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Melina Mercouri en "Never on Sunday", 1960

Muy pronto se cumplirán quince años de la muerte de Melina Mercouri y cincuenta del estreno de Nunca en Domingo, la inolvidable película del norteamericano Jules Dassin –más tarde convertido en esposo de la actriz griega– que incluye una de las más hermosas canciones de toda la historia del cine. No es un film perfecto. Es irregular en su guión. Jules Dassin no era un buen actor, pero sí un eficaz y a veces deslumbrante director. Y sin embargo, es posible que refleje como nadie los falsos mitos que Occidente ha ido creando en torno a la antigüedad griega.

Esa caricatura de filósofo americano que se pretende Pigmalión ha creído encontrar en Ilia, la más libre de las prostitutas del Pireo, la que elige sus clientes, la que reinventa los argumentos de las tragedias antiguas, la que nunca trabaja en domingo, la esencia de la felicidad primaria, desnuda de conocimiento, bruta, animal, la felicidad que prima el instinto al razonamiento. Y su gran idea, la gran idea de la filosofía desde Aristóteles, es revestir esa felicidad carnal, terrenal, falsamente tangible, de conocimiento y razón. Así la felicidad sería real y, por ende, eterna. Secular deseo de permanencia, búsqueda de eternidad. Mas su ansia de conocimiento apaga su ansia de vivir. La seguridad en sí misma poco a poco la sumergen en la duda constante. ¿No es justo la duda que trajo al americano a Grecia en busca de la esencia de la felicidad? Ya no juega con sus amigos, ya no baila, ya no ejerce. Un halo de melancolía la atrapa cuando encuentra alguno de sus antiguos amigos o alguna de sus compañeras de profesión. ¿Dónde está al fin la felicidad prometida por la razón?

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Melina escribió en el exilio, durante la dictadura de los coroneles, una reflexión sobre su propia vida y sobre todo, sobre la maldición de nacer griega.

“El haber nacido griega significa llevar sobre los hombros una maravillosa maldición. Para un número de personas sorprendentemente grande, significa que construiste personalmente la Acrópolis, que creaste Delfos, el teatro, y pariste la idea de la democracia. La verdad es que eres pobre, muchos de tus compatriotas no saben leer y los esporádicos momentos que has disfrutado la democracia y la independencia, los intervencionistas extranjeros y sus secuaces griegos te la arrebataron”. (Melina Mercuri, Yenizica Ellinida, Athina, 1971)

Las potencias occidentales, sobre todo Francia, Inglaterra y Rusia, buscaron en Grecia fundamentalmente dos cosas: un punto geopolítico de enorme importancia a las puertas de un Oriente musulmán y la preservación de los orígenes de nuestra propia cultura europea, según los cánones del humanismo renacentista y de la ideología burguesa decimonónica. Lo primero ha costado al pueblo griego no pocos sinsabores y alguna que otra gran tragedia. Lo segundo ha costado a la propia cultura europea no pocas mentiras y más de una tragedia.

Mr. Arriflex

“Nunca en domingo” — La canción