Leonardo Favio en la Casa Rosada. Buenos Aires, 2005

Durante la vigésima segunda edición del London Latin American Film Festival, celebrado el pasado mes de noviembre en la capital inglesa, tuve ocasión de asistir a un ciclo titulado “Cine Argentino y Peronismo”. Eva Tarr-Kirkhope, la brillante directora del Festival, fue la encargada de organizar esta interesante muestra que se exhibió en el acogedor Shortwave Cinema de Bermondsey Square. Varios films de culto de realizadores argentinos como Fernando Solanas, Leopoldo Torre Nilsson, Gerardo Vallejo, Rodolfo Khun, Octavio Getino y Leonardo Favio despertaron mi atención, pero en este artículo únicamente hablaré de El dependiente, la tercera película dirigida por Favio a lo largo de su excepcional carrera artística.

La película, rodada en 1969 y vista más de cuatro décadas después de su realización, representa un notable esfuerzo para construir un arte cinematográfico autónomo, personal y expresivo, ligado fuertemente a las circunstancias personales y sociales en que fue realizado, más atento al rigor y la lucidez necesarios que a los pinitos intelectualistas de siempre.

Leonardo Favio fue conocido en Latinoamérica y España, principalmente, como cantante y uno de los precursores de la balada romántica en las décadas de 1960 y 1970. Entre sus temas más populares se encuentran “Fuiste mía un verano”, “Era… cómo podría explicar”, “O quizás simplemente le regale una rosa” y “Ella ya me olvidó”.

Este argentino universal de origen libanés (su verdadero nombre es Fuad Jorge Jury), siempre se mostró a caballo entre un deseo de autenticidad popular y la exploración estética y sociológica de la misma. A mediados de 1969 apareció en un diario español un reportaje sobre Favio, en las páginas musicales, que, con su melodramatismo ya un tanto decantado, ilustra perfectamente la figura del autor. Con el título de “El arte salvó a Leonardo Favio de ser un delincuente”, el reportaje hacía hincapié en la rebeldía –confundida mejor con la travesura– de Favio, sus visitas a comisarias, su estancia en reformatorios y los grandes desvelos de su madre… Y al fin, su rehabilitación. Este muestrario de recursos sentimentales no deja, sin embargo, de darnos –aunque de forma velada– una de las raíces fundamentales de El dependiente.

Autor de radio-novelas, actor, conocedor directo de las formas que realmente emocionaban a su público, Leonardo Favio acudió a ellas, no de forma artificiosa, sino como componentes básicos de su propia cultura. El dependiente parte, ante todo, de una deformación populista; no arranca de la realidad directamente, sino a través de unas formas expresivas, cuyo mejor exponente sería el melodrama un tanto lacrimoso. Esta asunción por parte del realizador de unas formulas generalmente despreciadas es la que le da su fuerza. El dependiente no pretende ser cine realista, y tampoco cine intelectual, en el sentido de que se trate de un film que arranca de una idea. La película de Favio nació ante todo de la necesidad del autor de exponer una vivencia antes que una idea; no parte de una abstracción, sino que surge espontáneamente, por sí misma. No creo que Favio haya pretendido mesiánicamente salvar al cine argentino de la época, sino simplemente hacer el cine que a él le gustaba y que le permitía comunicarse, relacionarse directamente con el espectador.

Quizás por ello mismo, el cine de Favio no movió en aquél entonces grandes pasiones entre los críticos especializados, y estuvo ausente, casi siempre, de los festivales. Si Torre Nilsson aparecía como redentor definitivo del cine argentino, intentando desesperadamente asirse a unas coartadas intelectuales “de fuera”, que le permitieran salir al exterior, Favio resultó mucho más modesto, y también mas consciente de sus propias fuerzas. Y por ello mismo, El dependiente exhibe una frescura que hace presagiar, sin peligro de desdoro para nuestras facultades adivinatorias, una futura permanencia, basada precisamente en el rigor consigo mismo del autor, en su negativa a fundarse en otros códigos que el de su propia personalidad.

He hecho hincapié en la raiz populista de El dependiente, en su directo entronque con el melodrama popular, un tanto esperpentizado y presente en otras obras del cine argentino, especialmente del mencionado Torre Nilsson, en films como “La casa del angel” y “La caída”, en los cuales, sin embargo, esta factura melodramática aparecía más como resultado de una exageración que pretendía emular a Buñuel o Welles, que como punta de partida consciente del realizador. En El dependiente no se trata de partir de una formula planteada en términos intelectuales y literarios, sino como forma de abordar una situación, de darle a la misma su propia tonalidad, al efectuarse en la película una critica a esta misma formula, al utilizarla desde fuera, sin dejarse arrastrar por ella, sino manteniendo un rigor que contribuya a evitar una caída en el vacío. Podríamos decir que en El dependiente se utiliza la deformación como fórmula distanciadora, como barrera que el realizador pone entre la película –el mismo– y el espectador.

Lo más fácil hubiera sido precisamente efectuar una doble distorsión: argumental y mecánica –formalista–. Los personajes (pocos) de Favio no son reales, sino que están basados en una deformación de su misma realidad, en una exageración de sus rasgos más característicos, sin que par ello mismo se caiga en el sainete, gracias a la construcción del film. Porque Favio opone a esta exageración de los personajes una serenidad de realización pocas veces abandonada. Frente a las escasas escenas en que Favio se deja llevar por el barroquismo esperpéntico –secuencia primera de la comida, primeros planos del viejo comiendo groseramente, algún plano torcido, –, en la mayoría de ocasiones prefiere la simple contemplación “objetiva” de esta exageración, que se da dentro del plano, sin que Favio recargue las tintas formalmente. El realizador, al respetar la misma absurdidad de las situaciones, su aspecto de caso límite, planificando en largos planos, colocando la cámara lejos de los personajes, distanciándonos de ellos, nos permite contemplarla en su más acabada monstruosidad, al no relacionarnos con ella de forma emotiva, sino fríamente, sin pasión.

El dependiente, pues, se presenta, en una doble óptica, como film esperpéntico y sobrio –dos condiciones pocas veces emparejadas–, al crear una situación tensa y, al mismo tiempo, mantenerse ajeno a ella, dejarla ver por sí misma, sin acentuarla grotescamente. Por lo mismo, tras la muerte del viejo, Favio nos dará el final inmediatamente, con una amplia elipsis, limitándose a repetir una situación vista anteriormente, aunque ahora con un personaje que lo ha cambiado todo, dejándolo igual que antes. Final que, al ser previsible, podía hundir la película, salvándola Favio con esta audaz elipsis que, en lugar de mostrarnos minuciosamente la mutación ocurrida, nos la afirma mediante una simple sugerencia: la señora Plassini repite los gestos del viejo y su marido vuelve a echar sal en la cacerola: sal convertida en polvo matarratas, asesinato y suicidio que no vemos. La cámara sube par la trampa del sótano, sale a la calle y se aleja de la casa en un larguísimo “travelling”, que sitúa definitivamente a los personajes y les da su más completa representatividad.

La importancia de un film como El dependiente es –junto a otras obras suyas como Crónica de un niño solo y El romance del Aniceto y la Francisca– indiscutible. Favio, un realizador que quiere a sus personajes, que siente compasión por ellos, pero los conoce de cerca, más atento a reflejar su propio mundo que a concurrir a las festivales es, sin duda, uno de los autores más interesantes del cine latinoamericano, un hombre que siempre miró a su pueblo, que asumió conscientemente las propias fórmulas expresivas de este pueblo, que hace de su cine un espejo deformante de una realidad deformada. El dependiente, viene a confirmarnos (pese a algunos altibajos y a pesar del tiempo transcurrido), la necesidad de la autenticidad y la sinceridad como primera premisa para un cine verdaderamente libre. No sé si Favio ha realizado posteriormente a Aniceto (2008) más películas, pero sí que estas películas nos serían necesarias de forma absoluta. Al fin y al cabo, El dependiente es, con mucho, una de las mejores películas latinoamericanas –excepción hecha con tres de la etapa mexicana de Buñuel– que he visto.

Mr. Arriflex

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