Cuando el poeta habla de sí mismo no sólo realiza un acto de amor sino también de poesía, aunque bajo una ineludible condición: que al hablar se crea ciegamente en lo que se dice. Es amor o poesía, pues, únicamente en la medida en que lo dicho se suscriba como una rotunda certeza.

Quisiera poner como ejemplo Je vivrai l’amour des autres (Yo viviré el amor de los otros), la excelente obra de Jean Cayrol que todavía no ha sido traducida al castellano. Toda la primera parte del poemario está marcada por un tema que, por lo recurrente, corre el riesgo de caer en lo obsesivo pero que, gracias precisamente a su reiterada invocación, subraya y da una clara modulación al motivo central: el recuerdo. El constante asedio de los “fantasmas” (léase deseos, temores, sueños anclados a esa memoria del dolor que brinda la ausencia) crea una larga y abierta conversaciónn consigo mismo, un monólogo que a medida que avanza salta destrozado por la súbita y bien calculada irrupción del pronombre ella, con lo cual, al tenor de la adición lírica, cambia el tempo del poema. ¿Qué hacer con todos esos recuerdos –fantasmas, insiste Cayrol– que asedian al solitario?

La presencia de todos los rostros con que la nostalgia disimula su irrupción hace que uno –el evocador– se vuelva sobre sí mismo, que se interrogue aunque sólo sea para comprobar el vano gusto de la archisabida respuesta. Todos esos fantasmas cambian a menudo de forma (su identidad quedó marcada para siempre por el pasado) y devienen indistintamente presagios, dudas, sueños con aroma de flores, con lo cual queda claro que el asedio no siempre es letal e inquietante. 

El autor francés Jean Cayrol

Cuando el pronombre ella irrumpe sugerentemente en el poema toda la causa que anima al monólogo cede parte de su espacio a esa presencia que, merced a la evocación casi sacramental, adviene creando una creciente promiscuidad de cuerpos, dudas, temores y pérdidas. Simultáneamente a la recreación de los gestos afectivos, en muchos de los textos de esta primera parte se filtra un acento marcadamente existencial: el poeta se interroga sobre su íntima condición, sobre su identidad, sobre su fortaleza y la respuesta revela como verdad única los recuerdos y lo que ellos suponen: el ser sólo tiene sentido cuando se lo retrotrae al pasado y es por eso que la nostalgia tortura con más violencia que la más compulsiva de las expectativas.

Jean Cayrol, probablemente sin advertirlo, parece ilustrar con su poesía uno de los tonos más líricos de la prosa de Proust, sobre todo aquél en virtud del cual Swan subraya el sentido vinculante de toda ausencia: “Es en el compañero perdido donde encuentro la plenitud, bien sea porque la fe creadora se ha agotado en mí, bien sea porque la realidad no se forma más que en la memoria.” Si el ser se descubre por la ausencia se afirma también por la presencia en la memoria del cuerpo: ausencia sobre presencia, tal es la dialéctica del autor.

Recuerdo luego existo, parece ser la justificación cartesiana del amante que, en su retiro, se pone a evocar aventuras de solitario, costumbres, vicios, hábitos de hombre abandonado: ligado a una ausencia irremediable, sólo le queda lo que el poeta magníficamente denomina “dolor de porvenir”. Lo que Aristófanes comentaba a sus beodos contertulios en el Symposio platónico viene a ilustrar aquí –a ratificar, más bien– la difícil carrera hacia atrás, en el tiempo y en la nostalgia, del amante que se sabe herido por la ausencia de su complementario. En el extenso poema Voyage mélancolie los amantes huyen de la muerte, se guarecen contra lo que no perdura, perseveran en la unión intemporal: al asedio de la muerte el poeta opone el recurso del renacer en el amor abriéndose cada vez más hacia un recóndito espacio interior, hacia la médula de la afectividad, hacia la noche de la especie y el verbo, en la que ha terminado por replegarse el hombre que, tras revivir los fastos idos, pasa a ser él mismo el súbdito más fiel de su memoria.

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