El 3 de junio de 1924 moría cerca de Klosterneuburg, Austria, Franz Kafka. Hoy, al recordarlo, comprobamos que el mérito de Kafka –a quien el autor catalán Eduardo Mendoza califica de “mal escritor” — va más allá de la mera transmisión de obsesiones. Su obra intenta, anticipando el peligro de las demandas extremas de una época, señalar brechas que vindiquen la autenticidad individual dentro de ese consenso siempre ambiguo de justicia social. El malestar que la obra genera alude a la necesidad de cambio aunque éste por ningún lado se vislumbre. Sus textos no ofrecen soluciones prácticas precisamente por aludir a la urgencia de esta necesidad.

La complejidad del problema es magnificada a través del dilema que El Castillo presenta: revolucionar un sistema en el que impotencia y poder se complementan casi a propósito, constituye de por sí una imposibilidad lógica. Este problema –observa W. G.  Sebald–, que ha tenido desde Kleist y Büchner un sitial de honor en los trabajos más radicales de la literatura alemana, fue repetidamente tratado por Kafka; y quizá de manera más perceptiva, en la parábola de las viejas y oxidadas pistolas de juguete que nadie está dispuesto a tomar.

El escritor austriaco Thomas Bernhard, decía: “Cuando se abre uno de mis libros, ocurre lo siguiente: hay que imaginar que se está en el teatro.” Se podría decir lo mismo en cualquier libro, de cualquier autor. Toda novela pone en escena un tipo de teatro. Kafka, sin embargo, hace de este elemento de la representación literaria  una evidencia convincente para el lector. Se trata siempre de una representación de la representación.

La manera en que Kafka trata de representar el dilema parece implicar que una revolución es sin embargo necesaria y más imperativa mientras más imposible sea traducir su idea en práctica. Punto medio entre realidad social y utopía, la invariable, ahistórica y mística secuela de impotencia y poder requerirá necesariamente una solución dialéctica especial generada a partir y dentro de los parámetros de los enunciados kafkianos, única manera de resolver y superar esta situación sin salida aparente. Kafka postula la existencia de una esperanza aunque sea como posibilidad ajena al individuo. Ello explica en parte sus esfuerzos cabalísticos y mesiánicos, en los que la vida podría desdecirse emergiendo como hermoso deseo extraído del dolor del vacío. Gajes de oficio, especulaciones y búsquedas. Frente a una exposición de Picasso, Kafka le comentó a Gustav Janouch que el arte era un espejo que, al igual que algunos relojes, iba adelantado. Mientras tanto, anticipadora del presente, la obra de Kafka está destinada a perpetuar en cada uno de sus lectores sus lecciones prácticas.

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