He leído con auténtico deleite un extraordinario libro dedicado a uno de los artistas más extraños y conflictivos del siglo XX, ya de por sí tan repleto de artistas de máxima calidad e innovadores a ultranza. Se trata de Magritte. Signos e Imágenes. Efectivamente, René Magritte fue un artista desconcertante, no por las características formales de su obra –que se desarrolló en el seno de un hacer bastante convencional e incluso académico– sino por el “mensaje” implícito que contiene. De ello, este volumen de Harry Torczyner –que contó con la colaboración de Bella Besnard– es un ejemplo convincente.

Los Amantes, una de las obras más difundidas de Magritte

La definición clásica de surrealismo, propuesta por André Breton, como automatismo psíquico puro sin control ni censura de ninguna clase, ni ética, estética o moral, se puede aplicar a René Magritte en una versión que es diferente de entre la de otros surrealistas. Para René Magritte, el surrealismo más que un automatismo es más bien un control de imágenes, con el objetivo de alcanzar visiones sorpresivas. El surrealismo de Magritte estaría más cerca del chiste que del sueño, y estaría más atento a sorprender al observador de la obra que a la sorpresa que lo alcanzado pueda producir en su propio creador.

Magritte intenta contraponer, en sus obras, elementos que no mantienen entre sí relación alguna; o bien, si la mantienen, contraponiendo la relación continente-contenido, invirtiéndola, para que así aparezca la sorpresa. Y, es bien evidente, todo ello reúne más los mecanismos del chiste, todos ellos controlados, que los mecanismos del asociacionismo inconsciente, que es lo que pretendia liberar el automatismo surrealista.

René Magritte nació el 1898 en la región belga de Hainaud, zona habitada por gente dura de carácter, puesto que la vida allí es también muy dura. Su madre se suicidó cuando el muchacho contaba catorce años; es decir, en una edad de plena conciencia pero aún de incomprensión de los hechos. En 1916 estudia arte en la Academia de Bellas Artes de Bruselas. Las enseñanzas académicas allí recibidas las mantendrá toda la vida y su obra será fundamentalmente figurativa, en el sentido de un dibujo coloreado; sólo durante unos años, después de la Segunda Guerra Mundial, recurrirá a la técnica impresionista, pero siempre sin abandonar la figuración como corsé estructurante y organizativo de la pincelada.

Se ha dicho –y ello es en parte verdad– que, pictóricamente, sus cuadros son pobres. Pero hay que tomar en consideración que lo que más importa a Magritte no es el vehiculo, la pintura, sino lo representado y cómo está representado. Con tal de que la pintura cumpla su cometido de ofrecer las imágenes que a él le interesan, ya basta. René Margritte hubiera podido ser un escritor –en realidad le gustó también escribir y escribió mucho, si bien acerca de su arte y de las teorías sobre las que el mismo se sustenta–, al igual que fue pintor; lo que le interesaba era plasmar de una u otra manera sus ideas, su concepto chocante de la vida y del entorno del hombre.

Y esa es su obra: un perpetuo juego, del que ese libro es un testimonio constante de imágenes. “Mis cuadros, escribe, han sido concebidos para ser signos materiales de la libertad del pensamiento.” Asi, si pinta una sirena, no se someterá al cánon que establece que se trata de una hermosa muchacha con cola de pez, en lugar de sexo y piernas. La concebirá exactamente al contrario: unas piernas y un sexo que culminan con una cabeza de pez. Cuando pinta una pipa de fumar, escribe inmediatamente debajo, “esto no es una pipa”; razón: una pipa puede ser llenada de tabaco y encendida, pero con la pipa pintada no se puede hacer nada de eso. Un cuadro puede ser una ventana y, para ello, convierte el cuadro que está en el caballete de pintar en una ventana; pero una ventana puede ser un cuadro, lo que queda ejemplificado cuando un trozo de esa ventana cae, como podría caer un cuadro que se partiera. Siempre en la obra de Magritte hay ese elemento chocante, inesperado; ese retrato de la cosa retratada que se vuelve sobre sí misma. La obra tiene que ser enigmática, nunca debe entregarse; pero para que sea enigmática tiene que ofrecerse o representarse algo que no lo sea, porque entonces la cuestión se plantea ya en otro terreno: en descifrar la representación, en descifrar el signo. Si el signo es normal, es una palabra, por ejemplo, que todo el mundo entiende, el enigma aparece y se manifiesta cuando –a pesar de ello– no se entiende la palabra, no se entiende el signo. Una silla y una cola de león son muy normales; pero una silla con cola de león es algo que no se entiende, es enigmático. Ahi está, en gran parte, el juego plástico de René Magritte. Todo es normal, pero no tiene el sentido normal.

La razón de la sinrazón, no obstante, no se explica como en el chiste, en el cual la clave consiste en tomar la palabra en doble sentido. No; en la obra de Magritte no juega el doble sentido; se trata de los mismos signos pero en dos lenguajes diferentes, sin traducción interna posible.

Obra extraña y banal, al mismo tiempo, gusta y repugna, atrae y repele.

Se le acusó de repetitivo; pero es que resulta muy difícil estar constantemente innovando, constantemente encontrando nuevas representaciones de incongruencias congruentes. Por ello su obra denota una cierta fatiga creativa. Seguramente es a consecuencia de ello que Magritte escribía; en ese ámbito lo imaginado, por no tener que ser realizado plásticamente, puede ser mucho más fluido.

Magritte murió en Bruselas en 1968. Había viajado mucho y su vida fisica había sido muy sencilla. Lo complejo era su cerebro; en el fondo el de un moralista escéptico.

Y este libro de Torczyner que expone su vida y sus tesis ofrece al lector esa misma conclusión. Muy de nuestro tiempo.