó incompleta. Georg Darmstadt, compositor germano, lleva transcritas todas las fugas del libro para las diferentes variantes orquestales, e incluso la inacabada partitura del Arte de la fuga fue terminada por Darmstadt, prestándole un conjunto digno y majestuoso. También el músico inglés Donald Francis Tovey (1875‑1940), puso sus manos en esta obra y la acabó, pero en forma pianística.

Fuente: el-atril.com