En numerosos países del mundo –pero muy especialmente en Polonia– se están llevando a cabo diversos actos para conmemorar el bicentenario del nacimiento del genial compositor Frédéric Chopin, que vino al mundo el 22 de febrero de 1810 en la pequeña localidad de Zelazowa Wola (muy próxima a Varsovia) y falleció en 1849 en París, a la temprana edad de 39 años.

La Real Cartuja de Valldemossa

También en Mallorca, donde el compositor vivió junto a George Sand durante el invierno de 1838-1839, las autoridades locales no han escatimado esfuerzos para celebrar por todo lo alto “El Año  de Chopin” y han programado una serie de actos y eventos, especialmente musicales. Anualmente se celebra en esta maravillosa isla mediterránea el Festival de Chopin, que en esta ocasión difundirá la riqueza cultural del pueblo de Valldemossa y su famosa Real Cartuja. En ella vivió Chopin y su acompañante aquella época tan difícil y creativa para el genio polaco. Fue la escritora francesa quien organizó este viaje con sus dos hijos. Su intención era doble: por una parte que la salud de su hijo Maurice, de quince años, mejorase y, al mismo tiempo, poder aislarse de la vida social que llevaba en París y poder dedicarse a la escritura de su nueva novela “Spiridion”, que será editada en 1839. Al viaje se une Chopin.

George Sand escribirá “Un hivern a Majorque”, publicada en 1842, sobre esos tres meses que pasaron en la isla. Pero también en su autobiografía “Histoire de ma vie” (1855) se referirá a su estancia en Valldemossa:

“El pobre genio [se refiere a Chopin] era detestable como enfermo. Lo que yo había temido, aunque no demasiado, desdichadamente sucedió. Se desmoralizó del todo. Aunque era capaz de soportar el sufrimiento con bastante valor, no podía vencer los terrores de su imaginación, para él el claustro estaba poblado de fantasmas, hasta cuando se sentía bien. No decía nada, pero yo me daba cuenta. Cuando regresaba con mis hijos de mis exploraciones nocturnas por las ruinas, lo encontraba a las diez de la noche delante de su piano, pálido, con los ojos extraviados y los cabellos revueltos. Necesitaba unos minutos para reconocernos.

Enseguida hacía un esfuerzo para sonreír, y nos hacía escuchar las cosas sublimes que había compuesto, o, mejor dicho, las ideas terribles o desgarrantes que se habían apoderado de él, a pesar suyo, en esa hora de soledad, de tristeza y de terror.

Allí compuso las más hermosas de esas piezas breves que él humildemente llamaba preludios. Son obras maestras. Algunos representaban la visión de monjes difuntos y la audición de cantos fúnebres que lo perseguían; otros son melancólicos y suaves; le brotaban en las horas de sol y de salud, por el rumor de las risas de los niños en la ventana, por el lejano rasgueo de las guitarras, por el canto de los pájaros bajo el follaje, o a la vista de las pequeñas rosas desvanecidas en la nieve.

Algunos otros, además, son de una tristeza lúgubre, y al tiempo que complacen al oído, destrozan el corazón. Hay uno que compuso en una velada de lluvia melancólica, y que echa sobre el alma un pesar temeroso. Sin embargo ese día Maurice y yo lo habíamos dejado muy bien, y nos fuimos a Palma a comprar algunas cosas que hacían falta en nuestro campamento. Vino la lluvia, los torrentes se desbordaron; hicimos tres leguas en seis horas para volver en medio de la inundación y llegamos en plena noche, descalzos, habiendo corrido peligros inenarrables. Nos dimos prisa, pensando en la intranquilidad de nuestro enfermo. Estaba en pie, pero se había limitado a una especie de desesperación apagada, y cuando llegamos tocaba su maravilloso preludio llorando. Cuando nos vio entrar se levantó con un gran grito, y después nos dijo con aspecto conturbado y en un tono extraño:

-¡Ah! ¡Yo sabía que habían muerto!

Cuando se recobró y vio en qué estado estábamos, se sintió enfermo por la visión retrospectiva de nuestros peligros; enseguida me confesó que mientras no estábamos había visto todo como en sueños, y que sin distinguir ya el sueño de la realidad, se había calmado y como adormecido tocando el piano, convencido de que él también estaba muerto. Se veía flotando en un lago; unas gotas de agua pesadas y frías caían lentamente sobre su pecho, y cuando yo le hice oír el ruido de las gotas que, en efecto caían lentamente sobre el tejado, negó haberlas oído. Se enojó por lo que yo llamaba armonía de imitación, protestó con vehemencia, y tenía razón, contra la inutilidad de esas imitaciones para el oído. Su genio se nutría de misteriosas armonías de la naturaleza, volcadas en sublimes equivalente a por su pensamiento musical, y no por una copia servil de los sonidos exteriores. Su composición de esa noche estaba humedecida por las gotas de lluvia que resonaban sobre las tejas sonoras de la cartuja, pero que en su imaginación se habían convertido en lágrimas que caían del cielo sobre su corazón.

Chopin Prelude No.15, Db Major “Raindrop”–Alfredo Perl

Algunas veces había tenido ideas graciosas y más vitales, en su país. Compuso polonesas y romances inéditos de una gracia encantadora y una dulzura increíble. Algunas de sus composiciones posteriores son como lagos de cristal en los que se mira un rayo de sol. ¡Pero qué raros y breves son esos tranquilos éxtasis de su meditación! El canto de la alondra en el cielo y el grácil deslizamiento del cisne sobre las aguas inmóviles son para él como chispazos de la belleza en la serenidad. El grito del águila impotente y hambrienta sobre las rocas de Mallorca, el silbido áspero del cierzo y la sombría desolación de los árboles cubiertos de nieve lo entristecían por mucho más tiempo y más agudamente de lo que lo alegraban el perfume de los naranjos, la gracia de los racimos y la cantilena morisca de los campesinos.”

George Sand: Historia de mi vida (págs. 422 – 425)