Alfonso I de la Amazonia, vendía mercancías, hacía contrabando y guiaba expediciones comerciales y científicas

Los Shuar, llamados por los españoles «jíbaros» durante la Conquista, son una etnia que habita vastas extensiones de la selva amazónica, entre Perú y Ecuador. Formidables cazadores y valientes guerreros, especialmente los grupos aguaruna y huambisa, son conocidos en todo el mundo por una de sus ancestrales tradiciones, consistente en reducir las cabezas de sus enemigos muertos, una vez separadas del cuerpo a la altura de la clavícula, al tamaño de un puño. Lo hacen mediante una ceremonia en la que la piel de la testa es separada del cráneo y posteriormente hervida. Al resultado le llaman «tzantza», nombre en torno al cual en los años sesenta del siglo XX se reunió un grupo de poetas violentos ecuatorianos que afirmaban que «había que reducir la cabeza de lo falsamente engrandecido».

Alfonso Graña, con gafas, dicta una carta

Pues bien, durante aproximadamente doce años, de 1922 a 1934, aguarunas y huambisas tuvieron como apu (rey) a un español, gallego de la aldea orensana de Amiudal, analfabeto, aventurero, extremadamente delgado —casi podría decirse que algo enclenque—, de piel muy blanca, ojos de gato que escudriñaban tras unas gafas redondas y cabello rubio-rojizo. Se llamaba Alfonso (algunos piensan que Ildefonso) Graña, y había llegado a América en busca de lo que casi todos: fortuna. Por un tiempo, más o menos a partir de 1910, se dedicó a la recolección de caucho cerca de Iquitos (Perú), pero el negocio se precipitó al vacío con la introducción de estos árboles en las tierras del extremo Oriente, un lugar en el que crecían mucho más rápidamente y producían una mayor cantidad de látex. También fue buscador de oro y comerciante.

En vista de la falta de perspectivas Graña decidió internarse en la selva y remontar el Alto Marañón (Amazonas). El gallego, dotado de una especial capacidad de resistencia y tenacidad a pesar de su aspecto raquítico se topó en su periplo con el jefe de una tribu y sus acólitos, que en un principio pensaron en poner fin a su vida. Pero por esos factores de suerte que suelen acompañar a algunos valientes, la hija de aquel «monarca» se quedó prendada de Graña y la cosa acabó en boda. Al poco su «suegro» murió y él fue coronado como rey, ejerciendo de tal por más de una década.

Cerca de 5.000 eran sus súbditos, que lo veneraban casi como a una deidad, y no es de extrañar puesto que Graña les suministraba material y sistemas para, por ejemplo, multiplicar la obtención de la escasa sal. Pero el orensano no se olvidó de la civilización y dos veces al año sorteaba el peligrosísimo laberinto fluvial de remolinos y rápidos del Pongo de Manseriche en barcazas a las que siempre se negó a ir atado, como hacían los demás para no ser arrastrados por las duras corrientes.

En Iquitos se presentaba con «sus» jíbaros, les llevaba al cine, les compraba helados, escuchaban juntos la radio, les vestía con fracs y sombreros de copa y para que conocieran la ciudad les montaba en el Ford descapotable de su amigo Cesáreo Mosquera, dueño de la librería Amigos del País y también conocido de Francisco Iglesias Brague, inspirador de una enorme expedición que se iba a llevar cabo por toda América pero que se frustró por el comienzo de la Guerra Civil española. Graña suministró a Iglesias Brague una buena colección de plantas locales con diferentes usos medicinales, remedios que años después fueron utilizados y explotados por la industria farmacéutica, especialmente estadounidense. Se convirtió en un hábil comerciante que no le hacía ascos al contrabando, y durante los días que pasaba en Iquitos vendía mercancías que traía de la selva, como monos, tortugas, pescados, venados… Pero sus actividades no paraban ahí: también guiaba expediciones por el interior de la selva, tanto científicas como comerciales en busca del cada vez más ansiado petróleo.

En cierta ocasión llevó a cabo una hazaña que dejó con los ojos abiertos a más de uno. En 1933 tres hidroaviones de la Fuerza Aérea Peruana se vieron obligados a posarse sobre el río Nieva como consecuencia de una fuerte tormenta. Uno de ellos intentó despegar de nuevo, pero literalmente se estampó contra unos árboles. El piloto murió y el mecánico resultó herido. Graña, alertado por sus súbditos, informó de la tragedia a las autoridades de Iquitos. De regreso a sus territorios localizó el cuerpo del finado y lo embalsamó. Luego procedió a desmontar dos de los hidroaviones —el otro consiguió despegar con los supervivientes poco después del accidente— y los cargó en sendas barcazas, junto con el féretro. Lo que nadie se explica es cómo consiguió sortear el Pongo de Manseriche con semejante carga. Pero lo hizo y fue premiado por ello con una autorización permanente de las autoridades para seguir gobernando la (su) zona.

Un año después de aquello murió en la selva, no se sabe con certeza de qué… Sus andanzas llegaron a oídos del escritor y periodista Víctor de la Serna, que en sus crónicas sobre la vida increíble y desmesurada de este hombre, lo bautizó como «Alfonso I, Rey de la Amazonía».

Por Luis Conde-Salazar
Fuente: http://www.abc.es