Mil años antes de que empezaran a escribirse la Biblia y la Ilíada fue redactado el más antiguo poema épico de la humanidad, que rezuma una impresionante sabiduría. Permaneció sepultado durante milenios en el norte de Irak, cerca de Mosul, donde había existido la borrada ciudad de Nínive, capital de Asiria. Acaba de aparecer una nueva versión en inglés de ese largo poema, que aprovecha y supera todas las anteriores, con reflexiones de agudeza conmovedora. El trabajo lleva la firma del poeta, traductor e investigador Stepen Mitchell, que ha recibido la bendición del severo crítico Harold Bloom.

Se trata del fabuloso Gilgamesh, padre de todos los héroes, anterior a Hammurabi y su trascendental código. Se calcula que vivió hace 4750 años y que su vida se transmitió de boca en boca hasta que unos sacerdotes la escribieron en tabletas de arcilla centurias después. Como toda gran obra literaria, navega triunfal por los tiempos y nos cuenta asuntos que conciernen a nuestra realidad contemporánea. Se refiere al poder y el miedo, el abuso y la clemencia, la amistad y el amor, el deseo de inmortalidad y la conciencia de la muerte, el dolor de la violencia y los beneficios de la concordia. Gilgamesh es héroe y antihéroe, semidivino y humano; a lo largo de sus vicisitudes, conoce el vértigo de la arrogancia y la nobleza de la resignación.

Un viajero inglés de nombre Austen Henry Layard, cruzaba los ríos Eufrates y Tigris rumbo a Ceilán cuando escuchó que bajo ciertas colinas yacían escombros de palacios antiguos. Decidió investigar y en 1844 inició las excavaciones que devolvieron a la luz porciones de la olvidada Nínive. Con creciente perplejidad abrió fastuosos corredores y salas de los palacios cuyas paredes brillaban con los colores de leones alados, demonios y deidades azules, combates multitudinarios, cacerías y doradas ceremonias reales. Su asombro no tuvo límites al descubrir bibliotecas atiborradas de plaquetas de arcilla con una escritura desconocida, porque las letras eran cuñas excavadas en diferentes direcciones. Reunió más de 25.000 tabletas y las mandó al Museo Británico. Doce años más tarde logró descifrarse la escritura cuneiforme y se supo que los textos pertenecían al idioma acadio, antiguo pariente del hebreo y el árabe. Hacia fines del siglo, un joven y fanático curador llamado George Smith leyó en una de las tabletas el relato de un diluvio que confirmaba la versión bíblica de Noé. Escribió: “Mi ojo captó que el barco quedó fijado en la montaña de Nizir y que se mandó una paloma para saber si ya tenía donde posarse; ¡descubrí la versión caldea del Diluvio!“. Para la sociedad victoriana, era una noticia sensacional que demostraba la verdad histórica de la Biblia. Smith gritó que era el primer hombre en leer semejante texto después de más de dos mil años de olvido; saltaba y corría en torno a la mesa donde había ordenado las maravillosas tabletas y en su excitación empezó a quitarse la ropa. Dice Mitchell que no se sabe si sólo se quitó la capa y el chaleco o si se desnudó por completo, como Enkidu, el amigo fraternal de Gilgamesh, frente a los azorados académicos arropados en sus elegantes trajes negros.

Rainer María Rilke quedó atónito al leer algunos versos del poema. “Es estupendo; es una de las mejores experiencias que pueden ocurrirle a una persona”.

Las leyendas sobre el antiquísimo Gilgamesh empezaron a circular después de su muerte. Pero los primeros textos escritos se remontan al año 2100 a.C., en poemas referidos a temas diferentes. Después se reunieron varios relatos y recién en 1700 a.C., es decir, mil años posteriores a la desaparición del héroe, un sacerdote llamado Sin-leki-unini, concentró los materiales existentes y redactó en idioma acadio la versión que ha servido a todas las traducciones posteriores. Ese autor merece ser reconocido como el más culto, sabio e inteligente que engendró la neblinosa alborada de la humanidad.

Se afirma que es la primera novela, con suficiente extensión y acertadas revelaciones sobre la complejidad humana. Crece del estado de ignorancia al de la experiencia, con descripciones trepidantes de efecto. Gilgamesh es el rey de la fortificada y maravillosa ciudad de Uruk -con cuya brillante descripción empieza y termina el poema-, pero es un tirano que maltrata al pueblo con su fuerza descomunal, dos tercios divina y un tercio humana. El poema nos estimula desde el comienzo: “Veamos dentro de la caja de cobre/ que está marcada con su nombre./ Destraba su cerradura y ábrela, levanta la tapa./Toma las tabletas en lapizlázuli./ Lee cómo Gilgamesh sufrió todo y logró todo”.

Los dioses decidieron crearle un semejante que confeccionaron con el polvo de la tierra, llamado Enkidu. Vive como los animales entre los animales y es también poseedor de una fuerza imbatible. Gilgamesh se entera de su existencia, pero en lugar de salir a combatirlo, ordena a la sacerdotisa Shamhat que lo domestique mediante sus artes eróticas. Ese capítulo es fascinante, porque convierte el sexo en un instrumento privilegiado de la civilización. Shamhat no es una vulgar prostituta, sino una servidora de Ishtar, cuyo templo ocupa una colina de Uruk. Durante siete días de incesante erección consigue transformar al desnudo y salvaje Einkidu en alguien que se corta el cabello, aprende a comer como los humanos, entiende las palabras y embellece su piel con aceites aromáticos.

“Ven, dice Shamhat a Enkudi, vamos a Uruk,/ te llevaré donde Gilgamesh el poderoso rey./ Verás su ciudad grande y sus masivos muros,/ verás a ese hombre vestido en su esplendor/ con fino lino y enrulada lana,/ brillantes colores, capa con franjas y anchos cinturones./ Cada día es un festival en Uruk/ con gente cantando y bailando en las calles,/ los músicos tocan liras y tambores/ y hermosas sacerdotisas esperan frente al templo de Ishtar/enrojecidas de alegre sexo y listas/ para otorgar placer a los hombres en honor a la diosa;/ hasta los viejos salen de sus lechos”.

Pero Gilgamesh tiene la autoridad concedida por los dioses –o impuesta por su arbitrariedad– de desvirgar a las recién casadas en la noche de bodas. Llega Enkidu, que asombra por sus largas piernas y voluminosos brazos y, sin explicar la razón, por indignación o envidia, se traba con Gilgamesh en una lucha inesperada y feroz. Hacen temblar los muros y esconderse de miedo a los habitantes de Uruk. Su lucha, sin embargo, no es a muerte, es fraternal o erótica, porque después se serenan y el propósito de los dioses se ha cumplido: la compañía de Enkudi, su igual, ha transformado a Gilgamesh en un rey que ahora puede controlar su violencia.

La larga amistad de ambos crece y se regodea en cacerías, natación, bromas y visitas al templo de Ishtar. Surge en el poderoso Gilgamesh la ambición de inmortalizarse mediante el asesinato del monstruo que protege el Bosque de los Cedros. Ahí, el poema despliega un virtuoso muestrario de sentimientos contradictorios que llegan frescos a nuestro presente, inclusive en los dramáticos instantes previos al degüello. Se refiere al prejuicio, la incomprensión, el ecosistema, las ganas de vencer, la tontería de matar, la misericordia.

Después también muere Enkudi, tragedia que derrumba de dolor a Gilgamesh. El poderoso rey marcha en busca de sabiduría para consolarse. Aunque sabe que tiene partes divinas, también sabe que va a morir. Una mujer le dice: “Los seres humanos nacen, viven y después mueren/ éste es el orden que han creado los dioses./ Pero hasta que el fin llegue, goza de tu vida,/ gástala en felicidad, no en desesperación./ Saborea tu comida, transforma cada uno de tu días/ en placer, báñate y úngete tú mismo,/ vístete con ropas brillantes,/ que la música y la danza vivan en tu hogar, /ama a tu hijos que tienes de la mano,/ y dale placer a la mujer que abrazas. / Este es el mejor camino de vida para un hombre”.

El poema se cierra, como dijimos, de forma circular. Vuelve a describir a Uruk, pero es Gilgamesh quien habla ahora, al regreso de sus desgarrantes experiencias: “Esta es la muralla de Uruk, y ninguna ciudad en la tierra tiene otra igual. Mira sus fortificaciones que resplandecen como cobre a la luz del sol. Sube las escalinatas de piedra, que son más antiguas de lo que se puede imaginar. Acércate al templo Eanna dedicado a Ishtar, un templo que ningún rey ha igualado en tamaño y belleza. Observa las magistrales construcciones, las palmeras, los jardines, los huertos, los gloriosos palacios y las plazas públicas”.

La borrosa firma es, ya lo dijimos, de un autor que merece profunda reverencia: Sin-leki-unini.

Por Marcos Aguinis | LA NACION

Fuente: http://www.lanacion.com.ar