Hace 130 años que perdimos a Flaubert, pero ¡qué importan las fechas al fin y al cabo! Sí, sin duda alguna colocando al escritor en su contexto, buscando la exacta casilla en la que su nombre encuentra lugar, determinando su posición en la historia de la literatura universal, su figura adquiere volumen y sentido (sobre todo sentido): sus obras son entonces el eslabón que nos permite llegar a Zola y al nouveau roman, el precioso objeto de críticos, historiadores y exegetas; sepultureros al fin.

Pero esta noche –una noche cualquiera– con Madame Bovary o L’éducation sentimentale en las manos, se convierte en el lento, monótono resbalar de las palabras yertas, de las palabras frías, de las palabras muertas. Esta noche, leer a Flaubert puede ser –es– la renovada constatación de que hubo una elección previa, ya muy atrás, que condiciona mi aproximación a los frutos del verbo y me empuja por unos caminos de dolor y de gozo que él rechazó, que él no quiso recorrer pese a haberlos conocido, demasiado humano quizás como para atreverse a emprender el sueño.

Porque, pese a los historiadores y a las fechas, la verdad es que Gustave Flaubert fue procesado dos veces a causa de su obra y que, en realidad (en mi subjetiva, rotunda e inapelable realidad) sólo el primero de esos juicios tuvo verdadera importancia: Flaubert fue condenado a muerte por suicidio y aceptó la sentencia, una sentencia que sólo podía ejecutarse con su entera aprobación.

¿Cómo averiguar qué hubiera sido de su obra si aquella tentación de San Antonio no hubiese merecido de sus jueces pena tan grave? Lo cierto es que cuando Madame Bovary ocupó el banquillo de los acusados lo hizo por un evidente error de apreciación –un error rápidamente subsanado– y con la absolución en el bolsillo. No había, claro está, materia punible, los jueces supieron verlo, pues cualquier veleidad criminal había quedado atrás, muy atrás ya, en la velada que decidió el nacimiento de la Bovary, para curar a su autor del escozor sacrílego de la palabra.

Baudelaire fue condenado donde Flaubert fue absuelto y ello es claro testimonio de la lucidez de la república cuando se trata de desenmascarar a sus enemigos.

Baudelaire fue condenado precisamente porque su opción inicial se había producido a favor de la palabra viva, de la sugerencia, del estremecimiento; Flaubert fue absuelto porque sus libros eran –son – un cementerio. Nada.

Leer a Flaubert esta noche –una noche cualquiera– puede ser, en efecto, la constatación de que existe en el pasado una opción previa.

Mc Q