Un experimentado capitán y su tripulación abandonan su barco muy cerca de las islas Azores sin motivo aparente, desapareciendo para siempre. Un enigma mayor hasta hoy, en la historia naval.


El 4 de noviembre de 1872 parte desde Nueva York con destino a Génova el bergantín Mary Celeste al mando del capitán Benjamín S. Briggs, acompañado por su esposa y su pequeña hija, Albert Richardson y Andrew Gilling como contramaestres y otros cinco marineros. El bergantin goleta es de registro estadounidense posee dos palos, 30 metros de eslora y 8 de manga esta en excelentes condiciones de navegabilidad, ha sido asegurado por la Atlantic Mutual Insurance Company y transporta una carga de 1700 barriles de alcohol. Una semana mas tarde parte tambien desde el mismo puerto la goleta de registro britanico “Dei Gratia” al mando de su patron el capitán David R. Morehouse, secundado por el contramaestre Oliver Deveau, con destino al Mediterraneo. Ambos capitanes se conocian tras años de recorrer los siete mares y ambos barcos cruzaran sus derroteros el 4 de diciembre en extrañas circunstancias a 600 millas de la costa portuguesa al norte de las Azores

Los sucesos a partir del 4 de diciembre
El “Dei Gratia”  llevaba unos 20 días de navegación cuando avistó aquel extraño bergantín y enmendó rumbo para ponerse al habla con él. En aquellos días de largas travesías por el océano, cualquier encuentro con otro barco constituía una ocasión de romper la monotonía y, Morehouse, se alegró muy especialmente al reconocer en él a la Celeste, el barco de su amigo Briggs. Pero esta alegría pronto se transformó en extraña sorpresa. En la caña de la Celeste no se veía a nadie; claramente podía apreciarse a medida que ambos barcos se aproximaban. Esto justificaba su navegación errante, al no haber nadie sobre cubierta para gobernar y mantener el barco sobre su rumbo. Quizá todo el mundo se encontraba bajo cubierta enfermo, empezando por su viejo amigo Briggs, entre ellos. ¿Estarían atacados por la peste?  Hizo repetidas señales, pero no recibió contestación, y por último hizo una señal de urgencia. Muy cerca ya, Morehouse utilizó su megáfono y gritó:
—¡Ah, del Celeste! –  La potente voz despertó diversos ecos sobre el mar, pero nadie contestó. Morehouse repitió una y otra vez sus gritos, sin obtener el menor resultado. Ordenó echar un bote al agua y que su contramaestre Oliver Deveau y dos hombres lo tripularan. Las palas de los remos chapotearon en el agua mientras Morehouse se apoyaba en la regala del Dei Gratia, y con una mirada de alarma y temor contemplaba al Mary Celeste que se movía a la ventura y borneaba a cada impulso del viento. De nuevo comprobó que el Celeste estaba portando de estribor (navegando al Oeste), en tanto que su foque estaba cazado en contra. Únicamente este foque y la trinquetilla estaban dados, el velacho bajo estaba cargado y el resto de las velas aferradas. Mientras el bote se acercaba al costado del Celeste seguía preguntándose qué podía ocurrirle al capitán Briggs para dejar la caña sin vigilancia y el barco navegando libremente sin nadie en cubierta. ¿Cuál sería la explicación? Pero no tardó en saberla. No había nadie a bordo; el Celeste estaba abandonado.

Deveau y sus hombres pasaron bajo la popa del bergantín goleta, bajo el escudo con el nombre pintado artísticamente (MaryCeleste~New York). Fueron palmeando por la borda hacia proa y saltaron a cubierta por los cadenotes, dejando a un hombre en el bote amarrado al costado. En cubierta no había nada, ni nadie, y abajo ocurría lo mismo. Deveau procedió a inspeccionar el barco.

La primera cosa que hizo fue examinar las bombas, que encontró en buen estado y señalaban una profundidad de un metro de agua en la bodega. La caseta de proa y la de la bodega estaban ambas abiertas (con la tapa de escotilla tirada en cubierta y vuelta hacia arriba cerca de la entrada a la bodega) y la bitácora estaba derribada y con su aguja rota. Había gran cantidad de agua entre cubiertas y la caseta de proa estaba llena de agua hasta la brazola. El chinchorro — el único bote que quedaba a bordo cuando el Celeste partió de Nueva York — había desaparecido de su emplazamiento sobre la escotilla principal y una sección del pasamanos de babor, que al parecer había sido quitada para arriar el bote, aún estaba tirada sobre cubierta. Los palos, al igual que los respetos, se encontraban en buen estado; el aparejo se hallaba en gran desorden y parte de la maniobra de babor había desaparecido.

Ocurría otra circunstancia anormal: seis portillos se abrían en la caseta de popa, dos en el camarote del capitán, el del contramaestre, el W.-C., uno en el pañol de víveres y otro mirando a la proa del barco, pero estaban todos tapados con lona y tablones.

El diario de navegación estaba sobre la mesa en el camarote del capitán, la pizarra de bitácora sobre la mesa del camarote.  Se había efectuado una entrada en el diario de navegación el 24 de noviembre y otra en la pizarra de bitácora el 25 de noviembre. Estas entradas indicaban que al mediodía del dia 24 de noviembre, diez días antes, la situación del Mary Celeste, obtenida por observación, había sido latitud 36°-56’17 N.; longitud, 27°-20′ W., unas ciento diez millas al Oeste de la isla de Santa María de la Azores. La entrada de la bitácora se refería a las ocho de la mañana del 25 de noviembre y registraba una marcación del punto oriental de Santa María, al S-SW,  a seis millas de distancia. Este era el último registro de cualquier tipo.

Había algo más:  unas pocas palabras escritas en la pizarra de bitácora sobre la mesa del camarote, al parecer con la letra de Albert G. Richardson, el contramaestre del capitán Briggs  “Francis (sic), mi muy querida esposa, Francis N. R.”   No existía ninguna documentación del barco a excepción del diario y de la pizarra de anotaciones del contramaestre. El sextante del capitán, el cronómetro y los libros de navegación habían desaparecido, no había ninguna corredera largada por popa o dispuesta para ser utilizada.

En la caseta de proa se veían las mismas muestras de abandono repentino e inexplicable. En la cocina el agua estaba más alta que en los alojamientos,  en los cigarrones había gran cantidad de agua (potable).  Esta primera inspección, aunque algo precipitada, convenció a Deveau de que además de no haber nadie a bordo del Mary Celeste, no existía ningún indicio que pudiera explicar el abandono del barco. Después de consultar con el capitán Morehouse a bordo del Dei Gratia, el contramaestre y dos hombres se comprometieron a poner en orden el aparejo del Celeste y conducir el barco a Gibraltar para ser tomado como salvamento. El capitán Morehouse de nuevo puso su barco al antiguo rumbo, y el primer capítulo del extraño caso del Mary Celeste quedó terminado. El Dei Gratia llegó a Gibraltar en la tarde del 12 de diciembre y el Celeste hizo lo mismo a la mañana siguiente.

Morehouse dio parte inmediatamente del salvamento a los armadores, y los aseguradores de Nueva York fueron notificados, tanto por Morehouse como por el cónsul americano Horatio J. Sprague, y mientras el capitán Winchester de Nueva York se preparaba para ir a Gibraltar, el tribunal del Almirantazgo en Gibraltar abrió un expediente y comenzó a tomar declaraciones.  El investigador principal era Mr. J. Solly Flood, que ostentaba el presuntuoso título de  “Abogado General de Su Majestad y Procurador de la Reina en su delegación del Almirantazgo y Apoderado General de Gibraltar”

Anomalias sin respuestas
Mas alla del inexplicable y repentino abandono de la nave algunas otras anomalias han contribuido a enrarecer cualquier explicacion razonable del suceso: las mas de 500 millas navegadas desde su ultima posicion registrada en un tiempo improbable para un barco sin tripulacion, deterioros recientes de mas de 2 metros en ambas amuras provocadas por un instrumento cortante, los portillos cerrados en la caseta de popa y las diferencias temporales entre los registros del diario de navegacion y los de la pizarra de cubierta.   Sin embargo la necesidad de encontrar alguna explicacion desvio la atencion hacia un posible motin, teoria que finalmente quedo sin sustento a partir de una antigua espada con la cruz de Saboya, recuerdo personal del capitan Briggs, hallada en el camarote con manchas rojizas en su acero, tal vez de oxido, la que motivó un analisis cientifico de las mismas para mas tarde comprobarse que no eran de sangre.

Solly Flood continuaba aferrado a su teoría de sangrientas violencias y terminó su informe (rendido al parecer antes de que el Dr. Patrón analizara las supuestas manchas de sangre) con el siguiente párrafo:  “Mi opinión personal es la de que la dotación se emborrachó, y los hombres bajo la influencia del alcohol asesinaron al capitán Briggs, a su esposa, su hija y al contramaestre. Que después estropearon las amuras del barco con objeto de dar la apariencia de haber encallado en una roca o haber sufrido colisión, y así inducir al capitán de cualquier barco que pudiera recogerlos si los veía a alguna distancia, que no merecía la pena salvar el barco, y que en cualquier fecha entre el 25 de noviembre y el 5 de diciembre, huyeron a bordo de algún barco que se dirigía a América del Norte, del Sur o a cualquier puerto de las Antillas“.

Nunca se supo nada de los que embarcaron en él en noviembre de 1872. El capitán Morehouse, que había mandado el Dei Gratia, murió en 1905. Hasta el fin creyó lo mismo que su hijo Harry y también el Dr. Cobb (sobrino de Briggs), que el Celeste fue abandonado en un momento de pánico incontrolado (probablemente debido al temor de una explosión de alcohol que se encontraba en la bodega) y que toda la gente se hundió en el chinchorro.

El caso del Mary Celeste, que ya en 1873 desconcertó a los investigadores (entonces inclinados a una explicación razonable), con el transcurso de los años se ha ido enmarañando hasta tal punto, que hoy en día se hace muy difícil distinguir entre lo que es real o pura fantasía.

Fuentehttp://www.paralibros.com   (Fragmentos de la siguiente fuente bibliografica). (1)
Libro: Naufragios, batallas y tragedias en la mar – Hanson W. Baldwin
(1959)