“Tabu”, o bien “Tapu” de los polinesios, significa lo sagrado, lo que no se puede tocar. Desde el punto de vista de la antropología, un tabú se define como una poderosa norma que prohibe y cuya transgresión ocasiona profundas y generales reacciones de repulsa –si no de horror– en la comunidad.  Significa, asimismo, una terrible ofensa al hombre y en muchos casos a los entes divinos.

"El pecado original", fresco de Michelangelo Buonarroti en la Capilla Sixtina

En todas las sociedades encontramos prohibiciones que se imponen al comportamiento humano. Los hábitos alimentarios son objeto frecuente de tabú en muchas culturas; por todos es sabido que tanto musulmanes como judíos tienen vedado el consumo de carne de cerdo. Si examinamos las costumbres de ciertos grupos étnicos amazónicos, nos encontraremos con multitud de normas de prohibición de alimentos que pueden resultarnos, cuando menos, curiosas. Así, entre los “Shuar”, más conocidos en España como “Jíbaros”, reductores de cabezas, está vedado el consumo de carne de ciertas especies animales como el venado, puesto que es la encarnación de un espíritu maléfico. Otros animales son considerados tabú solamente durante una etapa de la vida y bajo ciertas circunstancias; por ejemplo, las madres shuar deben evitar comer ciertos alimentos porque podrían perjudicar seriamente la salud de sus hijos lactantes o de corta edad, de tal manera que si consumiesen el pez “namaku”, sus hijos podrían contraer anemia y raquitismo.

No solo los alimentos, sino amplias parcelas del comportamiento humano y también períodos concretos de la vida, pueden ser objeto de tabú. Con respecto a este último punto, la pubertad femenina debe considerarse como una etapa crítica sobre la que muchas sociedades levantan tabúes: la asociación mujer en período de menstruación=impureza, está presente en gran número de culturas, incluso nuestra tradición judeo-cristiana afirma tajantemente este hecho. Entre algunas tribus, como los indios acarreadores de la Columbia Británica, las primeras menstruaciones imponen a la joven la obligación de apartarse del grupo, durante años incluso, y además, debe informar de su presencia a gritos, siendo su poder contaminante tal, que el mero contacto y aún su mirada puede infectar personas, ríos y sendas. Sin embargo, no todas las sociedades se comportan de tal modo; así, tenemos que los apaches no solamente no consideran tabú a la joven durante este período, sino que se la constituía en objeto de veneración y fuente de bendiciones para el grupo.

Se podrían apuntar una larga relación de prohibiciones instituidas por el hombre y constataríamos qué distintas y qué contradictorias son unas de otras. Pero, centrándonos ahora en la conducta sexual humana, nos encontramos con un hecho general y es que en cualquier cultura hay normas que impiden la relación sexual con determinadas personas y, sobre todo, con determinados parientes; es decir, hay tabú de incesto, pero aún subsisten las diferencias entre una sociedad y otra en cuanto al grado de parentesco al que afecta la prohibición.

¿Por qué tal prohibición? ¿Por qué el horror a la transgresión? ¿Por qué la repulsa universal? Algunas de las respuestas que se han alcanzado hasta el momento se podrían resumir así: el tabú del incesto distingue lo animal de lo humano, introduce la diferencia entre personas prohibidas-accesibles, instituye un orden inicial sobre el que se construyen las relaciones sociales, obliga al hombre a trascender su propio grupo, a relacionarse con otros distintos de sus consanguíneos; es decir, le obliga a la exogamia, a “buscar mujer fuera”, en definitiva, a establecer alianzas con otros grupos que podrían ser sus virtuales enemigos. Desde el punto de vista de la psicología individual, hay quien explica que es preciso romper el deseo de permanecer atado pasivamente a la madre para lograr progresos en la construcción de la propia identidad y de la propia individualidad. Aparte, están las interpretaciones del tabú desde la biología en el sentido de que es perjudicial para la especie mezclar material genético entre parientes cercanos.

Se podría objetar a todo lo anterior que los faraones del antiguo Egipto y los Incas del Perú mantenían relaciones incestuosas, pero la objeción podría servir para apuntalar lo antes dicho, ya que solamente las clases sociales gobernantes podían hacerlo; clases gobernantes que se conceptuaban como divinas, reyes-dioses, entes no humanos, encarnaciones divinas que se mantenían fuera de la sociedad de los hombres y la dominaban, pero que no se sometían ni a sus prescripciones ni a sus leyes. Lo que no se permite al hombre común es lícito para la encarnación del dios.

El desdichado, el ignorante Edipo se casó con su madre Yocasta y mató a su padre Layo. Cometió los dos grandes crímenes. No es de extrañar, pues, que se sacase los ojos, no sólo para no ver sus horribles acciones, sino, quizá, para rehuir la mirada acusatoria de toda la humanidad.