Fotografía de Xose / enfocado.com

Tomar dos litros de agua de Vichy. Entrar en la ciudad. Leer a Paul Verlaine en voz alta y a horcajadas en las faldas de la colina del Sacré-Coeur, Montmartre. No orinar durante la lectura.

Sin París los seres humanos no conocerían el pecado, y todos necesitamos ese coitus interruptus de vez en cuando. Pero la ciudad se esconde, evita su presencia ante nosotros. A veces gira en torno a uno que otro pazguato con cara de ángel consternado, tomando la forma de aquel espacio en silencio, en medio de los intervalos de un ritmo musical, o tomando la forma de aquel suspiro ahogado entre cada sorbo que le damos al vaso con agua, o tomando la forma de alguna semilla a medio germinar, o formando el cuerpo abstracto que se obtiene del trozo desprendido de una figura de porcelana de Sèvres que cayó –fatal, bella, sumisa caída– de un anaquel. Es el lapso de tiempo entre la caída de la figura y el impacto en el suelo. El caos parisino es efímero y adorable.

Si llueve, intente cobijarse del diluvio bajo el toldo del Café de Marais y disfrute –durante un tiempo que no pueda considerarse como largo o corto– de la iluminación fascinante que irradia ese rincón único y especial. A tan sólo unos metros de distancia el caudal del Sena podría desbordarse, pero no se preocupe… siga observando las luces intermitentes reflejadas por el suelo mojado. Le aconsejamos, asimismo, que preste atención al eco destemplado de las voces y los ruidos que se escuchan en las calles de la capital francesa: componen una interesante melodía bailable que puede competir con la cálida voz de Juliette Greco, reproducida una y otra vez en el viejo aparato de radio que suena lejano en el interior del Café.

Y ahora, háganos caso: váyase al hotel y procure descansar durante unas horas. Más tarde podrá acompañarnos a recorrer ese París secreto que tenemos preparado para usted.

Totó Reboud