¿Se puede escuchar un cuadro..? Compositores y pintores se plantean a menudo esta pregunta y conciben ideas de su mutua aproximación, prestando y tomando prestados procedimientos y conceptos. Recientemente, la dramaturga Victoria Szpunberg llevó a cabo una interesante intervención sonora basándose en la obra de Picasso Ciencia y Caridad (1897).  Una propuesta arriesgada, experimental, punto de partida para una posible investigación sobre el “sonido de la pintura” a través de un juego sutil, donde las voces fluctúan acompañadas de música clásica.

Cuadro del pintor granadino López Mezquita (1883-1954)

Muchos han sido los buenos pintores intérpretes de música y viceversa, así que la influencia recíproca ha sido continua. Un primer ejemplo puede ser la técnica impresionista de las “notas punteadas” de Claude Debussy y su supresión del principio del desarrollo musical en el tiempo a favor de yuxtaponer campos de contrastes tonales que parecen desprendidos del flujo temporal. O, más tarde, Igor Stravinsky, que elimina toda vaguedad y subjetiva evocación de sus composiciones para establecer una especie de “cubismo musical” a través de ásperas y discordantes estructuras de sonido.

Pero fue en el nacimiento de la abstracción pictórica pura, en los años anteriores y posteriores a la I Guerra Mundial, en el que la metáfora o modelo musical jugó un papel decisivo. En busca de un idioma visual adecuado al nuevo mundo, los artistas plásticos se vuelven a la música por diversas razones. Primeramente por su independencia de las trabas físicas y materiales y su máximo grado de abstracción.

"En la orquesta", Edgar Degas

La creación de lenguajes artísticos diferenciados en los procedimientos estéticos es propia de los diversos ismos a los que ha dado pie la dinámica de la vanguardia. En esa aventura plagada de cambios revolucionarios muchos pintores se vuelven a la música como modelo de creación, intrigados por su incorporeidad, su soberana independencia de lo visible y lo tangible y su no “necesidad” de imitación de lo naturaleza exterior para desarrollarse en su plena autonomía.

Parece un verdadero dilema semántico comparar algo visible con algo invisible, un arte que existe en el espacio con un arte que existe en el tiempo, pero lo cierto es que las artes, aun manteniendo sus límites, parecen necesitar contaminarse unas de otras. En el ambiente simbolista de fines del siglo XIX, Baudelaire formulaba precisamente su teoría de las correspondencias. Escribiendo en la Revue Européene en 1861, el poeta manifestaba que “sería verdaderamente sorprendente si un tono musical no generara un color, si los colores no evocaran un motivo melódico y si tonos y notas no se dispusieran para transmitir un pensamiento…”

A través de la música se manifiesta el espíritu sin mediaciones, es también metáfora de la creación pura; pero además la música tiene una organización muy pautado en elementos fácilmente identificables y manejables. Artistas como Kandinski, Mondrian o Malevich tratan de establecer los elementos conceptuales básicos de la acción pictórica: el punto, el plano, la línea, la organización empática de los colores en la superficie del cuadro. La armonía plástica imita la armonía musical.

En los numerosos programas y manifiestos de las vanguardias aparecen conceptos temporales como ritmo, dinamismo, velocidad o simultaneidad, o específicamente musicales como cadencia, disonancia, sinfonía, etc., que prueban la existencia de un estrecho vínculo entre las tendencias temporales en el arte y la recepción del fenómeno musical.

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