Miranda Otto encabezó el reparto de “La volpe a tre zampe”.

Últimamente, desde Italia sólo llegaban una serie de “bodrios” con formato de libro que, bajo el epígrafe de “nueva literatura” (?), eran en su gran mayoría copias –la mayor parte de las veces pésimamente escritas– de la estética y gramática cinematográfica de ese excelente guionista que es Quentin Tarantino. Por eso, y al margen de este “boom” (de un tiempo a esta parte todo parecen ser explosiones), me sorprendió gratamente la lectura de Un embrollo en la pantalla –traducción española del precioso título italiano L’imbroglio nel lenzuolo–, que pone además al lector en contacto con un autor, el napolitano Francesco Costa, escritor excelente y apasionado cinéfilo nacido en 1946, cuya obra, iniciada en 1993 con Orfani di una regina y que continuó con Il dovere dell’ospitalità, L’imbroglio nel lenzuolo, Se piango, picchiami, y La volpe a tre zampe –llevada al cine en el 2000 bajo la dirección de Sandro Dionisio e interpretada por la atractiva y gran actriz Miranda Otto–, permanece prácticamente inédita por estas tierras.

Un embrollo en la pantalla, que es –según creo– la única que hasta ahora se ha traducido al castellano, nos traslada a una Italia recientemente unificada, concretamente al Nápoles de 1905, justamente en el momento en que el cinematógrafo llega a los teatrillos de barrio para ofrecer un espectáculo que por entonces no pasaba de la categoría de curiosidad de barracón de feria (pero una curiosidad que atrae en masa al público).

Federico, un joven cineasta (en realidad, entonces un camarógrafo) agobiado por una madre desquiciada tras la muerte del marido y del descubrimiento de la existencia de una amante de éste, pero ilusionado por su nueva ocupación que le convierte “en alguien importante”, filma –sin que ella se de cuenta– a Marianna, una joven analfabeta recolectora y vendedora de hierbas, bañándose desnuda en el lago d’Averno. El resultado es La casta Susana, una peliculita de unos seis minutos de duración que teóricamente iconiza el célebre referente bíblico, “para satisfacción o escándalo de los espectadores”.

El relato se desarrolla a través de tres puntos de vista distintos –Federico, Marianna y Beatrice, escritora turinesa a la que inicialmente Federico ofreció el papel–, en una técnica de claros referentes cinematográficos (del cine posterior, claro, no del de la época pionera).

Costa conduce su relato “a tres voces” (pero en tercera persona) con fluidez y con verbo sencillo, pero también con un detallismo tan aplicado como imbuido de curiosidad, dignos ambos, precisamente, de un camarógrafo de comienzos del siglo XX.

Una lectura absolutamente recomendable para cinéfilos y amantes de la literatura, o viceversa.

Mr. Arriflex