Aprovechando el viaje relámpago que hice a Nueva York hace un par de semanas, pude disfrutar de una de las mejores exposiciones fotográficas que se han llevado a cabo en la ciudad de los rascacielos en los últimos tiempos. La Gagosian Gallery exhibió –desde el 4 de mayo hasta el pasado 27 de julio– una portentosa exhibición de los legendarios murales y retratos realizados por el gran Richard Avedon, uno de mis fotógrafos preferidos.

Sus retratos, aparentemente sencillos pero profundamente psicológicos, muestran a un genial fotógrafo capaz de plasmar rasgos inesperados en los rostros de personajes tan conocidos como Marilyn Monroe, Truman Capote, Henry Miller o Humphrey Bogart, entre muchos otros. Sus imágenes son una meditación sobre la vida, la muerte, la belleza, la raza y la identidad. Durante sus casi 60 años de carrera, Avedon fotografió a escritores, artistas y famosas modelos, pero también a personas anónimas y acontecimientos históricos como el movimiento norteamericano por los Derechos Civiles o la caída de Muro de Berlín.

Richard Avedon

Pero la muestra más impresionante de su trabajo es, para mi gusto, el formidable In the American West 1979-1984 —que el Metropolitan Museum de Nueva York dedicó a este fotógrafo neoyorquino nacido en 1923 y fallecido en 2004— y que es una de esas experiencias fascinantes y esclarecedoras que revela la existencia y ubicación exacta de uno de esos tantos otros mundos que están en éste.

Yo nunca había visto un Far West así: con un fondo blanco donde hombres y mujeres flotan en un vacío absoluto que sólo pueden llenar sus rostros y sus cuerpos. Avedon, sin embargo, no pretende denunciar nada. Ni tampoco se limita a mostrar. A mí me parece que —lo mismo ocurre con los cuadros del pintor Edward Hopper— Avedon narra. Cada foto de la serie In the American West puede leerse como capítulos de esa gran novela del realismo sucio que tal vez nadie escribió todavía porque ya están estos retratos, estas miradas, en ese blanco y ese negro donde van a dar todas las cosas y del que no hay retorno posible.

Es curiosos que durante buena parte de su vida, Avedon fue cazador de ropa cara y de famosos más caros todavía. Fotografió a todo aquel que valiera la pena fotografiar. Basta con hojear los libros An Autobiography, Evidence 1944-1994 o The Sixties o con ser espectador del brillante documental biográfico que se proyecta en una de las salas de la muestra para experimentar el vértigo de la Historia en nuestras pupilas. Hasta que un día el Museo Amon Carter de Forth Worth le encargó documentar la forma de vida de los trabajadores del Oeste de los Estados Unidos. Avedon fue, vio y reveló. Granjas, minas de carbón, campos petroleros, oficinas, restaurantes de carretera, rodeos, ferias rurales y los seres que las habitan. Todos los sujetos que Avedon eligió en el camino tienen algo en común: una naturaleza fugitiva, algo asombrada, como la de esos ciervos que se cruzan de noche frente a un auto y parecen paralizarse y posar para el flash de los faros. In the American West es, también, un punto de fuga para Avedon, una huida hacia delante para poder escapar de su propia leyenda dejando de lado a las celebridades y la sofisticación y encontrar lo más básico con modales que recuerdan y homenajean un poco a la estética freak de la suicida Diane Arbus, su amiga que también empezó fotografiando bellezas y terminó fotografiando monstruos o —lo que para muchos es lo mismo— absolutos desconocidos.

Estos retratos –según relató el propio Avedon — se hicieron de la siguiente manera: fotografiaba al sujeto delante de una hoja de papel de unos tres metros de ancho por dos de alto fijada sobre un muro, un edificio, a veces sobre el lateral de un tráiler […] Estoy lo suficientemente cerca del sujeto como para tocarlo y entre nosotros no hay nada salvo lo que ocurre mientras nos observamos mutuamente durante la realización del retrato. Ese intercambio implica manipulaciones, sumisiones. Se suponen cosas y se actúa en consecuencia, suposiciones que raramente podrían hacerse impunemente en la vida real. Un fotógrafo retratista depende de la otra persona para completar su fotografía […] Un retrato no es una semejanza. En el mismo instante en que una emoción o un hecho se convierte en una fotografía deja de ser un hecho para pasar a ser una opinión. En una fotografía no existe la imprecisión. Todas las fotografías son precisas. Ninguna de ellas es la verdad.

Esta explicación —que arranca de lo meramente descriptivo para alcanzar cuestiones casi metafísicas— omite, está claro, el ingrediente secreto y el factor inasible de la ecuación: el genio único de un fotógrafo único. Así, en esta atmósfera controlada y sin adornos de realismo absoluto, Avedon consigue y nos ofrece una hazaña admirable: ese camionero de Texas con el torso al aire adquiere la nobleza inmortal de algo de Miguel Ángel, ese albino cubierto de abejas bien puede ser un alien dueño de la sabiduría absoluta del universo, ese vagabundo capturado en uno de los bordes de la carretera estatal 18 no desentonaría en absoluto junto a los Rolling Stones.

Sí, dicen que las fotografías te roban el alma… En mi opinión, sin embargo, las de Avedon te la devuelven.

Mr. Arriflex